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El género de terror es complicado. Innovar o aterrar al espectador son los lastres con los que, año tras año, los largometrajes tienen que lidiar. A menudo, nos conformamos con salir del cine con la sensación de habernos entretenido. De entre todas las posibilidades, Summer Camp es una apuesta interesante.

Narra la historia de tres monitores estadounidenses (Diego Boneta, Jocelin Donahue y Maiara Walsh) que van a España a impartir clases en un campamento como instructores nativos. En un viejo caserío en medio de la montaña se reúnen con Antonio (Andrés Velencoso), un monitor español que les ayudará a prepararse para la llegada de los niños. La noche antes de la apertura del campamento, una extraña cepa hará que los jóvenes se vuelvan violentos e intenten matarse los unos a los otros.

Summer Camp es la ópera prima de Alberto Marini, que se adentra en la dirección con esta coproducción entre España y Estados Unidos grabada en inglés, de la mano de los productores de REC, Annabelle y Expediente Warren. Es, además, la primera producción ejecutiva de Jaume Balagueró.

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Marini nos adentra en un bosque alejado de la civilización, con un gran caserío y problemas de comunicación por la diferencia de idiomas: el escenario perfecto. Diríamos que es predecible pero, es una película de terror, cuando entras esperas “que pase algo”.

El filme abre con una cuidada banda sonora, de la mano de Arnau Bataller, que aporta un ambiente necesario para crear tensión en el espectador. En los primeros veinte minutos, la tensión se crea poco a poco (pero sin pausa). Es verdad que, a diferencia de otros largos de terror, este tarda más en detonar, pero no es algo que juegue en su contra, ya que crea expectación.

A partir de aquí, la tensión, en vez de crecer, se mantiene. Durante un momento parece que va a caer, pero consigue mantenerse (sin crecer) hasta el final, donde vuelve a remontar y da dimensión al conjunto.

La fotografía juega con la luz y la sombra muy correctamente, como cualquier otra película del género que quiera destacar: no trata planos demasiado saturados, utiliza bastantes cámaras en mano durante los momentos de tensión, mantiene los planos (llegando casi al punto máximo para crear expectación) y destaca de forma muy notable el uso de contrastes lumínicos, sobre todo en escenas donde la oscuridad es casi absoluta pero es importante destacar detalles como movimientos, rostros o armas. Cabe también hacer una mención especial al maquillaje y caracterización de los personajes, tanto cuando están “rabiosos” como cuando tiene que parecer que la herida duele y la sangre es real (y lo consiguen de muy buen grado).

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Por su parte, las actuaciones se basan en personajes en los que se profundiza lo justo: lo que el espectador necesita saber se descubre según se avanza. Estos crean la suficiente verosimilitud como para comprender por qué en ciertos momentos actúan como actúan. No es tan importante conocer de dónde vienen, sino cómo van a reaccionar ante una crisis. No hay un único protagonista, es un elenco coral, de ahí que predomine la importancia de las relaciones antes que de las individualidades.

Respecto a la temática, tiene vestigios de películas como REC, los ya clásicos slasher de los 90 y las películas de zombies o pandemias. Sin embargo, le han dado una vuelta al incluir innovaciones sutiles pero perceptibles. Estos pequeños detalles hacen destacar una película pequeña dentro del género, con entretenimiento y algún que otro susto asegurado. Indagaríamos más, pero, si eres fan del cine de terror, esta es la forma de comenzar tu verano cinéfilo.

 

LO MEJOR:

  • Las localizaciones.
  • Ligeras innovaciones en un género muy machacado.
  • El desenlace.

LO PEOR:

  • Los “sustos”, por lo general, muy predecibles.

 

Cristina Domínguez

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