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“Si no dura es que no era un verdadero milagro, y en ese caso Él (Dios) no ha tenido nada que ver”

Una frase esta que recoge en esencia lo que es LOURDES. No es una película sobre milagros y ni tan siquiera sobre el papel de la Iglesia al respecto, sino sobre la ruindad de la condición humana y la hipocresía. LOURDES narra la experiencia de Christine, una joven con esclerosis múltiple que se apunta a un grupo de peregrinaje a la ciudad francesa, sin saber muy bien si está buscando una última oportunidad de aferrarse a los milagros que se cuentan sobre el santuario, o simplemente porque, como ella misma dice en un momento de la película, “hay pocos viajes organizados a los que me pueda apuntar yendo en silla de ruedas”.

El Ave María de Haendel abre la película mientras el grupo de voluntarios que acompaña a los peregrinos va preparando las mesas donde éstos van a tomar su primera cena a la llegada a la ciudad, en un plano cenital inamovible que ya nos informa del cariz que va a tomar la narración de LOURDES. Como si de un documental se tratara, la directora austriaca JESSICA HAUSNER, discípula aventajada de HANEKE, va mostrando el devenir de la estancia de Christine de una forma totalmente objetiva, como si de un mero testigo de lo que pasa se tratara sin inmiscuirse en la historia, utilizando para ello gran cantidad de planos fijos y de planos abiertos mostrando escenas a una distancia en la que no podemos escuchar lo que ocurre pero sí intuirlo.

Lourdes

 

Con el telón de fondo del santuario milagroso y de la Iglesia católica, HAUSNER expone con mayor o menor sutilidad cómo incluso en los mayores creyentes en la fe católica se desarrollan actitudes de una catadura moral más que cuestionable. Celos, envidias y maledicencias van surgiendo escena tras escena, y sin embargo sin apenas dar explicaciones la directora logra que podamos entender esos comportamientos. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Por qué se cura esa persona y no yo que llevo viniendo toda la vida? E incluso hasta el punto de preguntarse ¿por qué esa persona y no otra cualquiera? simplemente por el mero hecho de no aceptar que alguien haya sido tocado por el don divino que todos los que allí acuden van buscando.

Y es Christine quien soporta en la figura de la actriz SYLVIE TESTUD todo el peso que supone ser el objetivo de todas las miradas, ya sean de compasión, de envidia, de admiración o de inquina, mientras ella permanece ajena observando sin más, sin necesidad de hacer grandes alardes de una interpretación sufrida para expresar la aceptación de aquello que la vida le da para bien o para mal. Ganadora de varios premios Cesar de la academia de cine francés en su carrera, y del premio a la mejor actriz en los Premios del Cine Europeo por LOURDES, la paz que transmite TESTUD con su actuación cada vez que aparece en la pantalla, contrasta con las habladurías y los resquemores que hay alrededor de ella constantemente.

 

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En un momento de la película, uno de los responsables del equipo de voluntarios le pregunta a un sacerdote, “Padre, ¿Dios es bueno o es todopoderoso? Si fuera ambas cosas debería poder curar a todo el mundo, ¿no?” No es tan perturbadora la pregunta en sí como la respuesta por parte del cura, eludiendo cualquier responsabilidad del altísimo ante los reveses, mientras incide en la gracia divina hacia quien sí es elegido para ello. Esto es LOURDES, la plasmación en imágenes de las contradicciones con respecto a las creencias religiosas y a la búsqueda de la perfección y de la felicidad, que tiene su culminación en uno de los finales más desoladores y tristes de la historia del cine convenientemente arropado por una canción descaradamente feliz con la que hurgar en la herida abierta que deja.

 

LO MEJOR:

  • La soberbia interpretación de SYLVIE TESTUD.
  • La cantidad de información sobre la condición humana que destila la película sin apenas darnos cuenta de que lo está haciendo.
  • El final tremendamente desolador.

LO PEOR:

  •  Quizá su frialdad pueda ahuyentar a un público más mayoritario.

 

 

Mari Carmen Fúnez Galán

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