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Vivimos bombardeados de noticias terribles sobre el estado del mundo. Corrupción, cambio climático, falta de recursos, pobreza, guerras, etc. También la ficción se apodera del catastrofismo y consumimos relatos apocalípticos, series y películas de zombies. Como dice uno de los activistas que aparece en el documental, somos expertos en crear relatos en los que la humanidad fracasa, pero somos unos inútiles a la hora de construir historias positivas en las que el ser humano triunfa ante las adversidades ecológicas o sociales. Ante este panorama, incluso el más entusiasta de los idealistas puede llegar a perder la ilusión por un mundo mejor.

Un estudio predecía que en 2100 buena parte de la humanidad habría desaparecido. En este documental, los directores Cyril Dion y Mélanie Laurent (que a sus 33 años ya ha dirigido dos filmes de ficción) intentan inspirar a la gente a partir de una serie de personas que quisieron cambiar las cosas y lo lograron. No intentaron cambiar el mundo; se centraron en su comunidad y lograron sus objetivos.

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Dion y Laurent dividen el documental en distintas secciones, pertenecientes a distintos ámbitos de la sociedad. Deciden empezar por la agricultura, una de las bases de la supervivencia de nuestra especie. Visitan a distintos agricultores ecológicos, quienes, en menos espacio y con herramientas más sencillas, alcanzan mayor productividad que la agricultura industrial, que requiere de tractores y de más hectáreas de producción. Con tal de maximizar beneficios, las grandes empresas que conforman la agricultura industrial no tienen reparos en arrasar con los bosques con tal de cultivar la tierra —a menudo con la connivencia de los gobiernos—, afectando así a la biodiversidad de nuestro planeta. Esto nos lleva al segundo de los aspectos tratados en el filme: la energía. Cada día consumimos alimentos producidos en lejanas partes del mundo, y esto conlleva un coste energético que, a estas alturas, no nos podemos permitir. Gran parte de la contaminación y de la energía que gastamos se debe a este transporte que, ciertamente, se antoja innecesario, pues si los humanos fuéramos una especie tan racional como creemos, consumiríamos los alimentos producidos cerca del lugar donde vivimos. Tal como nos dicen en el documental, si gran parte de la población vive cerca de los centros urbanos, lo mejor será acercar los cultivos a las áreas urbanas, de manera que se reduzca el gasto energético que supone el transporte de alimentos.

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Así pues, los directores Mélanie Laurent y Cyril Dion viajan a Inglaterra, Finlandia, India y Francia, entre otros países, para buscar proyectos alternativos que muestren otro camino a seguir para que no se cumpla el estudio de 2100. Además de la energía y la agricultura, el documental también recoge proyectos alternativos referentes a la economía (la moneda complementaria para fomentar el comercio local), la educación (con el modelo finlandés como referente), la democracia (un caso de democracia participativa en un pueblo de la India, que se sobrepone al tradicional sistema de castas del país) o a la apuesta ecológica de ciudades (el caso de San Francisco es paradigmático) y de empresas, que consiguen una mayor productividad al utilizar un modelo sostenible.

Mélanie Laurent y Cyril Dion consiguen transmitir su mensaje de esperanza con un filme entretenido e inspirador, una película necesaria para seguir creyendo que otro mundo es posible. Mañana no es tan naíf como podría indicar su banda sonora original; los cineastas no engañan a nadie: no buscan soluciones a gran escala para cambiar el mundo, sino dar una pequeña muestra de aquellas buenas personas que hay en el mundo que han conseguido sacar adelante proyectos alternativos. Es, en definitiva, un buen documental que trata de motivar y convencer a los espectadores de que las soluciones existen y de que si no se llevan a cabo es por falta de voluntad política y también, aunque nos duela, por falta de iniciativa popular.

LO MEJOR:

  • Un mensaje lleno de esperanza.
  • Menos ingenuo de lo que cabría esperar.
  • Entretenido para tratarse de un documental de dos horas.

LO PEOR:

  • Los cínicos huirán del documental.
  • La música, aunque amable, demasiado empalagosa (por momentos). Una elección demasiado obvia.

 

Pau García

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