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El fútbol, ese deporte que se cree universal e inamovible y que parece tener tantos seguidores como granos de arena hay en una playa, realmente no ha sido tan protagonista en el cine como pueda parecer. Cierto es que, a pesar de las apariencias, cualquier película en la que la actividad física tenga un papel esconde alguna historia en la que alguien que no parecía aspirar a nada juega con la idea de superar sus dificultades para finalmente convertirse en leyenda. Esto, por regla general, es lo que parece ofrecer el deporte a la cultura cinematográfica. Hay varios ejemplos que corroboran este hecho, empezando por QUIERO SER COMO BECKHAM (GURINDER CHADHA, 2002) o, ya dentro de nuestras fronteras, DÍAS DE FÚTBOL (DAVID SERRANO DE LA PEÑA, 2003). Ambas son solamente un par de modelos de cómo enfrentar un deporte sencillo que mueve tantísima afición en la gran pantalla. Sin embargo, hay un estigma que persigue al cine dedicado por entero a este pasatiempo. Y es que, a pesar de las apariencias, la repetición de un patrón en el que la superación sea el objetivo final es, por un lado, esperanzador y, por otro, abrumador y agobiante para aquel que prefiere que el fútbol solo aparezca en la pantalla de su televisión un domingo por la noche.

 

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En cierto sentido, O FUTEBOL intenta escapar de esta repetitiva costumbre de llevar el deporte al cine con la única ambición de enseñar al espectador que siempre puede ir a más. SERGIO OKSMAN dirige una historia tan sencilla que prácticamente no parece estar pasando nada en los setenta minutos de duración pero que, incluso con las apariencias, esconde en esa falta de intensidad una relación rota por el paso del tiempo y un absurdo intento de reconciliación. El fútbol da título a la película, sí, pero la narración apenas se acerca al deporte ni le da la oportunidad de alcanzar ese protagonismo. El Mundial en Brasil es la excusa para que un padre anciano con una vida cómoda y monótona y un hijo que dejó su pasado atrás para instalarse en Madrid intenten recuperar ese vínculo que se cree eterno y que, no nos engañemos, no dura para siempre. Y es precisamente el pretexto futbolístico el que envuelve esta cinta. El paseo por São Paulo en el coche en el que viajan los dos protagonistas enseña al espectador una ciudad triste, abatida por la desgracia económica que olvida que durante unas pocas semanas hay una distracción más grande que cualquier otro pasatiempo y que, a pesar de las penurias, celebrar que un equipo ha colado el balón entre tres barras blancas es más importante que todo lo que pasa fuera de la televisión en la que los aficionados ven los partidos.

La corta duración de O FUTEBOL es quizá producto de la falta de intensidad a la que tanto el padre como el hijo se ven sometidos. Su relación parece muerta, tan solo el fútbol es capaz de arrancar un gramo de conversación entre ellos mientras la cámara enfoca sus nucas en un juego de simetría muy interesante. Apenas hay un momento en que el espectador pueda ver la expresión de ambos cuando conversan. OKSMAN no tiene ninguna intención de conceder ese privilegio, del mismo modo en que no pretende hacer fácil la inmersión en una película que puede resultar totalmente vacía. La sensación de que el tiempo apenas ha pasado es producto de una falta de sorpresa tan evidente que ni el más molesto de los ruidos de las bocinas de los aficionados será capaz de atrapar al espectador. O FUTEBOL es un largometraje en el que el silencio es casi más protagonista que el Mundial y que la fría relación del padre y el hijo; la falta de conversación y la (poca) necesidad de iniciar charlas corrientes hace que el desinterés sea la primera sensación que experimente el espectador. Eso sí, no podría calificarse de simple. Hay un trasfondo tan profundo que es muy complicado desprenderse de la sensación de que veinte años de separación serán muy difíciles de subsanar. Pero es inevitable que la sobriedad que presenta OKSMAN resulte más tediosa que interesante.

 

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O FUTEBOL va más allá del deporte que le da título. Sin embargo, no busquen riesgo ni una emoción desbordante que les ate a la butaca porque no van a encontrar algo así en ningún momento. De hecho, en ocasiones resulta tan plana que apenas deja espacio para el interés por una relación familiar nada compleja pero sí desoladora. Pero las intenciones de OKSMAN están bien claras prácticamente desde el principio. Su objetivo no es ponerle fácil al espectador la intromisión en un mundo seguramente alejado de él, ni facilitar información que vaya más allá de las pautas episódicas que sigue la narración a través de los diferentes partidos de fútbol del Mundial. El deporte aquí es una excusa, un contexto y un marco en el que colocar a dos hombres que no han sabido sobrellevar la distancia y el paso del tiempo. Lo demás, todo lo que rodea a esto, carece de importancia.

 

 

LO MEJOR:

  • La poca necesidad de utilizar recursos estilísticos absurdos.
  • Hay ciertos planos que resultan brillantes.
  • La identidad cascarrabias del padre.

LO PEOR:

  • Al final, se queda una pequeña sensación de haber perdido el tiempo.
  • No hay intensidad ni sorpresa en ningún momento.
  • Es del todo intuitiva.

 

 

Sheyla López

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