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En ocasiones, lo que el cine nos ofrece no es solo mero entretenimiento ni una historia de la que hablar durante días, semanas, incluso meses. Por supuesto, son muchas más las virtudes que se pierden entre lo que esperamos de una película y lo que esta puede darnos finalmente. Si la premisa principal en la que se basa el cine es el entretenimiento, bien podrían añadirse unas cuantas más, empezando por la denuncia social y política, la que habla de acontecimientos que se nos tornan lejanos y, en demasiadas ocasiones, prácticamente invisibles. Es más, la denuncia y la crítica social a través del cine bien podría clasificarse en muchas ocasiones como un género añadido al drama o a la acción, dando voz a aquellos que no la tienen y mostrando al espectador una realidad que parece inventada por una mente macabra y sin escrúpulos. Y, sin embargo, siempre queda el resquicio de que, a pesar de las injusticias, de las situaciones que parece no tener una resolución clara y contundente, y de que los intereses propios primen por encima de los colectivos, siempre queda la esperanza de que todo llegará a resolverse.

 

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La perenne lucha que se encierra tras el fanatismo religioso y la imposición de las ideas radicales que algunos individuos o grupos tienen por encima de la buena convivencia común y, básicamente, de la libertad que a cada uno nos pertenece conforman el esqueleto de TIMBUKTU, donde ABDERRAHMANE SISSAKO intenta profundizar en unos hechos ocurridos en el año 2012 en la ciudad maliense de Tombuctú, que cayó en manos de extremistas religiosos, quienes sometieron a la población a inusuales leyes tales como la prohibición de jugar al fútbol o  tocar música con tal de inculcar el miedo y el poder de la yihad por encima de la cotidianidad de la población. Sin entrar en detalles que puedan llevar a desvelar realmente la trama, TIMBUKTU explora de forma superficial las situaciones que viven varios personajes de Tombuctú para tejer una red donde se conectan las circunstancias que estos afrontan. Esta poca profundidad en los diferentes temas que quiere tratar supone, al principio, perder la pista al punto dónde quiere realmente llegar la película, cuales son sus intenciones básicas y de qué forma quiere llegar a lograrlo.

 

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A pesar de la crudeza de muchas de las secuencias que muestra, que conectan con la realidad actual en la que el fanatismo religioso parece extenderse irremediablemente, TIMBUKTU consigue empatizar con el espectador, aún cuando este probablemente tenga pocas papeletas a priori para verse envuelto en una situación de guerra religiosa permanente. Esa es la virtud máxima de este largometraje, la increíble capacidad de que el público llegue a conectar con lo que está viendo en pantalla. A pesar de la superficialidad con la que a veces estas historias parecen estar contadas y con la inevitable sensación de que la realidad supera a la ficción, el conjunto que la conforma no parece escapar a sus intenciones finales y a la llamada de atención contra el extremismo religioso.

Dadas las intenciones finales que sobrevuelan la denuncia, el conocimiento de lo ocurrido y la explicación poco profunda en su planteamiento a una situación que bien parece inventada por cualquier cerebro macabro, en TIMBUKTU se valora más la sutileza de un recorrido tranquilo que muestra la realidad tal como es, con marcado carácter cotidiano. Hace de la terrible vida real un conjunto que merece la pena explorar.

 

 

LO MEJOR

  • La fotografía que enmarca toda la película.
  • La delicadeza con la que se cuenta la crudeza de la realidad.
  • Las actuaciones principales resultan conmovedoras.

LO PEOR

  • A pesar de la fuerza de las imágenes, la carga propia de la película se pierde según avanza el metraje.

 

 

Sheyla López

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