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Una historia de locos (2015), Robert Guédiguian

El 29 de diciembre de 1981 dos bombas explotaban en Gran Vía. Siete personas resultaban heridas, dos de ellas de gravedad. Quien más cerca estuvo de la muerte fue el periodista José Antonio Gurriarán, de 42 años, subdirector del diario madrileño Pueblo, que llamaba a la redacción desde una cabina telefónica para informar de que un explosivo había estallado cerca de las oficinas de la compañía aérea norteamericana Trans World Airlines. Mientras relataba los hechos, un segundo artefacto detonaba a escasos metros, destrozándole las piernas. Tras numerosas intervenciones quirúrgicas, Gurriarán, que se salvó de milagro, tomó la decisión de escribir un libro pacifista que, en sus palabras, estuviese “dedicado a todos los terroristas”: La bomba.

Robert Guédiguian se inspira en la obra del periodista español para rodar Una historia de locos.­ La película, producción de 2015 que llega con dos años de retraso a nuestros cines, adapta libremente a Gurriarán y traslada los hechos a París, donde Aram (Syrus Shahidi), un joven idealista marsellés de origen armenio, decide militar en un grupo terrorista y asesinar al embajador turco en Francia.

La película abre con un plano cenital en blanco y negro con dos personas jugando al ajedrez, una imagen simbólica que representa cómo los hombres, a través de los mecanismos del poder, toman decisiones que pueden afectar a grandes comunidades. El tablero podría ser perfectamente Armenia, la gran reivindicada de la película; los hombres, las instituciones turcas; y las fichas de ajedrez comidas, el millón y medio de armenios que fueron masacrados por los kurdos y los turcos entre 1915 y 1923.

Una historia de locos (2015), Robert Guédiguian

La secuencia da paso a la ejecución del embajador turco en Alemania y al posterior juicio de su verdugo, Soghomon Tehlirian (Róbinson Stévenin), un armenio que sobrevivió al genocidio y cuya madre asesinada se le apareció en sueños para “ordenarle” que acabara con el hombre que firmó las ejecuciones masivas de sus compatriotas. Un prólogo de una sobriedad y una fuerza poco comunes en el cine contemporáneo que recuerda a la rabia contenida y finalmente detonada en el juicio de Billy Hayes en El expreso de medianoche (donde, por cierto, las instituciones turcas vuelven a ser las protagonistas).

Tehlirian confiesa haber matado al embajador, pero no se considera un asesino. El público presente en la sala de juicios, desconcertado ante tales declaraciones, se mira sorprendido, mientras un grupo de armenios irrumpe en la escena reivindicando que el acusado es inocente. Finalmente, después de que la defensa relate algunas de las barbaridades que sufrieron los armenios, las autoridades alemanas ponen en libertad a Tehlirian.

Estos quince primeros minutos, rodados en un blanco y negro de esquela fúnebre, recogen la idea que germinará a lo largo de la película: cómo la injusticia de los poderosos acaba destrozando comunidades enteras que, posteriormente, buscan vengarse a toda costa de sus verdugos, produciendo daños colaterales entre la gente inocente.

Una historia de locos (2015), Robert Guédiguian – El Palomitrón

Una historia de locos también habla de cómo el olvido del genocidio armenio hizo mella en aquellos jóvenes que, casi cincuenta años después, en los años ochenta, vivían en Europa y veían cómo la batalla para defender la memoria de sus caídos había quedado relegada a un segundo plano. Esta ausencia es lo que propició que naciesen grupos terroristas que reivindicaran los derechos territoriales de Armenia y forzasen a la comunidad internacional para que Turquía reconociese que había sido culpable de las matanzas masivas. Ante la negativa, actuaron.

La lucha moral e ideológica se ve representada en la figura de Aram, un joven marsellés que ve como su padre, Hovannès (Simon Abkarian), un armenio nacido en Erzurum, se ha adaptado a la vida occidental y ha decidido abstenerse de luchar por defender la memoria de sus antepasados. Una frustración que mueve a su hijo a unirse a un grupo terrorista armenio y a cometer atentados contra altos cargos turcos para recuperar el espíritu belicista perdido.

Pero el terrorismo, en todas sus vertientes, acaba siendo nocivo para la sociedad, y lo que comienzan siendo atentados contra objetivos concretos terminan dejando un rastro de víctimas inocentes que nada tienen que ver con Armenia, Turquía o los genocidios. Una de estas personas es Gilles Tessier (Grégoire Leprince-Ringuet), quien sale gravemente herido en el primer atentado cometido por Aram (es un homenaje a la figura de Gurriarán). El joven, que pierde la sensibilidad en las piernas, acaba buscando a los padres de Aram para que le pongan en contacto con él y le explique por qué le destrozó la vida.

Una historia de locos (2015), Robert Guédiguian – El Palomitrón

Inocentes. Asesinos. Terroristas. Pacifistas. Todos se entremezclan en una película de historias cruzadas donde Aram y Gilles son los polos opuestos: el primero representa la lucha armada contra el olvido, y el segundo cómo esa batalla acaba extendiéndose hasta la gente corriente, aquella que nada tiene que ver con las malas decisiones tomadas por sus antecesores y, menos aún, con las cometidas por otras naciones (en este caso Turquía).

Guédiguian también pone de relieve el peligro que suponen los actos extremistas: en la última secuencia del prólogo, uno de los artífices del asesinato del embajador turco defiende que los ejecutores deben irse alternando en los atentados porque si no acaban aficionándose a matar, como si se tratase de una droga. El director establece una parábola que conecta con esta idea cuando analiza los actos de los grupos terroristas que operan desde Beirut: ellos creen que las víctimas inocentes son necesarias para llamar la atención mediática, algo que muchos armenios, entre ellos Aram, rechazan.

El debate moral que plantea Una historia de locos es más que necesario en los tiempos que corren. Como ya hizo Varujan Vosganian en la maravillosa novela El libro de los susurros, Guédiguian reivindica la existencia de un genocidio que ha sido olvidado por la historia. Pero sobre todo (y aquí reside su grandeza temática) plantea al gran público cuáles son los motivos que mueven a ciertos grupos terroristas a nacer, ramificarse y actuar, algo parecido a lo que ocurría con el Frente de Liberación Nacional en La batalla de Argel. Y lo hace sin juzgar si es bueno o malo: se limita a exponer los argumentos de todas las partes y deja al espectador que valore, intentando dar los datos suficientes para hacer comprender que detrás de cualquier tipo de decisión no se esconden monstruos despiadados sedientos de sangre, sino seres humanos que luchan por algo en lo que creen.

LO MEJOR:

  • El debate moral que plantea al espectador.
  • El prólogo del asesinato del embajador turco.
  • Las interpretaciones de Ariane Ascaride (Anouch Alexandrian, la madre de Aram) y de Robinson Stévenin (Soghomon Tehlirian).

LO PEOR:

  • Entremezcla las historias de demasiados personajes, lo que acaba generando una estructura narrativa difusa.
  • Tiene una fotografía demasiado convencional, algo que se hubiese evitado si la película siguiese la estética en blanco y negro del prólogo.

 

David G. Maciejewski

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