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El final del verano, sobre todo los últimos días antes de empezar las clases, antes de volver a la rutina que caracterizaría meses y meses de invierno, contaba con esa pequeña parcela de nostalgia que a muchos nos hizo recordar que, a pesar de lo larga que parecía la temporada estival, todo llegaba a su fin y todo volvería a comenzar sin que ninguno pudiésemos hacer nada al respecto y sin que nadie pudiese evitar que los días de libertad, de aventuras y de malabarismos para pasar más tiempo al sol y demasiado encerrados entre cuatro paredes terminasen de forma inevitable. Muchos nos dedicábamos a exprimir los minutos, a agotarnos todo lo que pudiésemos para creer que habíamos vivido el verano lo mejor posible y que era imposible vivirlo más. Pero el cine, esa inacabable fuente de historias que nos golpean de realidad casi constantemente, siempre va un paso más allá.

 

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Iba a cumplir trece años cuando vi por primera vez una persona muerta.

 

La primera línea de diálogo de CUENTA CONMIGO es, casi con toda probabilidad, uno de los modos más inteligentes de llamar la atención de aquellos que se sientan frente a una pantalla con la esperanza de que les impacten, de que les revuelvan las tripas y apenas puedan dejar de pensar en lo que han visto. Quizá después no será así, muchos ni siquiera se habrán quedado con los detalles que construyen la película. Y, sin embargo, no resulta realmente relevante el hecho de que un niño que pronto dejará de serlo se encuentre cara a cara con el retrato de la muerte. Y no solo eso. No solo es el fin de la vida lo que enseña a los cuatro protagonistas de una historia que en opinión de quien les escribe resulta tremendamente mágica. Es la inevitable sensación de que, por mucho que uno lo evite y por más que se unan los astros para intentar evitarlo, crecer dolerá siempre y cuando dejemos que así sea.

El inicio, pues, construye para nuestros ojos todo aquello que este largometraje en concreto necesitará a medida que avance. El empleo de los recuerdos del protagonista absoluto de CUENTA CONMIGO, Gordie Lachance, encarnado en un joven WIL WHEATON con una maravillosa predilección por los pantalones vaqueros de cintura extra alta, supone la presentación de quienes acompañarán a este carismático adolescente a lo largo de una aventura por la que, esperamos, no hayan tenido ustedes que pasar. Así, la disparidad entre personajes supone precisamente una de las virtudes más destacadas y admirables de este filme. La genialidad de quien escribió la historia (sí, STEPHEN KING en su obra EL CUERPO) nace en gran parte de la capacidad para retratar a cuatro personas que pronto dejarán una etapa de su vida para adentrarse en otra completamente diferente, que olvidarán quiénes fueron para ser lo que un día todos llegamos a ser: adultos.

 

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Aquel verano, me había vuelto el hombre invisible en casa. En abril, mi hermano mayor Denny había muerto en un accidente de coche. Habían pasado cuatro meses y mis padres todavía no se habían recuperado del golpe.

 

A pesar de todo el revuelo formado por la búsqueda de un cuerpo inerte en la vía del tren, la cercanía a la muerte se presenta como un elemento indispensable que parece que se aleja de las capacidades de los cuatro chavales protagonistas. De hecho, no es únicamente la muerte la sombra que planea sobre ellos. Es, sobre todo, la injusticia que supone pertenecer a familias que en gran parte resultan disfuncionales, en las que la violencia, la desgracia y, de forma más evidente, la incapacidad para tratar con los hijos, supone una influencia fundamental que traspasa la pantalla. Y, a pesar de ello, a pesar de los problemas con los que conviven dentro de sus casas, las ganas de convertirse en héroes locales es la que les impulsa a enfrentarse a todo aquello que les persigue en sus vidas.

