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Ir al cine a ver una película de Transformers es como ir a cenar a un restaurante de comida rápida: sacia nuestro apetito, incluso disfrutamos el proceso de ingestión, pero sabemos que estamos comiendo algo de escasa calidad, y después la vergüenza de reconocer ante uno de nuestros allegados gourmands que hemos comido en uno de estos establecimientos viene acompañada de cierto malestar estomacal e incluso, en algunos casos, de intoxicación severa o fuertes diarreas. La única diferencia palpable entre una experiencia y otra es que maltratar nuestra salud corporal con un menú de hamburguesa, bebida y patatas sale un poco más barato que maltratar nuestra salud mental con otro desfase visual y sonoro del ya viejo conocido Michael Bay. Y esta vez el menú es increíblemente grasiento.

No es novedad que las películas de la saga sitúen la Tierra al borde de la aniquilación total. Lo que sí es toda una sorpresa es que su quinta parte arranque en el siglo V, situando a los Transformers en compañía del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda. Según el lore introducido en esta nueva entrega, estos robots alienígenas con la capacidad de convertirse en diversos vehículos de tierra, mar y aire llevan velando y protegiendo a la humanidad desde los días del mago Merlín, a quien entregaron su poder para hacer magia y la espada Excalibur. Este es el equivalente cinematográfico a encontrar una patata Deluxe en tu bolsa de patatas normales. Quizá mejor que abandonemos la metáfora.

Más allá de la pregunta de cómo puede ser que estos gigantescos y metálicos guardianes se mantuvieran escondidos durante los más de 1400 años entre el (supuesto) reinado de Arturo y la invención del primer vehículo motorizado (ofrecemos un consejo gratuito si quieren disfrutar de la película: no se hagan demasiadas preguntas sobre la trama, si es que la entienden), la película avanza hasta el presente, donde el personaje de Anthony Hopkins habla del honor de la caballería y de la necesidad de encontrar un último caballero que salve el planeta de la enésima amenaza alienígena. Como se pueden imaginar, esta amenaza está diseñada con el mejor CGI del mercado y la misma alma y personalidad que los pepinillos avinagrados que acompañan nuestras hamburguesas. De verdad que ya es la última.

La salvación de la Tierra (spoiler: ganan los buenos) pasa por una abigarrada selección de personajes (metálicos y de carne y hueso) y artilugios de importancia histórica, como el reloj que mató a Hitler (en serio) o la propia Excalibur, que son solo una rebuscada justificación de la orgía de gritos, balas, naves espaciales, juegos de palabras de nivel medio-bajo y tortas (muchas tortas) de metal contra metal que acompañan en todo momento la acción de una película que insulta a la inteligencia de sus espectadores. El adjetivo que mejor define la quinta parte de Transformers es “frenética”, pero no frenética como El lobo de Wall Street (que se molestaba en contar una historia, trasmitirnos una idea y una visión del mundo), sino frenética como un ataque epiléptico o el sexo sin protección con una prostituta tailandesa.

Mark Wahlberg, como es habitual, se entrega al máximo con muecas que rivalizan con los mejores momentos de El incidente (quizás por última vez ante Optimus Prime, puesto que ya ha anunciado su retirada de la saga); el novato Jerrod Carmichael aparece poco, y cuando lo hace es como alivio cómico (que ni alivia ni es cómico); la nueva “chica Transformer” Laura Haddock recibe el habitual tratamiento de las mujeres en el cine de Bay; y sir Anthony Hopkins, que ya lleva varios años en la fase barroca por la que pasa la carrera de todos los actores cuando llegan a cierta edad, parece estar pasándolo bien en cada secuencia en la que aparece (también, rodeado de robots gigantes), aunque uno no puede nunca llegar determinar si su personaje sonríe por exigencias del guion o por la casa en Malibú que le pagará el cheque.

En Transformers: El último caballero todo se ve y se oye a la perfección, y es que el único asombro que es capaz de producirnos Bay con sus recargadas historias de carne y acero (huecas e inofensivas, desprovistas de algo verdaderamente interesante que contar) es el del vigor técnico con el que nos entrega estas dos horas y media de tableaux vivants de la oligofrenia apilados uno encima del otro con el tacto narrativo de un gibón adicto al crack. Aunque, pensándolo bien, esta frase puede aplicarse a cualquier película de la saga y a las audiencias parece no importarles… Al final, solo nos quedará una sobredosis de nuggets de pollo.

 

LO MEJOR:

  • El desparpajo de Anthony Hopkins.
  • Su perfección técnica.
  • El prólogo.

 

LO PEOR:

  • Todo lo demás.

Pol Llongueras

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