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“Después de Altamira, todo parece decadente”, escribió Picasso después de visitar la cueva. No se puede decir más con menos palabras. Altamira es arte. Arte como el cine, pero, probablemente, no habría existido este si antes no se hubieran pintado en los techos de Altamira los grandiosos y sobrecogedores bisontes, o las esbeltas y delicadas ciervas, o incluso las manos en negativo y positivo del artista, hombre o mujer. Quién sabe. Si siempre se ha dicho que Altamira es la capilla Sixtina del arte rupestre, por algo será. Pero Altamira es mucho más. Representa mucho más que unos animales pintados con medios precarios en el interior de una oscura y húmeda cueva de Cantabria. Altamira nos dice que hace 35 000 años, el Homo sapiens, nuestra especie, ya tenía el arte muy dentro de sí. Aquellas personas no eran salvajes, sino delicadas; incluso bien mirado, cultas, dado su conocimiento de las técnicas pictóricas, pero, sobre todo, por su necesidad de interpretar y expresar esa realidad que veían cada día fuera de la cueva, que es, en definitiva, lo que denominamos arte.

Sin embargo, como suele ocurrir con las más altas gestas alcanzadas por nuestra civilización, Altamira no lo tuvo fácil; en realidad, ni siquiera hoy en día lo tiene fácil, puesto que la polémica parece perseguir a esta grandiosa obra que prueba que el ser humano, el Homo sapiens, es una especie única de este planeta. Y no lo tuvo fácil desde el principio, cuando las pinturas fueron descubiertas en 1879 por don Marcelino Sanz de Sautuola y su hija María. Pongámonos en situación: por un lado, en la España de 1879 seguía imperando el dogmatismo religioso, sobre todo en las poblaciones rurales y pequeñas, como era el caso de Santillana del Mar y sus alrededores. Este dogmatismo, basado en el libro del Génesis de la Biblia, obligaba a pensar que el hombre llevaba muy poco tiempo, unos pocos miles de años, habitando la Tierra; por otro lado, el conocimiento prehistórico estaba dominado por las corrientes que venían desde Francia (y ya sabemos cómo es Francia cuando se cree que lidera algo). El chovinismo francés no podía aceptar que España les adelantara también en ese campo. Los maestros franceses como Mortillet y, sobre todo, Cartailhac no podían admitir que un aficionado como Sanz de Sautuola, con la ayuda de su leal amigo, el catedrático Juan Vilanova, diera un vuelco tan tremendo a la cronología de la historia de la humanidad, pero, sobre todo, a la nueva imagen que se daba de aquellos hombres primitivos. ¿Qué hicieron los franceses? Acusar a Sanz de Sautuola de haber falsificado las pinturas y desprestigiar todos sus estudios, lo que provocó que don Marcelino se quedara como Gary Cooper en Solo ante el peligro. Aquella injusticia perduró hasta unos años después de su muerte, cuando los franceses reconocieron su tamaño error. En este punto es objetivo reconocer que Cartailhac se desplazó a visitar a la viuda e hija de don Marcelino para pedirles perdón personalmente. Además, el prehistoriador francés escribiría una obra titulada Mea culpa d’un sceptique, en donde admitía públicamente la injusticia cometida. Posteriormente hubo, y aún hay, más polémicas sobre la cueva de Altamira, actualmente cerrada al público general, pero esto ya queda fuera de esta historia y, sobre todo, de la película que estamos comentando.

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Si nos centramos en el largometraje, en líneas generales se puede calificar como correcto, dado que no es muy habitual en España que se rueden películas sobre nuestra historia más allá de las de la Guerra Civil, y, por otra parte, se consigue con creces el objetivo principal del filme, que no es otro que reconocer y restituir la figura de don Marcelino Sanz de Sautuola como uno de los grandes descubridores de la historia de la humanidad. No hay que olvidar que esta historia es una historia universal, en donde a Sanz de Sautuola se le puede calificar como un adelantado a su tiempo, ya que su talento y su pasión por el conocimiento no le hicieron cambiar de opinión sobre su descubrimiento ante las presiones, el rechazo y la soledad que sufrió.

Es cierto que para contar esta historia se ha recurrido, en parte, a un equipo extranjero, tanto desde el punto de vista técnico como desde el artístico, lo cual no impide reconocer el buen hacer del director, Hugh Hudson (Carros de fuego, Greystoke, Revolución), y del reparto. Sobre todo están magníficas las actuaciones de Allegra Allen como María, la hija de Sautuola, y, especialmente, la de Rupert Everett como el monseñor que intenta salvaguardar por todos los medios el dogma religioso. Antonio Banderas llena la pantalla y defiende muy bien su papel.

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Mención especial hay que hacer a los paisajes de Cantabria y al buen trabajo del director de fotografía por sacar el máximo partido de ellos. La película se rodó mayoritariamente en exteriores, y eso se nota. Santillana del Mar, Puente San Miguel, Santander… pero sobre todo la costa y el mar de Cantabria, que lucen, casi, el mismo halo que las propias pinturas de Altamira. Si a esto le añadimos que la música la ha compuesto Mark Knopfler, autor de las bandas sonoras de La princesa prometida, Cal o Local Hero, entre otras, el resultado final roza la perfección.

En definitiva, una película bien ejecutada, con gusto por los detalles y que cumple su objetivo. Además, la puede ver toda la familia, especialmente los niños, dado el protagonismo de la joven actriz Allegra Allen.

Todo el mundo debería visitar, al menos una vez en la vida, Altamira. Si bien es cierto que actualmente es muy difícil hacerlo (solo pueden acceder unas pocas personas elegidas por sorteo presencial los viernes), la grandiosidad del significado de las pinturas merece la pena el intento. Si no, siempre se puede visitar la Neocueva de Altamira, una réplica exacta a pocos metros de la entrada de la cueva original, cerca de Santillana del Mar, y en cuyo interior se rodó la película. Seguramente, una vez que salga de la visita y mientras pasea por los acantilados de la costa cántabra, las palabras de Picasso cobrarán realmente sentido.

 

LO MEJOR:

  • La aportación del filme a la restitución de la memoria y el honor de don Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor, junto con su hija María, de las pinturas de Altamira.
  • El reparto funciona bien, especialmente Rupert Everett y Allegra Allen.
  • Los paisajes de Cantabria y la música de Mark Knopfler.
  • La ambientación y caracterización.

LO PEOR:

  • Quedarnos con ganas de más, si hablamos de la partitura de Mark Knopfler.
  • Las escenas con los bisontes animados.
  • Perdérsela.

 

Enrique Teruel Soria

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.

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