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El cambio climático no es una cuestión política: es de carácter moral. Ese era el núcleo temático de Una verdad incómoda (Davis Guggenheim, 2007), un documental protagonizado por Al Gore que era, básicamente, la filmación de la campaña de concienciación sobre el calentamiento global a través de una presentación de diapositivas mostradas con precisión académica. El documental, que valió a sus creadores dos premios Oscar (Mejor documental y Mejor canción original), mostraba desdén por la vertiente visual del medio en detrimento de la potencia e importancia de su mensaje: una verdad incómoda que les puso un micrófono a esas trompetas del apocalipsis que nuestra madre Tierra lleva ya años que haciendo sonar, y liberó el cambio climático de las cadenas de la izquierda política para convertirlo en un tema transversal, en una preocupación mainstream.

Al menos durante la presencia del filme en carteleras. Para los que nos quedamos con la advertencia, los que entendimos que el cambio climático es sobre la supervivencia del planeta, y por ende la de los seres humanos, los últimos diez años se han movido entre una esperanza estimulante y una desesperación descorazonadora. Este sentimiento se traslada de forma bastante brillante al celuloide en Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca, que abandona el Power Point y nos lleva en un viaje más emocional a través de la mirada de Gore, que está unida de forma ya espiritual, obsesiva, a su misión de que el calentamiento global y sus efectos dejen de ser un tema secundario y se sitúen encima de la mesa. Bonni Cohen y Jon Shenk (directores de la cinta) también llevan más allá que su predecesor la exploración visual del dónde y el cómo se encuentra el planeta ahora mismo: calles inundadas en Miami Beach, glaciares de Groenlandia derritiéndose en un orgiástico colapso de montañas blancas, áridos paisajes en los que antes prevalecía la opulencia vegetal, o largas praderas cubiertas de matojos en las que hasta los ochenta había solo hielo. El desfilar de imágenes parece sacado de una película de Roland Emmerich, o de los versos con más mala leche del libro de las revelaciones.

En Una verdad muy incómoda, documental que se convierte de forma paulatina en un drama de tensiones políticas (algo así como un Jason Bourne concienciador y medioambientalista), Gore llega a proclamarse culpable de la falta de progreso global en contra del cambio climático, en sus palabras “un fracaso personal”, aunque esa dureza contra uno mismo apesta un poquito a santificación, puesto que el filme no nos hace sentir así sobre él en ningún momento. La cultura pop conoce a Al Gore desde Una verdad incómoda, pero la verdad es que ya lleva veinticinco años rondando despachos y simposios universitarios, hablando y trabajando para parar los devastadores efectos del cambio climático en nuestro planeta. Y como se esmeran en remarcar en esta secuela, que pese a llegar una década después es tan vital que da miedo, el exvicepresidente de los Estados Unidos no tiene intención de parar. Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca será, o al menos debería ser, tema de conversación. Porque somos como ese personaje de Synecdoche, New York que vive en una casa literalmente en llamas, e insiste en que todo va bien: diez años más tarde, nuestra madre Tierra sigue tocando las trompetas del apocalipsis. Y parece que la humanidad sigue sin escuchar.

El documental, aun con esas, termina en unas notas algo esperanzadoras (aunque suponemos que deberemos esperar ¿diez? años más para saber si el ganador del Nobel de la Paz está en lo cierto), como el alcalde de Georgetown, Texas, un hombre que se define a sí mismo como republicano conservador, y a su ciudad como “la más roja del estado más rojo” (para nuestros lectores menos familiarizados con la política norteamericana, el color rojo es el que se identifica con el partido conservadurismo social y el liberalismo económico), y que ha empezado el proceso de convertir todas las fuentes de energía de la ciudad en renovables. Él enmarca el cambio en un contexto económico, pero sin duda queda claro que su máxima es la sostenibilidad, una idea que de tan simple parece tener problemas traspasando las diferencias entre ideales políticos. ¡Quién iba a decir que la luz verde en la que creía Gatsby, el orgiástico futuro que nos elude, se encontraba en pleno territorio redneck!

Por supuesto, Donald Trump también es un invitado de (des)honor en Una verdad muy incómoda. Añadido a su desdén por el Acuerdo de París, y por los competitivos precios de las energías solar y eólica, está la esperpéntica confirmación de que Trump niega la realidad que acontece a nuestro alrededor sin frenarse. Quizás se le podría pedir más al líder del mundo libre…

 

LO MEJOR:

  • Más cinematográfico que su filme hermano Una verdad incómoda.
  • Necesario para todos aquellos que se perdieron Una verdad incómoda, y para los que, como Trump, son negacionistas del cambio climático

 

LO PEOR:

  • Está más cerca de la mediocridad que de la excelencia.

 

Pol Llongueras

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