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Decía CARLOS VERMUT en una conferencia dada hace un tiempo ya en la Universidad Carlos III de Madrid que uno de los aspectos más importantes de una película es su cartel: si este tiene personalidad y es trabajado con dedicación, lo más seguro es que la película haya sido producida con la misma creatividad; si, por el contrario, el cartel está descuidado y repite las mismas fórmulas convencionales, es muy probable que la película sea igual de mala. “¿Cómo va a ser una película buena si ni siquiera se preocupa por su cartel?” se preguntaba el director español. No le faltaba razón. En cualquier caso, es obvio que se trata de una generalización, ya que siempre habrá ejemplos de excelentes películas con carteles desastrosos y al contrario, películas no tan buenas que cuenten con un cartel muy trabajado.

Esto, por supuesto, es extensible a la secuencia inicial de un largometraje. Y es que EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES no empieza muy bien, nada bien. Ya se advierte desde los primeros minutos un cierto halo de mediocridad. Porque, seamos claros, la película de RAMON TÉRMENS de española tiene muy poco, y por eso precisamente es mediocre, porque es un quiero y no puedo, porque no se puede pretender hacer una americanada (con todos sus ingredientes) sin lo descomunal de sus presupuestos. ¿Acaso los mexicanos hablan en inglés entre ellos? En EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES sí.

 

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Desde sus escenarios hasta su banda sonora, absolutamente todo en EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES huele demasiado a telefilme (caro, eso sí). Un guion lleno de incongruencias y terriblemente previsible, sus personajes, la ambientación, el final, las tramas secundarias… y un largo etcétera hacen que uno se pregunte si la película se está riendo de sí misma o si es así de verdad. No podemos decir que EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES sea una mala película, porque de verdad que no lo es, pero todo se le queda grande. Demasiada ambición para tan poco resultado.

Y es una pena, porque la propuesta de TÉRMENS es realmente muy sugerente, pero falla en su desarrollo. Hay un problema de base: en EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES la construcción de los personajes está demasiado estereotipada como para intentar ahondar en cuestiones más complejas. La película se derrumba por su propio peso. Es imposible construir un largometraje sostenido en la humanización de los narcos si sus personajes abrazan los tópicos en cada una de sus intervenciones.

 

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Ni siquiera sus intentos de transcendencia son fructíferos. Su mensaje no cala y su acercamiento al cristianismo y a la muerte es tan fútil como sus tramas secundarias, absurdas y completamente innecesarias en el desarrollo de la historia. Por no salvarse no se salvan ni las actuaciones (tan solo DANIEL FARALDO, guionista de la película, por cierto, hace un poco más digno el trabajo general del reparto). Al final, EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES no deja de ser el mismo blockbuster de siempre, pero con muchos menos recursos.

Sin embargo, y pese a lo arrítmica que resulta, hay que destacar el mérito de la película por conseguir sostener la tensión (aunque no sea mucha) durante la hora y media que dura. La violencia, con reminiscencias a ROBERT RODRÍGUEZ y TARANTINO, colorea un gris e insípido acto final que pone de relevancia, una vez más, lo grande que se le queda la película en cuestiones de presupuesto.

 

 

LO MEJOR:

  • Su propuesta inicial.
  • Su violencia, acertada y divertida.

LO PEOR:

  • Que los personajes estén tan estereotipados.
  • Su guion, que roza el absurdo a veces.
  • Que se copie el modelo de siempre en vez de arriesgarse con algo más original.

 

 

Víctor Camarero

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