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Existe un debate permanente que parte de una premisa tan básica como la vida que, para qué engañarnos, ha servido como excusa cinematográfica para hacer comparaciones entre generaciones, para dotar a cada una de ellas de unas pautas bien marcadas que se suponen características inamovibles. La diferencia entre lo nuevo y lo antiguo, lo joven y lo viejo parece una condición inherente a cada tipo de familia. Evidentemente, este hecho es tan propio de los núcleos familiares que resulta inevitable utilizar estos requisitos para retratar los diferentes modos de vida que se encuentran bajo un mismo techo. El olvido de las costumbres y de la tradición resulta, casi de modo obligatorio, un hecho que desemboca en controversia entre parientes que conviven día a día y que, en ciertas ocasiones, se ha llevado al cine con mejor o peor fortuna, lo que implica dotar de comicidad o no (como ocurre prácticamente con cualquier temática que se plantee) a un asunto por el que todos, probablemente, hemos pasado.

 

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ASIER ALTUNA utiliza sin condición esta eterna pelea para ilustrar cómo la vida moderna, esa que nos envuelve de forma constante, arrebata la tradición para dejar un gran espacio a una vida tecnológica, a una manera de entender la existencia totalmente opuesta a cómo se entendió en el pasado. El buceo a las raíces de la sociedad y, de forma mucho más concreta, a los orígenes de aquellos que hicieron de la vida rural su modo primigenio de llevar a cabo la realidad es la estructura vertebral en la que AMAMA sustenta su argumento. Y, sin embargo, esconde mucho más de lo que en un principio parece ofrecer. De este modo, la identificación que, con cierta posibilidad, puede nacer en aquel espectador que ha vivido a caballo entre dos mundos es, sin duda, un aliciente positivo de entre todos los que pueden desprenderse de este largometraje. No trata únicamente de explicar una disparidad presente en nosotros. Trata, sobre todo, de que la búsqueda del equilibrio no viene dada por la renuncia de la costumbre, sino por la empatía que se supone existe en una familia.

AMAMA utiliza, por otro lado, un exceso de simbolismo que, en ciertos momentos puntuales, favorece el despiste del público. Y no solo eso. La simbología se encuentra presente de forma constante para recordar al espectador que esta no es una cinta corriente, que sus intenciones pretenden profundizar en la base de la mala relación entre un padre tradicional y de ideas inamovibles, y una hija que intenta evitar caer en los errores que en el pasado se cometieron. Todo ello, junto con todas las subtramas que conforman este conjunto cinematográfico, van a desembocar en un mismo personaje, a una mujer que no pronuncia una sola palabra en ningún momento y cuya imagen posee más fuerza que el resto del elenco junto. AMPARO BADIOLA debuta así, utilizando la máxima expresión de la interpretación. Y esta, curiosamente, no pasa por emplear infinidad de palabras.

 

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Si hay un aspecto en AMAMA que destaque más allá del simbolismo (y esto, verdaderamente, resulta un tanto complicado) es la intensidad que se desprende de la historia. Es difícil encontrar un momento en la película en el que el entusiasmo por dos partes de la vida tan opuestas no intenten encontrar un punto en común, por mucho que este hecho lleve a los personajes a crear motivos para la disputa generacional. No intenta explicar por qué el progreso es mejor, o por qué este debería ser superado por la tradición. Al contrario. No obstante, y a riesgo de restar virtudes a un trabajo que resulta, en un sentido general, impecable, es quizá una característica pretenciosa la que hace de AMAMA un largometraje que no puede resultar redondo. Es imposible obviar que puede tratarse de un experimento, que los recursos utilizados por ALTUNA ensalzan en algún sentido la soberbia narrativa. Sin embargo, es la fuerza de la imagen, de los símbolos y de las interpretaciones la que eleva a este largometraje a cotas más altas de las que parecía poder aspirar en un principio.

 

 

LO MEJOR:

  • La fuerza visual que envuelve toda la cinta.
  • El modo en el que se explica el conflicto generacional.
  • AMPARO BADIOLA.
  • La fotografía resulta de lo más adecuada en el contexto en el que se desarrollan los hechos.

LO PEOR:

  • Los excesos, en ciertos momentos puntuales, resultan un tanto exagerados.

 

 

Sheyla López

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