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Steins;Gate siempre ha tenido un tono especial. Un tono melancólico que se extendía a cada una de sus líneas. Existe un contrapeso en forma de humor, por supuesto, pero el drama se encuentra en cada uno de los compases que formaban la obra.

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Zero, por su parte, intenta lograr algo similar. Pero lo hace por otros métodos. Porque donde la original exploraba la esperanza siguiendo la filosofía del ‘ensayo y error’, su secuela lo tiene muy claro. No hay espacio para la esperanza.

Paradoja temporal [principio del fin]

Y es que Zero no es más que el resultado fallido de Steins;Gate. La decisión errónea de Okarin, que fracasa en su misión (la equivalente al vigésimo tercer capítulo) y establece el desarrollo de la línea temporal beta. La línea en la que Makise Kurisu pierde la vida. La línea en la que el mayor de los desastres posibles ocurre en el futuro. La Tercera Guerra Mundial.

Y es esa capa reinante de desesperación, el asfixiante cerco que el tiempo en si mismo ejerce sobre sus personajes y la ansiedad que provoca en su drama, la que tuerce los hechos y los lleva en la única dirección posible. Hacia la desesperación.

Una línea en la que Suzuha se ve arrastrada a la única posibilidad que queda. La de utilizar de nuevo la máquina del tiempo para viajar un año atrás y evitar que Okabe condene a la humanidad con su decisión. Una decisión tan difícil como inmoral. Algo que juega tanto contra las cuerdas del tiempo que la cuenta del mismo aparece una y otra vez a lo largo del capítulo. Acechante, decisiva.

Una sentencia definitiva.

Desgarrando el amor [Hououin Kyouma]

Y es entonces cuando Steins;Gate 0 nos revela algo. Lo hace tras el telón, sin necesidad de un espectáculo. El momento en que Mayuri se hace con la verdad. El momento en que la divergencia toma forma de nuevo y todas las piezas que habían comenzado a moverse ahora encuentran su posición. Y encajan.

La contraposición de escenas funciona increíblemente bien. Zero nos demuestra como ha funcionado su juego. El porque de la distensión, de los compases atenuados. Todo para aplastarlo en última instancia, para hacer del drama una descomposición de la alegría reinante. Una forma de reabrir las heridas hasta un nuevo punto.

Porque si ya de por sí Steins;Gate siempre ha brillado en la exploración de sus personajes, el monólogo de Mayuri adquiere un nuevo nivel. Es desgarrador. El símil entre Hikoboshi y Orihime —Altair y Vega, extraídos de la leyenda del Tanabata— sirven para escenificar el amor secreto que ella siente por Okabe. El como su cielo se derrumba en una realidad en la que Orihime tiene la posibilidad de ocupar el mismo junto a Hikoboshi, aprovechando el espacio mitológico, pero no puede lograrlo.

Si Kurisu escenfica a Mozart, esta vez es Mayuri quien hace lo propio con Salieri. ¿Realmente es capaz de vivir en un mundo así? En un mundo donde logra su propósito pero la falta de la verdadera Orihime, de Makise Kurisu, sumerge a Okabe en una profunda dicotomía marcada por el dolor. ¿Que se dice del amor fruto del dolor?

Pero incluso así, la chica encuentra el verdadero propósito de su amor. No es Okabe al que busca sino a Hououin Kyouma. Al verdadero Okarin. Al Okarin de la bata blanca, el que gritaba “el PSY Congroo” y hablaba con una misteriosa organización. Si tiene que elegir entre el amor en un mundo roto o la compañía de su amigo en uno donde no la leyenda de Vega y Altair no se cumple, parece que la respuesta es clara.

Beta y Alpha, el principio y el fin [Desesperación]

Los siguientes momentos no son una sorpresa. No es que el guión de Zero se escriba solo, pero casi. La desesperación vuelve a pintarse en sus tintes y la forma en que sus engranajes se mueven no resultan ajenos a nadie. El tiempo no perdona y su inexorabilidad avanza a un punto ineludible. Al comienzo de todo.

El hecho de que Mayuri vaya a por Suzuha es algo esperado. Al fin y al cabo, la responsabilidad de que Okarin no consiga salvar a Kurisu y alcanzar la Steins Gate es suya. Por decirlo de alguna forma, es su destino.

Pero incluso así, a sabiendas de que es lo que debe hacer. Es un momento momento doloroso. Okabe arrastrando se, incluso herido por la bala de Suzuha, mientras el infierno se pinta en sus ojos de nuevo. El tiempo olvida, quizás, las líneas cambian, pero su corazón no. E incluso en un momento como ese el legado de Kurisu suena a una vaga excusa para no volver a enfrentarse a ello. ¿Quién podría culparle?

Y entonces ocurre. Los datos robados de Amadeus. El avance de la obra hasta ahora. Y el punto del cambio. El retorno. Y quizás la escena resulte exagerada, la aparición de los soldados enemigos es casi ridícula. Pero no lo es su ejecución. Un momento en el que White Fox consigue defenderse con una Suzuha combatiente, fuerte y dura, pero incapaz de evitar que Mayuri caiga, sin vida, a sus pies — una vez más.

Y sobre ella, vestida en negro y sin revelar su identidad, su asesina. Kagari Shiina. O eso se espera. Porque los segundos anteriores nos permiten intuir que no ha tenido una mayor suerte que su madre.

Y así, las puertas del infierno vuelven a abrirse. Bienvenido, Okabe Rintaro.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.

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