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Trascender en la época del consumo rápido es muy complicado. No es fácil destacar ante un mercado repleto de nuevas ofertas cada día, pero todo es posible cuando entra en juego la publicidad. Actualmente, la calidad parece ser medida por presencia y no por contenido. Las críticas importan más por el medio que las realiza que por el producto calificado. Cada poco tiempo hay una marea invisible que obliga a aclamar una película, una serie, un disco o un libro determinado. ¿Por qué motivos? Porque sí, y ya está. Y esta nueva moda del ensalzamiento vacío ya se ha cobrado una nueva víctima: Westworld.

En esta ocasión, el desencadenante de la ovación por la ovación era poderoso, y hasta razonable. Pocas cadenas tienen una trayectoria de calidad tan dilatada como HBO. Series como Los Soprano, The Wire o A dos metros bajo tierra son referentes incuestionables. Son historia de la televisión porque se han cocinado a fuego lento y sin una necesidad imperiosa de resaltar. Sin embargo, todo cambia cuando decides construir la casa por el tejado. Vender una nueva serie presentándola como la sucesora de Juego de tronos es un eslogan demasiado pretencioso y a todas luces decepcionante. Y más aún cuando esta obra viene precedida por problemas de producción y de reescrituras de guion.

Nuestra intención no era ser agoreros. No son pocas las veces que hemos tenido que tragarnos nuestras palabras (Ryan Murphy lo sabe). Por ese motivo, hemos querido esperar al final de la primera temporada para responder la pregunta que lleva rondando en la cabeza durante todas estas semanas. ¿Es Westworld la nueva revolución televisiva o se trata de la mayor decepción de este 2016?

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Es innegable que la premisa de Westworld resultaba, cuando menos, atractiva. Adaptando una de las ideas del novelista Michael Crichton (quien ya intentó llevarla al cine en los 70 bajo el nombre de Armas de metal con una suerte también cuestionable), la historia nos habla de los problemas que surgen alrededor de un parque temático futurista donde los humanos pueden sumergirse en un ficticio Lejano Oeste habitado por robots muy semejantes a ellos. Los acaudalados turistas pueden campar a sus anchas por las distintas líneas argumentales que ofrece el parque, pero todo cambia cuando algunos huéspedes comienzan a tomar conciencia de sí mismos y de la “realidad” que los envuelve.

¿Qué puede fallar en esta idea para que el espectador no se sumerja en ella como aquella vez en la que entramos por primera vez en Jurassic Park? Principalmente, su desarrollo. Gestar una revolución e implicar a todos sus participantes requiere su tiempo. Sin embargo, durante esta primera temporada parece que la trama principal se ha construido dando bandazos, siguiendo rutas irregulares y sustentándose en bases muy frágiles. La organización ha sido sustituida por la improvisación y la casualidad, aturdiéndonos con cada paso en vez de emocionarnos. Y eso que la bomba termina estallando, sí. Pero lo hace tan tarde que su impacto nos ha pillado dormidos o completamente inmunizados.

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La apatía ante esta revuelta robótica se ve alimentada por el fallido interés que suscitan las tramas secundarias que giran en torno a los habitantes, los turistas y los directivos del parque. Las múltiples aventuras e intrigas que tienen lugar dentro y fuera del recinto caen en saco roto cuando vemos su naturaleza cíclica e irrelevante. El hecho de que durante varios capítulos veamos cómo las líneas argumentales de los robots se repiten una y otra vez sin ningún tipo de relevancia (excepto pequeños cambios en su desarrollo) llega a exasperar. Ni siquiera el planteamiento de las conspiraciones humanas por hacerse con el control del parque están bien relatadas. Y todos estos pequeños fallos, lejos de amenizar un viaje lento, lo anquilosan hasta el aburrimiento.

De hecho, incluso la propia comunidad seriéfila se ha esforzado desde el primer minuto en darle a la serie unas segundas lecturas más apasionantes. Se ha hablado de líneas temporales distintas, de personajes que no son lo que parecen y del componente metafórico del propio parque. Se ha intentado incluso añadirle una mitología con la necesidad de hacerle creer al espectador que está viviendo una nueva Perdidos. Pero el principal problema de estos esfuerzos no es que quieran ofrecer en diez capítulos lo mismo que otras series han tardado hasta tres temporadas en plantear. El defecto es que, en esta ocasión, el relato es excesivamente simple y no sabe manejar toda la información que quiere transmitir.

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Esta falta de coherencia y ritmo en el guion llega a lastrar incluso las interpretaciones de los actores implicados y el carisma de los personajes a los que dan vida. Por citar algunos ejemplos, Anthony Hopkins parece que le da igual todo lo que pasa en su parque, James Marsden no entiende por qué se convierte en un héroe robótico de la noche a la mañana y Ed Harris pierde el misterio que suscita su personaje conforme transcurren los episodios. Robots o humanos, todo el elenco parece estar tan aturdido con el devenir de sus personajes, que ni siquiera saben qué matices darles.

Sin embargo, quien se lleva la palma en cuanto a interpretaciones desconcertantes es Evan Rachel Wood. Elegirla como protagonista e hilo conductor de la historia es el mayor error de Westworld. Su bondad, su aprendizaje y su historia de amor con uno de los turistas del parque no interesan y empañan el tono de la serie. Parece que incluso los propios guionistas se han dado cuenta conforme han desarrollado la historia, pues poco a poco han atribuido todo el peso de la historia sobre el personaje de Thandie Newton, quizás la única que puede evitar que este PortAventura se convierta en una feria de pueblo.

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Por suerte, no todo en Westworld es negativo. La factura técnica es impecable, y el despliegue de medios empleados puede dejar a algunos blockbusters temblando. Sin embargo, está lejos de ser algo más que un entretenimiento liviano. Hay muchísimas cosas que pulir si quiere lograr alcanzar la etiqueta que se le ha puesto de manera tan incomprensible y con tanta unanimidad. No se puede pretender crear algo original basándose en otras series cuya grandeza reside precisamente en su capacidad de arriesgar y plantear nuevos horizontes narrativos. Jonathan Nolan y Lisa Joy van a tener que reiniciar el sistema y devanarse los sesos para darle alguna actualización más interesante. De lo contrario, es probable que esta nueva gallina de los huevos de oro sufra un cortocircuito que acabe de manera fulminante con su negocio.

Jorge Bastante

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