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La alta sociedad - El Palomitron

“La burguesía no solo forja su propia destrucción, sino también a su propio sepulturero”. La frase pertenece al mayor de los Marx. No, no Chico, el otro: Karl. El filósofo y militante comunista vaticinó la decadencia de las clases altas y alertó de su inminente declive a manos del proletariado. Han transcurrido exactamente 150 años de la publicación del primer volumen de El capital, su obra magna, y al director francés Bruno Dumont le ha parecido un momento excelente para revisar el statu quo de la sociedad actual y comprobar si, en efecto, la burguesía ha perdido su discreto encanto.

Lo que ni siquiera Karl Marx podía haber predicho era que la revolución del proletariado iba a ser una revolución caníbal. Así es, al menos, como la ve Dumont, que en La alta sociedad nos narra la vida en un idílico pueblo costero de Francia donde las humildes familias de pescadores ven como cada año son invadidos por excéntricos veraneantes de la alta burguesía. Pronto los detectives Machin y Malfoy se percatan de que empiezan a proliferar las desapariciones de ociosos veraneantes e inician una investigación, con más pena que gloria, para tratar de resolver el misterio. Lo que no pueden sospechar (y no lo sospecharían aunque lo tuvieran por escrito y delante de sus narices) es que las desapariciones responden a un nuevo gusto adquirido por la comunidad de pescadores: devorar a los veraneantes.

La alta sociedad - El Palomitron

Entre el retrato atroz y la comedia negra, Bruno Dumont ha construido una película donde el surrealismo y el absurdo campan a sus anchas al servicio de la parodia social. Ridiculiza a la burguesía, con su mentalidad caprichosa y su altanería decrépita, y retrata a la clase baja como un conjunto de personajes grises y grotescos. Tampoco la autoridad, encarnada por esos dos detectives ineptos, se libra de la sátira: uno de ellos no sabe caminar dos pasos sin tropezar y el otro se limita a poner cara de incertidumbre ante las casi siempre erróneas conclusiones de su compañero.

Es difícil no acordarse de Luis Buñuel y obras suyas como El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía. Parece como si Dumont quisiera coger el testigo del director aragonés, con toda su mordacidad y surrealismo, y hubiera decidido deleitarnos con un juego macabro en el que los personajes viven un infierno mientras nosotros, los espectadores, reímos y aplaudimos silenciosamente desde el patio de butacas. Todo en La alta sociedad está calculadamente pasado de rosca: desde los rocambolescos escenarios y el exagerado vestuario hasta las histriónicas interpretaciones de unos maravillosos Juliette Binoche y Fabrice Luchini. Incluso el uso constante del slapstick (no es descabellado afirmar que aproximadamente cada diez minutos alguno de los personajes tropieza y cae) está deliberadamente empleado para provocar una sensación de irrealidad y, por qué no decirlo, de (gozosa) tontuna.

Escena playa La alta sociedad - El Palomitron

Estrenada en la Sección Oficial del Festival de Cannes y ganadora del Giraldillo de Oro en el Festival de Cine Europeo de Sevilla (donde también obtuvo el premio a la Mejor interpretación femenina para Raph), La alta sociedad ha cosechado aplausos y respuestas desconcertadas a partes iguales, pero no ha dejado indiferente a nadie (porque no se puede, porque es imposible, porque es una obra diseñada para obtener una reacción del público). Afirmar que se trata de una obra maestra sería casi tan descabellado como la premisa de la película, pero es innegable que esta oda al exceso, este elogio disparatado de la extravagancia, es una rara avis que invita a ser devorada con exquisito deleite. Habrá quien opine que todo en la película es demasiado, y habrá quien, como a nosotros, le parezca que es el demasiado idóneo y le deje con ganas de más.

LO MEJOR:

  • Su surrealismo desbordante, que contribuye a la parodia social.
  • Los actores, impecablemente histriónicos.
  • Está filmada con una elegancia hipnótica.

LO PEOR:

  • Que lo atrevido de la propuesta pueda espantar a algunos espectadores.
  • Que no haya un spin-off de cada uno de los personajes.

 

Álex Merino Aspiazu

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