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La comedia francesa, aquella en las situaciones se tornan absurdas e incluso abrumadoras para sus personajes, la que desespera a un protagonista hastiado con lo que la vida le depara, parece haberse hecho un hueco bastante holgado y acomodado en nuestro país. Del mismo modo que hace unos años esta concepción de la comicidad venida del país vecino parecía prácticamente invisible e, incluso, desconocida para el espectador menos avispado, últimamente asistimos a un espectáculo que parece propio de una renovación de la cartelera, que lucha por introducir entre sus estrenos algún que otro atisbo de genialidad gala como ya ocurrió con largometrajes como DIOS MÍO, ¿PERO QUÉ TE HEMOS HECHO? (PHILIPPE DE CHAUVERON, 2014) o, en menor medida y con una visibilidad bastante más reducida, NO MOLESTAR (PATRICE LECONTE, 2014).

Sin embargo, una de las características que parecen más definitorias en esta curiosa forma de entender la comedia es la disparidad entre un largometraje y otro, a pesar de seguir unas pautas tan corrientes como calcadas en demasiadas ocasiones. Y así, a pesar de las buenas intenciones, de los inusuales intentos de lograr plasmar esa diferencia entre unas y otras, finalmente muchas de estas cintas caen en el fatal error de no mostrar realmente cuál es su propio elemento diferenciador. Esto, sin duda, es lo sucedido con TRES HERMANOS Y UNA HERENCIA, secuela dirigida por DIDIER BOURDON, BERNARD CAMPAN y PASCAL LÉGITIMUS, componentes del grupo humorístico francés LES INCONNUS.

 

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En esta ocasión, el intento de llevar la comedia absurda a un nivel superior realmente roza el ridículo y, en ciertos momentos de la trama, resulta incluso aterrador pensar en cuáles eran las verdaderas intenciones de unos cómicos que, con toda probabilidad, han obviado que la vergüenza ajena realmente no resulta divertida. Es innegable que el esfuerzo por agradar al espectador y las ganas de hacer pasar un buen rato al público suponen un elemento positivo que se vislumbra entre demasiados puntos en contra. No obstante, la ceguera que provoca lo que rodea a estos dos pequeños retazos de comicidad domina prácticamente todo el largometraje, incluso los títulos de crédito.

Los intentos que sucumben a la necesidad de arrancar del modo que sea una carcajada al público son tan evidentes que, sin duda, restan valor a lo que sucede en pantalla. Así, el conjunto resulta tan irregular que, incluso en ciertas ocasiones, la sensación de ruptura del sentido se mantiene durante más tiempo del que se permite en una comedia tan disparatada como podría ser esta. No se trata de que el humor absurdo se obvie en este largometraje, sino que resulta tan descabellado que aquellas situaciones que merecen total atención se ven ensombrecidas por secuencias ilógicas, incluso un tanto ridículas y totalmente innecesarias para un guion que, desde el mismo inicio, se intuye a grandes rasgos insuficiente.

 

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Resulta improbable que el resultado final de TRES HERMANOS Y UNA HERENCIA suponga una nueva revelación en el género cómico francés, quizá no sólo por su afán de complacer desesperadamente a aquel que se aventura a sentarse en una butaca frente a tal demostración de descaro, sino por la dificultad que supone adentrarse en las desventuras de unos personajes que, incluso haciendo un esfuerzo titánico como el que se denota en el largometraje, se distancian de tal manera del público que apenas ofrecen la posibilidad de una mínima empatía.

 

 

LO MEJOR:

  • Tal como existe un principio, también existirá un final.

LO PEOR:

  • Las situaciones resultan tan absurdas que realmente llegará un momento en el que el espectador incluso se encuentre perdido.
  • La posibilidad de carcajadas se ve reducida a medida que avanza la película.
  • El humor absurdo que se pretende mostrar resulta, en alguna ocasión, un tanto desagradable.

 

 

Sheyla López

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