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La Peni, principal sede del TerrorMolins

En El Palomitrón nos encantan los festivales, y somos conscientes de que los de terror son la cuna de todo cinéfilo. Este año hemos vivido Sitges, Nocturna, la Semana de terror de San Sebastián, y ahora TerrorMolins. El festival de cine de terror de Molins de Rei llega a su edición número 36, teniendo ya un festival perfectamente consolidado y con un público fiel. Y no es para menos, pues el trabajo y amor de la organización se siente en cada una de sus proyecciones, todas presentadas por los organizadores, que demuestran con sus palabras los altos conocimientos sobre el cine de género.

Tras el estreno mundial de Framed, el festival sigue demostrando una altísima calidad con algunas joyas inesperadas. El lunes empezaron las características sesiones dobles del festival y nosotros pasamos la noche y parte de la tarde sentados ante la pantalla. Nos sorprendieron gratamente las dos primeras películas, empezando por la española Compulsión. Dirige Ángel González bajo su propio guion y la protagonizan Marina Esteve, Susana Abaitua y un aterrador Paco Manzanedo. Con tan solo tres actores y unas localizaciones muy reducidas, Ángel consigue crear una historia de terror bastante típica pero bien llevada. El trabajo en el punto de vista está muy bien planteado, y la decisión de mostrarnos al psicópata a través de los ojos de su novia resulta muy inteligente. A la vez que la protagonista, el espectador descubre como su novio no es quien parecía… y que su infidelidad no es solo algo sexual. Compulsión avanza contenida pero con fuertes destellos de violencia. Estamos ante una película muy pequeña pero que consigue mantener la tensión gracias a una dirección con pulso y tres buenas interpretaciones. Una película sencilla, lenta y recomendable.

Compulsión, de Ángel González

Más astuta y rápida es Downrange, de Ryuhei Kitamura, una película que comienza de forma extraña pero no tarda en dar inicio a su acción. Es simple: unos adolescentes pinchan la rueda en una carretera por donde apenas pasan coches… y donde un francotirador les está matando poco a poco. Y así una hora y media. Kitamura convierte su principal debilidad (localización única) en su mejor jugada, y sorprende su capacidad para gestionar y jugar con el espacio a fin de crear un entretenimiento más que digno. La dirección peca de ciertos elementos irritantes, desde el exceso de drones y planos aéreos en su primer tramo hasta puntuales momentos de cámara lenta para dotar de falsa epicidad alguna escena. Se le perdona, pues la película es consistente y conoce bien su calidad de espectáculo. Y como tal, el guion avanza con más sangre volando hasta un final descabellado y divertido. Downrange es una película de festival, y funciona como un tiro.

El buen rollo siempre acaba por decaer, y la decepción se la llevo toda Habit, escrita y dirigida por Simeon Halligan. El acento de Manchester inunda la pantalla y la historia de Michael se desarrolla sin demasiado interés. Se emborracha con su amigo, conoce a una chica simpática y ve algo que le deja preocupado. Nada demasiado interesante hasta llegar al giro que lo nubla todo de vísceras y sangre. Por no desvelar nada, diremos que Michael se adentra en una comunidad un poco especial de la que nunca se nos explica demasiado. El giro como tal resulta interesante, pero tras él la película se desequilibra. Parece no saber qué historia le interesa más, si la de Michael o la de su entrada en la comunidad, y acaba por no contar ninguna de las dos. Habit es floja en todos sus aspectos, sobresaliendo únicamente su intérprete principal, Elliot James.

Habit, de Simeon Halligan

Donde pudimos ver más de una gran interpretación fue en Super Dark Times. En concreto dos: las de sus jóvenes protagonistas Owen Campbell y Charlie Tahan. Los dos son amigos de toda la vida hasta que un accidente se entromete entre ellos, obligándoles a ocultarlo y distanciándolos. La película de Kevin Phillips es una vuelta a la adolescencia de lo más interesante. Recuerda el despertar sexual, el primer amor, la amistad, y hasta las rencillas que se crean en esta. Es una película hermosa e inteligente, que utiliza algo terrorífico para contar cosas sencillas. Por desgracia todo esto se va perdiendo en el tramo final, donde la paranoia de su protagonista crece y la película toma un giro para acercarse a la sangre y el thriller. El final es demasiado precipitado y acaba arruinando un poco la más que grata experiencia reflexiva sobre la mente adolescente. Pese a todo, vale la pena verla.

Super Dark Times, de Kevin Phillips

Y llegamos a la joya de la corona. En todos los festivales hay una película que destaca, ya sea por su calidad o por alejarse sutilmente de los cánones del mismo festival. Hounds of Love es mucho más dramática que la mayoría de películas del TerrorMolins, y también es, por ahora, la mejor película que hemos visto en Molins de Rei. El australiano Ben Young ha diseñado un thriller de terror con una narrativa visual espectacularmente definida. No hay plano sin utilidad, su dominio de la imagen es impecable e incluso sorprende con un estilo tan hermoso y crudo (ojo a la cámara lenta). La historia nos habla de un secuestro organizado por una pareja peculiar, a la vez que la familia de la víctima intenta encontrarla. Son muchos los temas que trata Young: las relaciones tóxicas, la violencia de género, la relación maternofilial… Hounds of Love es una apuesta arriesgada que sale vencedora con creces. Magistralmente contada e interpretada, estamos ante una de las mejores películas de terror de los últimos tiempos.

Y con este buen sabor de boca os dejamos. Ah, también hemos visto Meatball Machine Kodoku, pero de ese tema no sabemos que decir. Juzgad vosotros mismos viendo el tráiler, que nosotros hemos de volver a la sala.

Seguimos en TerrorMolins…

Ignasi Muñoz

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