Por supuesto, y dado que la vida en sus propios hogares supone desprenderse en gran parte de la infancia a la que cada uno estaba predestinado, no olvida ni por un momento que son y siguen siendo niños, a pesar de las intenciones de creerse realmente mayores y la necesidad de soltar tacos e improperios cada vez que se presenta la oportunidad, bien por el hecho de sacar a la luz una rabia que habita en ellos o bien, simplemente, porque todos fuimos adolescentes y todos quisimos creernos más adultos de lo que en realidad éramos. Son las ganas de crecer, las ganas de seguir adelante y las ganas de escapar de un futuro que parece más negro que satisfactorio las que mueven a los cuatro protagonistas, no solo en la aventura en la que se ven inmersos, sino también en el contexto propio que realmente no explota la película.

 

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Ojalá fuera tu padre […] Es como si Dios te hubiera dado algo […] Como si te hubiera dicho: “Esto es para ti, procura no perderlo.” Los niños pierden todo si no hay alguien que se ocupe de ellos.

 

El personaje de Chris Chambers es, sin duda alguna, el alma de CUENTA CONMIGO. Quizá comparte este hecho con el ya mencionado Gordie Lachance, dado que ambos forman un conjunto que se escapa de los cánones impuestos por el largometraje y por las necesidades de la historia y, sin embargo, es el personaje interpretado por RIVER PHOENIX el que sostiene a los otros actuando como ellos no lo hacen. No se trata únicamente de ser maduro cuando los demás no lo son (puesto que los demás apenas rozan una madurez impropia de su edad). La genialidad en la construcción de Chambers nace del instinto de protección hacia quiénes más necesitan ser protegidos, lo que desencadena toda la trama desde el mismo inicio en el que un Lachance adulto descubre en el periódico que su amigo, el mejor que tuvo en su infancia y con el que perdió el contacto, había fallecido al intentar evitar una pelea.

La relación de Chambers con Lachance es, sin duda, una de las más entrañables vistas en el cine. La admiración que sienten el uno por el otro trasciende los límites de una amistad adolescente común y ellos, sin olvidar quiénes son y cuáles son las oportunidades a las que cada uno puede aspirar, intentan empujar al otro hacia un mundo mejor para ambos, hacia un lugar en el que la familia y el entorno conflictivo en el que se mueven no influya en sus objetivos y, sobre todo, en sus sueños de mejorar lo que ya tienen. Y lo consiguen. Quizá, si nos escapamos de la historia e intentamos ver lo que hay más allá, si no nos quedamos únicamente con lo que la pantalla nos ofrece, comprenderemos que la fascinación que sienten el uno por el otro es la que los empujó a ser mejores, que subestimar el valor de la amistad supondría un error.

 

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-Mickey es un ratón, Donald es un pato, Pluto es un perro. ¿Qué es Goofy?

Goofy es un perro. Seguro.

-No puede ser un perro. Lleva sombrero y un coche.

Dios, qué raro. ¿Qué demonios es Goofy?

 

Son niños. Todavía. Y, a pesar de dedicar todo el camino que recorren a buscar el cadáver de un vecino del pueblo, a pesar de las conversaciones que mantienen en las que unos y otros no olvidan qué le espera cuando regresen a casa y, sobre todo, a pesar de que todos y cada uno saben perfectamente que lo que les une tiene fecha de caducidad, hay momentos en CUENTA CONMIGO que hacen pensar al espectador en tonterías en las que quizá nunca pensó. Estas banalidades son las que logran todavía mantenerlos unidos, sin olvidar el cambio al que se verán sometidos de forma inevitable. Es, quizá, una de las amistades más sanas y más coherentes que se pueden construir. Se trata únicamente de que lo que hay entre ellos parece para siempre.

 

CUENTA CONMIGO es más de lo que parece dar en un principio. No podemos hablar de que ofrezca realmente una reflexión profunda que vaya más allá de lo que un espectador quiera encontrar, pero sí es posible destacar que, aquellos que vivieron una amistad tan fuerte y tan trascendental en un período tan importante de la vida, se sentirán en gran parte identificados con lo que cuatro adolescentes corrientes sienten y con lo que cuatro niños son capaces de enseñar.

 

Nunca he vuelto a tener amigos como los que tenía a los doce años. Dios mío, ¿y quién los tiene?

 

 

Sheyla López

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