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Aunque la nueva película de Paul McGuigan toma el nombre del doctor cuyos experimentos (rayos y truenos mediante) dotaron de vida a esa criatura existencialista de la novela victoriana de Mary Shelley, nos adentramos en el mundo de este bajo los ojos y la mirada de un payaso jorobado de circo que encuentra en Victor Frankenstein el único ser humano que alguna vez le ha respetado y tratado como tal. “Ya conocen esta historia”, nos narra la suave y británica voz de Daniel Radcliffe en el papel de Igor nada más empezar la película, y aunque el guion esté repleto de referencias y lugares comunes tanto a la novela como a las mil y una adaptaciones fílmicas de la misma (incluso la divertida El jovencito Frankenstein, de Mel Brooks, encuentra su sitio), la historia se enfoca desde un ángulo distinto. Pero eso no impide que el resultado final sea un producto absolutamente mediocre y palomitero.

Pese a sentar su premisa sobre unas bases fuertes (la relación entre Victor e Igor de esta versión se puede ver como un bromance entre dos personajes con grandes mentes científicas), la película se pierde en conveniencias y en situaciones forzadas y precipitadas con origen en el guion de Max Landis (un guion que él mismo ha repudiado, debido a las modificaciones añadidas por el director). También se pierde dentro de su propio tono: entre los discursos grandilocuentes de Frankenstein, el intimista desarrollo de su amistad con el (no tan) jorobado Igor y las secuencias con inesperado cariz cómico, la película no cohesiona y se convierte en una película hecha de pedazos de comedia, de drama y de acción.

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Esta deriva a la que navega toda la narrativa se evidencia en el personaje de McAvoy, que no se sabe si quiere ser un doctor megalómano o una íntima contraparte del Igor de Radcliffe. Este último parece incapaz de alejarse de esa determinación herida del estigma con gafas y cicatriz que marca y marcará su carrera, y el primero se aproxima a los extremos del personaje con exceso y sobreactuación, claramente por encima de todo el reparto, e intenta dotar de seriedad a un conjunto intelectualmente poco estimulante. Victor Frankenstein colapsa bajo su propia grandilocuencia, convirtiéndose en un producto demasiado bobo como para ser tomado en serio, pero no lo suficiente como para resultar verdaderamente divertido.

En el apartado visual, la dirección de McGuigan es más efectista que efectiva, moviéndose entre infografías y cámaras lentas propias del Sherlock de Ritchie (de forma paradójica, puesto que deja a un lado la sobriedad de su trabajo en la ficción modernizada del personaje de la BBC para acercarse al cine comercial de su versión victoriana). Dota a las secuencias de un ritmo satisfactorio, sí, y es gratificante encontrar una película en la que se usan los efectos prácticos y todo se convierte en una borrosa mancha de imágenes generadas por ordenador (como en esa ridícula interpretación del personaje en Yo, Frankenstein de 2013).

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Por desgracia para nosotros, esta versión posmoderna y cercana al steampunk de la clásica historia sobre una criatura sin nombre (aunque es común encontrar quien confunde el nombre del monstruo con el de su creador, motivo sometido a discusión en la propia película) en un mundo que ni comprende ni le comprende tiene muy poco de esa bestia fabricada a pedazos de cuerpos humanos: el monstruo, Prometeo o Steve, como deseen llamarle, vive durante aproximadamente cinco minutos, lo hace en un acantilado de Escocia, y casi todo aquel que le ve acaba muriendo.

Pese a la voluntad de guionista y realizador de separar la leyenda del monstruo de la reimaginación del propio Frankenstein para incrementar la dimensión humana del filme, las secuencias con más corazón terminan por ser las que tratan la dinámica entre Victor e Igor, este segundo haciendo las veces de “creado”. El mensaje último de la película, ese eterno debate sobre si el ser humano está o no llamado a “jugar a ser Dios”, pierde toda alma y significado al ser tratado con una ausencia abrumadora de sutileza. Quizás potente, pero definitivamente mal resuelto.

 

LO MEJOR:

  • La desaforada y divertida actuación de James McAvoy.
  • El diseño de producción.

 

LO PEOR:

  • El clímax de la película.
  • Las conveniencias de un guion que se colapsa bajo su propia grandilocuencia.

 

Pol Llongueras

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