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LA VIDA DE ADÈLE

LA VIDA DE ADÈLE es la historia de una búsqueda vital compleja e inevitable, como toda búsqueda que parte desde la honestidad. Se centra en el periodo que transcurre desde la adolescencia hasta el comienzo de la vida adulta más o menos definida; es la edad determinante en la lucha contra un mundo que nos redirige y con la tentación de sernos infieles a nosotros mismos.

Adèle se enfrenta al reconocimiento de su propia sexualidad, al amor y al desamor, a su implicación social en un mundo que no le es indiferente y en el que quiere tomar partido, a la elección de un futuro profesional elegido. Es, evidentemente, una época convulsa y desconcertante que se afronta principalmente desde la soledad pero que se repite a lo largo de la historia. Desde las aulas del liceo donde finalizan sus estudios, la literatura y la filosofía les muestra las mismas inquietudes y las respuestas a esos sentimientos universales. De este modo la soledad se hace compartida por un saber atemporal que pervive en los libros.

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Pero Adèle debe mantener una lucha mucho más dolorosa porque sus elecciones no son las convencionales, no son las fáciles, le obligan a fingir y a sufrir el rechazo, a esconder y mostrar en una permanente contradicción a la que le somete una sociedad que no acepta bien las diferencias cuando le pillan de cerca. Sin embargo el descubrimiento del verdadero amor, el que no admite renuncias y que se lleva por delante cualquier obstáculo le hará comenzar una relación reveladora que en la película se muestra con tal intensidad y explicitud que trasciende la pantalla y subyuga.

Si el cine ha buscado caminos y efectos para aproximar la realidad y hacer creer que lo que vemos está ocurriendo, en La Vida de Adèle se salta todas las técnicas y directamente la construye. El proceso se adelanta, no es en la pantalla donde la ficción cobra vida, es en su mismo momento de rodar donde la ficción parece haberse hecho realidad. Los personajes viven lo que cuentan porque no es posible de otro modo conseguir esa intensidad. Podemos imaginar el grado de desgaste emocional que supone cada una de las escenas porque el desgarro llega hasta nosotros. ABDEL KECHICHE (CUSCUS, VENUS NOIRE) no dirige a la persona, dirige directamente sus emociones para llevarles al extremo. Los momentos más tensos e intensos se presentan como una exploración interna de los actores, espoleados por el director, que tras llevarles a la situación límite que requiere la película, se limita a grabar todo el tiempo que dure la explosión que ha provocado. Una mezcla de violación emocional y espontaneidad. No es de extrañar la polémica que se ha generado entre director, actrices y técnicos operarios tras la producción de la película. Las interpretaciones de sus dos actrices principales ADÈLE EXARCHOPOULOS (TROZOS DE MÍ) y LÉA SEYDOUX (ADIÓS A LA REINA, MISIÓN IMPOSIBLE: PROTOCOLO FANTASMA) destilan dolor, pasión, amor, celos… todos los sentimientos fluyen con una naturalidad que se alimenta de la realidad personal de cada una de ellas no interpretada sino experimentada.

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Para potenciar este efecto los tiempos de su narrativa se alargan detallando cada gesto sin escrúpulos, en toda su crudeza, sin esconder nada pero con una naturalidad y verosimilitud única. Dormir, comer, llorar, pelear y amarse se muestran con un realismo y una minuciosidad que sólo es posible mostrar con la lentitud con la que transcurre la vida.

 

LO MEJOR:

  • Las interpretaciones de sus dos actrices protagonistas, ADÈLE EXARCHOPOULOS y LÉA SEYDOUX, que exponen el interior de personas reales sin pudor y con una generosidad casi dolorosa.
  • La minuciosidad de su narrativa.
  • Los referentes culturales y sociales que salpican el relato y lo enriquecen.
  • El tratamiento de la homosexualidad y las relaciones sexuales lésbicas con naturalidad y sin tapujos.

LO PEOR:

  • Por su temática y la explicitud y detalle en las escenas de sexo puede tener un público limitado.

 

 

Marina Calvo.

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