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A Naomi Kawase siempre la esperamos con muchas ganas. Sus películas, entre las que destacan Una pastelería en Tokio, Aguas tranquilas y El bosque de luto (Gran Premio del Jurado en Cannes), siempre consiguen lo extraordinario, y puede que lo más complejo: atrapar la vida en pantalla. La cámara de Kawase no aborda la realidad ni la interpreta: solo la observa. Y lo hace dibujando un retrato íntimo y delicado sobre los aspectos fundamentales de nuestra existencia: la pérdida, el amor y la muerte son vistos desde la sensibilidad más sosegada y sabia. El cine de Naomi Kawase, en definitiva, aúna lo mejor de la tradición japonesa y elabora historias sumamente cuidadas, alejadas del cine convencional.

Pero algo falla en Hacia la luz. Una casi irreconocible Kawase que se aleja de sus cauces habituales y se hunde en un relato artificioso, y hasta edulcorado, que nos causa una decepción mayúscula. Apenas hay trazos de esa naturalidad tan presente en el cine de la japonesa. En Hacia la luz, Hikari en la versión original, la directora nipona interfiere y construye una historia demasiado forzada y mecánica; desde la relación entre sus personajes hasta el desarrollo de la propia película, todo da la sensación de haber sido colocado a la fuerza, y no hay fluidez en esta historia de amor y visión tan sobredimensionada. Hasta la iluminación, por mucho que esté justificada, se nos hace excesiva.

Lo cierto es que Hacia la luz parte de una premisa prometedora: el trabajo de una audiodescriptora por acercar a un grupo de invidentes las sensaciones de una película que no pueden ver. ¿Cómo reducir a la palabra la inmensa belleza de una puesta de sol? Hacia la luz es la búsqueda de la poesía y lo trascendental. El lenguaje, sobre todo en la tradición histórica occidental, ha sido configurado a partir de nuestra visión racional, y por tanto parcial, de la realidad. Nuestro lenguaje es sencillamente incapaz de abarcar la realidad con todos sus matices, y esto nos condiciona enormemente a la hora de interpretarla. Por eso existe el arte, y más concretamente la poesía, para acercar lo transcendental, lo intangible, hasta la condición humana.

Porque Hacia la luz, con todos sus peros (que no son pocos), sigue siendo pura poesía. Es admirable, como siempre, la facilidad con la que Naomi Kawase lo expresa todo sin decir nada. El cine de la japonesa es metáfora. Pocas directoras consiguen atrapar la vida con tanta facilidad como ella, y Hacia la luz lo hace en casi todos sus fotogramas. Una habitación bañada en luz, una puesta de sol y unas manos que acarician un rostro que no pueden ver; Naomi Kawase más sensiblera que sensible en esta ocasión, nos sigue regalando imágenes con una fuerza poética mayor. Una fotografía en la que, sin embargo, no podemos evitar echar de menos una mayor presencia de la naturaleza. La japonesa alcanza su summun cuando se recoge en ella (Aguas tranquilas, El bosque de luto), y en esta película queda relegada a un plano demasiado secundario.

Hacia la luz es una película fallida. Y no porque sea mala, sino porque pretendía mucho más de lo que finalmente ha conseguido. La directora japonesa escribe una historia bellísima y cargada de matices, pero naufraga en un mar de sentimentalismos innecesarios. Aun así, Naomi Kawase sigue siendo Naomi Kawase; una película para rendirse ante la maestría de la japonesa, que aunque en esta ocasión haya sido algo excesiva, no tiene rival en esto de trascender con sus historias y personajes.

LO MEJOR:

  • Naomi Kawase sigue siendo pura poesía.
  • El planteamiento inicial.
  • La belleza de algunas imágenes.

LO PEOR:

  • La sensación de artificio, demasiada sensiblería.
  • La iluminación.
  • Que Naomi Kawase haya bajado tanto el nivel.

 

Víctor Camarero

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