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La predisposición a dar a buenas historias un aura de intensidad extrema es la clave para entender que ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU jamás utilizará su cine para dejar asuntos a medias. Las intenciones de aquella lejana y brillante obra que fue AMORES PERROS no dejaban lugar a algún tipo de duda: no estaba destinado a dirigir cuestiones mediocres. Lo demostró sobradamente en BIUTIFUL y ni qué decir tiene lo que ocurrió hace no tanto tiempo en BIRDMAN (O LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA), donde incluso el título es una maravillosa oda a una soberbia que parece fabricada exclusivamente para él. IÑÁRRITU es, a grandes rasgos, el ejemplo vivo de todo lo que puede usarse para dejar de lado a un director. El desmesurado ego que se desprende de sus películas es esa característica que muchos se verán obligados a reconocer, pero pocos se atreverán a admitir que adoran. Son precisamente esas incontestables y ambiguas virtudes las que hacen de él ese director imprescindible al que resulta casi imposible detestar.

Lo interesante de IÑÁRRITU es que, cuando parecía que había alcanzado su cota cinematográfica más alta en los inicios del año 2015, regresa a la gran pantalla con una apología de la supervivencia tan excesiva que pocos calificativos son capaces de explicar las paradójicas sensaciones que provoca su nueva incursión en el largometraje. EL RENACIDO es, a riesgo de exagerar, un excéntrico experimento capaz de dejar con la boca abierta a todo aquel al que no le asusten los 156 minutos que dura este doloroso canto a la resistencia y a la venganza. La terrible y casi ficticia historia de Hugh Glass parece, en ciertas ocasiones, tan solo una excusa para demostrar que lo que IÑÁRRITU ha sido capaz de lograr no es solo cuestión de suerte, que él no ha subido a los cielos cinematográficos a golpe de casualidad divina. Los continuos éxitos a los que parece que el espectador ha tenido que acostumbrarse no se verán mermados prácticamente en ningún momento a pesar de esos tropiezos que llaman a la incoherencia narrativa. No encontrarán una tregua que vaya más allá de una duración excesiva que alarga la trama de forma innecesaria. Tampoco podrán hallar en EL RENACIDO un error estilístico que les distraiga de la espectacular odisea por la que tuvo que pasar Glass para alcanzar esa supervivencia que muchos no conocerían en su época.

 

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Lo cierto es que, en esta ocasión, se cumple una de esas reglas cinematográficas no escritas en la que las expectativas juegan esa mala pasada que muchos están dispuestos a pasar por alto. ¿Es EL RENACIDO una película condenada a la mediocridad? Evidentemente, no. No puede utilizarse la vulgaridad como una característica para definir lo que IÑÁRRITU ha creado. Sin embargo, y a pesar de las apariencias y de las enormes virtudes que pueden desprenderse de este largometraje, la sensación final, una vez aparecen los títulos de crédito, será tan ambigua que muchos no sabrán si realmente se han encontrado con la película del año o con una tomadura de pelo maravillosamente bien disimulada. Gran parte de este mérito no proviene de la hostilidad de los hechos; tampoco podrá encontrarse en la dirección que, aun con todos los méritos a los que el espectador se enfrenta, no es tan soberbia como lo fue en el pasado, por mucho que la forma en que se presentan los sucesos resulte tremendamente grandiosa. Aquí es EMMANUEL LUBEZKI quien realmente se merece todos los elogios posibles por el que, sin duda, es el trabajo de fotografía más espectacular que ha podido verse en el cine en los últimos tiempos. EL RENACIDO es, en primer lugar, una labor fotográfica tan sublime que pocos podrán encontrar comparación con semejante exhibición de imágenes; y, en segundo lugar, una buena película.

 

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Más allá de las incuestionables labores estilísticas de EL RENACIDO, se encuentra un elemento que, en esta ocasión, no podrá pasarse por alto por muy exigentes que sean los ojos que visionen esta (larga) cinta. Lejos de atender a las preocupaciones que podría ocasionar un desafío de este tipo, son las interpretaciones las que hacen de este largometraje un trabajo de espectacularidad que no volverá a repetirse en la gran pantalla en muchas lunas. LEONARDO DICAPRIO no solo es el alma y el centro de una inusual historia, sino que convierte a Hugh Glass en el personaje que le dará por fin el reconocimiento que tanto se le negó en el pasado. Del mismo modo que personajes como Jordan Belfort en EL LOBO DE WALL STREET o Calvin Candie en DJANGO DESENCADENADO eran la demostración irrefutable de que DICAPRIO no estaba destinado a ser el actor mediocre que muchos inconscientes quisieron ver en él, es el intento de supervivencia de Glass el que logrará callar a aquellos que no fueron capaces de percibir lo que el talento del eterno nominado era capaz de conseguir. No obstante, y a riesgo de no evitar una comparación imposible, TOM HARDY se convierte en uno de los mejores antagonistas que ha dado el cine. Tan grande será el odio que obtendrá del público que solo un genio de la interpretación como él podría presumir de crear un personaje tan fantásticamente repulsivo.

EL RENACIDO se convierte en el regreso más egocéntrico de ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU. Sus ansias por sobresalir no estarán escondidas en una película que pase desapercibida, que se convierta en una más entre infinidad de largometrajes vulgares. Pocos serán los espectadores que olviden fácilmente el grandilocuente trabajo que se desprende de una cinta destinada a dar que hablar más allá de las fastuosas entregas de premios. Con toda probabilidad, no será lo mejor que el cine podrá ofrecer al público pero es posible que sí sea el mayor juego de arrogancia que pueda encontrarse en la gran pantalla. Esto, por supuesto, no será necesariamente una particularidad negativa. Al contrario. Será el secreto para no perder de vista a IÑÁRRITU.

 

 

LO MEJOR:

  • La dirección de fotografía de LUBEZKI.
  • El odio que desprende TOM HARDY y la empatía de LEONARDO DICAPRIO.
  • La soberbia de IÑÁRRITU se convierte en una virtud necesaria para su cine.

LO PEOR:

  • No es, ni de lejos, la mejor propuesta de IÑÁRRITU.

 

 

Sheyla López

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