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LA CIUDAD MÁS FRÍACinco décadas siendo el epicentro de la guerra fría pueden otorgar con mucha comodidad a Berlín el título de ciudad más fría de Europa. Título que ha disfrutado durante la segunda mitad del siglo XX, y con el que juega Antony Johnston para titular una novela gráfica que escapa de los ritmos narrativos actuales para congelar la acción y centrarse en dibujar los complicados tejemanejes de la inteligencia internacional que usaron Berlín como tablero de ajedrez en los años de la guerra por la información.

La ciudad más fría, un título editado por Planeta Cómic que estos días cobra relevancia gracias al inminente estreno de Atómica, la película que adapta esta obra a la pantalla grande, escoge los días inmediatamente anteriores a la caída del muro de Berlín, auténtico símbolo de la Europa fracturada de posguerra, y posiblemente el hito histórico más importante de la segunda mitad del siglo pasado. Un acontecimiento previsto y adivinado por los servicios de inteligencia de ambos bandos, y vivido casi con más miedo que júbilo por los peones del espionaje que convirtieron Berlín durante muchas décadas en un hervidero de lealtades, traiciones y dobles juegos en los que algunos espías llegaron a funcionar de manera totalmente libre, aparcando sus lealtades en aras de su beneficio personal.

La ciudad más fríaCon un trazado en blanco y negro, y desprovisto de ornamentación alguna, Sam Hart plasma sobre el papel esta historia de espías confiriendo el máximo protagonismo a sus personajes, motores de la trama que hacen avanzar el relato en silencio, y cuyas personalidades brillan en los espacios cerrados para diluirse notablemente en los espacios públicos, aquellos en lo que la luz es protagonista. Porque La ciudad más fría es una historia sobre personas, sobre espías que respiran en sigilo y analizan y calculan con férrea disciplina los movimientos del adversario.

Casi la totalidad del diálogo queda para explicar la complicada trama que aborda esta novela gráfica, fácil de resumir pero no por ello sencilla o cómoda en su abordaje. Porque su premisa, la llegada a Berlín de una veterana agente del MI6 para encontrar una lista en la que figuran todas las identidades de los espías occidentales en la ciudad alemana, pronto destapa un polvorín de conspiraciones que, según avanzan los días hacia la inexorable caída del muro, amenaza con volar por los aires toda suerte de planes y jugadas que los propios espías de campo han ido edificando al margen de sus mandos centrales. Y todo narrado en dos tiempos, recurriendo al flashback para revivir unos días de revolución social que supusieron un infierno para el KGB, la Stasi alemana y los servicios de inteligencia occidentales.

La ciudad más fría requiere una lectura adulta, centrada en la psicología de los personajes y en jugar a esclarecer, según avanza su narrativa, el papel de cada protagonista. Porque solo así, con una mirada atenta a dar luz a los rincones más oscuros de la novela, podremos disfrutar de sus giros y del certero cuadro de espionaje ideado por Johnston.

Un título que juega en ligas muy avanzadas. Espionaje puro y duro condensado en 173 páginas que será plenamente disfrutado por todos los lectores recurrentes del género. Frío como el acero.

Alfonso Caro

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