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Mi vida eres tú. Si tienes determinada edad probablemente asocies esas cuatro palabras con la melodía de la cabecera de Cristal, el culebrón que sentó a familias enteras frente al televisor a principios de los 90. Con las calles vacías durante la emisión del último episodio, como si de una final de la Champions se tratase, e incluso ganadora de un Premio Ondas a la Mejor Teleserie Iberoamericana (viva el eufemismo), el fenómeno venezolano sentó un peligroso precedente: nuestra televisión pública empezó a nutrirse de telenovelas para llenar su franja vespertina de amor, celos, ira y traición. Rubí, Pobre Diabla, Usurpadora, Topacio (a la que muchos homenajeamos los sábados por la noche)… TVE ha encadenado el final de unas con el comienzo de otras desde entonces hasta antes de ayer. Ninguna de ellas solía evolucionar mucho respecto a las anteriores en cuestiones argumentales o formales hasta que llegó Betty.

Betty la fea

Igual que el cine y la televisión han sido capaces de reinventar géneros clásicos como el western, la telenovela necesitaba un buen lavado de cara para adaptarse a los nuevos tiempos. Y qué mejor que hacer de ese cambio radical el argumento principal de un culebrón. Yo soy Betty, la fea (1999) consiguió varios hitos: incorporar la comedia de forma descarada a un género acostumbrado al drama hiperbólico, imprimirle un cierto aire de modernidad (aunque manteniendo los tradicionales roles masculino-femenino) y convertirse en la telenovela más vista de la historia. Antena 3 acertó de pleno emitiéndola, atrayendo a más de seis millones y medio de espectadores en prime time el día del cambio de look de la protagonista. Las múltiples adaptaciones de la serie funcionaron sorprendentemente bien, incluso en países en los que ya se había emitido la original. Es el caso de España, donde Yo soy Bea se convirtió en un fenómeno para las tardes de Telecinco con cuotas de pantalla superiores al 30%. En Estados Unidos, ABC tuvo su propia Ugly Betty durante cuatro temporadas.

Tras los consecuentes intentos de explotar la fórmula hasta el hastío (Mi gorda bella), dos subgéneros reconquistaron al público: las telenovelas juveniles (Rebelde way, Rebelde) y los culebrones con protagonistas ciclados (Pasión de Gavilanes, Machos), que no aportaban nada nuevo más allá de merchandising y sueños eróticos. Pero en 2014 The CW estrenaba Jane the virgin y daba con la clave de lo que debe ser una serie de este tipo en el siglo XXI.

Petra Solano

Jane the virgin es una adaptación (cómo no) de la venezolana Juana la virgen, a la que mejora exponencialmente. En la versión norteamericana conviven perfectamente tres géneros: la comedia pura (tan pura que le valió la nominación al Globo de Oro en esta categoría, la primera de la historia para la cadena), la intriga y, por supuesto, el culebrón, del que recupera todos sus elementos para subvertirlos y reírse de ellos descaradamente a través de un narrador en off que no deja de recordarnos qué tipo de producto estamos viendo y por qué nos engancha tanto.

Aquí la mala no es tan mala, de hecho es torpe y tiene (en el fondo) buenas intenciones, la protagonista no lucha por el amor de un hombre sino que dos hombres intentan ser su pareja, el núcleo familiar está formado por tres mujeres que toman todas las decisiones en el hogar y los guionistas ridiculizan algunas creencias religiosas como la propia decisión de Jane de ser virgen. La acertada creación de personajes y las sólidas interpretaciones (Gina Rodríguez también fue nominada y se llevó el Globo de Oro) hacen el resto para que, visto el primer episodio, decidas continuar.

En Estados Unidos las soap operas han existido durante toda la vida y lo seguirán haciendo. El mérito de Jane the virgin respecto a otras es saber reírse de sí misma, haber conseguido llevar al prime time una historia de personajes latinos (incluso la abuela de Jane habla todo el tiempo en español) y hacerla universal. Eso y ser muy buena, claro está.

Fon López

 

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