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RON WOODROOF, interpretado por un brillante y extremadamente delgado MATTHEW McCONAUGHEY, es un paleto, racista, homófobo y drogadicto de la parte más depresiva de Texas. Intolerante como pocos, un simple hecho hará que su visión sobre él mismo, los demás y el mundo en general, cambie por completo. Nos situamos en los ochenta y WOODROOF es víctima de un simple accidente laboral que no debería trascender, pero ese es el catalizador de todo lo que le está por venir. Cuando lo llevan al hospital descubren que es seropositivo. En una época en la que el SIDA es una enfermedad que sólo se asocia al colectivo homosexual, McCONAUGHEY queda completamente trastocado por la noticia. Al encontrarse con los prejuicios sociales por parte de sus anteriores amigos, acaba encontrando apoyo en dos grandes aliados: RAYON (JARED LETO), un simpático, pero melancólico transexual, y EVE (JENNIFER GARNER), la enfermera que deberá ayudarle en su gran batalla. Este combate lo librará contra hospitales, farmacéuticas y leyes estatales, que ejemplificarán a la perfección los salvajes intereses con los que se mueven las grandes corporaciones. Una lucha feroz que se sumará a la despiadada enfermedad que se va apoderando del cuerpo de RON.

 

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El director canadiense JEAN-MARC VALLÉ asomó la cabeza en Hollywood el 2005 con C.R.A.Z.Y. una película pequeña e irregular, pero con una estética potente que encandiló a las grandes productoras. Cuatro años después dirigió LA REINA VICTORIA, que consiguió un Oscar y tres nominaciones. Seguramente no será hasta esta impactante DALLAS BUYERS CLUB que el director cree un recuerdo firme. Sin duda, una de las grandes armas que tiene en esta ocasión son los dos inconmensurables actores que llevan la acción. El papel de LETO es escueto, pero conmovedor y convincente de principio a fin. Personaje estrambótico que se podría haber ido con facilidad al cliché, pero que el actor (REQUIEM POR UN SUEÑO) y cantante (30 SECONDS TO MARS) norteamericano consigue humanizar mostrando sus virtudes y defectos desde una mirada honesta y vitalista. Por otro lado está MATTHEW McCONAUGHEY empapándose de un personaje que mucho se aleja de lo que nos había acostumbrado hasta el momento. Quedan atrás las comedias románticas y los papeles de ligón incorregible y simpático. Ha habido una revolución dentro de este fenomenal actor y queda reflejado en el tipo de personajes que ha elegido durante el último año. Los minutos que nos regala en EL LOBO DE WALL STREET son brillantes y podríamos pasar horas deshaciéndose en elogios hacia el forajido Mud, protagonista de la película homónima, o el impactante RUST COHLE de TRUE DETECTIVE. En DALLAS BUYERS CLUB sigue con el alto listón que se exige y nos deja gozar de un hombre destrozado, pero tenaz, que nos ayudará a entender mejor el VIH y, como no podía ser de otra forma, el momento y el lugar en el que transcurre la acción: una Texas casi fascista que crea un rechazo inmediato en el espectador.

 

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Conocedores de los antecedentes del director y conscientes del cambio estético que está habiendo en este tipo de producciones, esta película sigue los cánones visuales, pero sin renunciar a perder la creatividad y espontaneidad. Al igual que en el guión, se ve una voluntad de seguir las normas, pero también de modernizar algunos convencionalismos ya caducos. En algunos puntos del film la tensión flojea y los procesos burocráticos por los que avanza la trama pueden hacer perder el ritmo y que la atención se pierda ligeramente. Los diálogos son verosímiles y fluyen con facilidad, creando así un realismo que duele por su dureza.

En conjunto es una película notable y se le augura una maduración sobria y con fundamento. Aunque la temática parezca extremadamente deprimente, hay una intención de “amor a la vida” y de lucha, que puede hasta llegar a ser inspiradora.

 

 

LO MEJOR:

  • McCONAUGHEY y LETO llevan a cabo unas actuaciones dignas del Oscar.
  • Una historia potente y una estética fría que se entrelazan con soltura.

LO PEOR:

  • Algunos saltos de ritmo hacen que el interés se diluya ligeramente.
  • JENNIFER GARNER, sin estar mal, no llega al nivel de sus acompañantes masculinos.

 

Adrià Naranjo

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