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La memoria se construye sobre los cimientos trémulos de la verdad: es una forma de cuento voluble que nos contamos para poder vivir en paz con nosotros mismos. La memoria nunca es fiable, y menos cuando está poblada de hechos traumáticos. A la de Tonya Harding, al menos, solo se llega excavando entre maltratos y desprecios en el mundo del patinaje artístico profesional por su condición de redneck, y una turbia historia que acaba con la rodilla de Nancy Kerrigan (su principal competidora en el equipo de patinaje estadounidense) destrozada poco antes de unos Juegos Olímpicos, y la consiguiente caza de brujas y búsqueda de culpables por parte de FBI, medios y pueblo llano, en las que cada uno tiene su versión. La dualidad de los hechos y las incongruencias entre afectados diluyen siempre la persecución de la verdad. Porque, como se indica nada más empezar Yo, Tonya, la película está “basada en entrevistas sin ironía, salvajemente contradictorias, y totalmente verdaderas con Tonya Harding y Jeff Gillooly”, entrevistas (conducidas por el propio guionista de la negrísima y original cinta Steven Rogers) que están representadas en la película, que explora el ascenso y caída de la ex patinadora olímpica sobre hielo con una veloz metanarrativa en formato de falso documental.

Sin duda, el mayor logro de la película es su frenética mezcla de géneros, en un punto intermedio entre el biopic, la comedia negra y el drama social, y el fresco vivo que consigue realizar de la vida de su personaje principal, anclado en su impulsividad arrebatadora, una existencia marcada por los abusos maternales (y conyugales), la exaltación del amarillismo en los medios estadounidenses de los años noventa y el clasismo recalcitrante de las instituciones de patinaje sobre hielo. A todo esto, su director Craig Gillespie (de quien no se podía, hasta ahora, destacar de su filmografía más que Lars y una chica de verdad) impone un ritmo y un estilo a las secuencias que, más allá del motivo narrativo similar de ascenso y caída que las películas comparten, retrotrae a la maravillosa fobia a la cámara estática de Uno de los nuestros. La cámara nunca para de moverse: dolly in, dolly out, complejos planos secuencia, sempiterna cámara en mano… El director consigue transmitirnos la inestabilidad, las emociones y el salvajismo frenético de sus personajes, y solo para y fija su cámara cuando las caretas de los mismos caen y revelan lo que realmente son: productos de un sueño americano roto y pervertido que, de violento y exagerado, acaba por ser patético y descacharrante.

Critica yo tonya

En uno de los momentos más significativos de la película, Tonya se aplica maquillaje ante un espejo antes de su última competición profesional. Un estridente colorete que enrojece sus pálidos pómulos, y que extiende ferozmente manchándose la frente en el proceso. Nunca deja de mirar al espejo, a la cámara, al espectador. Le sonríe a su reflejo, con una sonrisa que no es más que una mueca disfrazada de elegancia. Incluso en este momento, en la soledad y el silencio antes de la competición, la música, el público y el nervio, Tonya es la misma que ante la gente: alguien intentando hacer creer a la persona que tiene delante algo que puede ser o no ser verdad. Una persona rota por las circunstancias. Este pequeño aunque potente fragmento de celuloide es una muestra de la presencia magnética de Margot Robbie (El lobo de Wall Street) como una destrozada Tonya Harding, rodeada en este filme de vívidas actuaciones de todos sus compañeros de reparto. Todos los nombres propios resuenan con fuerza, desde Sebastian Stan (encarnando al variable y volátil novio/marido de Tonya) hasta el patetismo graso de Bobby Cannavale y Paul Walter Hauser (este último, en el papel más coeniano de una película bastante coeniana), pasando por una Allison Janney que es el astro más brillante de esta cornucopia de secundarios en la piel de la madre abusiva y borracha de la protagonista: un personaje sucio y cruel, se podría decir que incapaz de amar, que consigue arrancar las mayores risas de la película.

Yo, Tonya es una de esas películas que dignifica al biopic, un rara avis del género de los que se aparecen con suerte una vez al año. Desacomplejada, violenta, impulsiva, divertida y compleja como el personaje que da nombre al filme. Un estamento filosófico sobre la naturaleza de la verdad, y cómo esta se relaciona con los recuerdos. Y una película de tres pares de narices.

LO MEJOR:

  • Las actuaciones del reparto, en particular Margot RobbieAllison Janney.
  • Su inusual estilo metanarrativo, que mezcla el falso documental, la comedia negra y el drama social.
  • Es endiabladamente entretenida.
  • Propone una interesante reflexión sobre la naturaleza de la verdad.
  • Convierte el patinaje artístico sobre hielo en un deporte apasionante para los que no estén familiarizados con él.

LO PEOR:

  • Nada.

Pol Llongueras

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