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Hubo una época en la historia del cine estadounidense en que su libertad creativa estaba totalmente subyugada por el puritanismo más rancio. A través del Código Hays, una minoría impuso su supuesta superioridad moral para decidir qué podía y qué no podía mostrarse en una sala de cine. Pero más allá de la censura moral, también se imponía una censura política. Inmerso en plena Guerra Fría, el país respiraba un clima de auténtico pánico y se demonizaba a todos aquellos con posturas afines al comunismo. La industria del cine no se libró de su particular caza de brujas a través de la creación de una lista negra que impedía a todos aquellos señalados como “antiamericanos” ser contratados por cualquier productora cinematográfica. La suma de estos factores dio como resultado uno de los capítulos más grises en la historia moderna del país.

Este es el contexto sociopolítico en el que nos ubica Trumbo: La lista negra de Hollywood (¿es necesario ese subtítulo en la traducción al castellano?), biopic que nos relata las injusticias a las que se vio sometido el escritor y comunista Dalton Trumbo (interpretado por Bryan Cranston, ese genio de la interpretación que, incomprensiblemente, no ha podido demostrar todo su talento hasta que se fue a cocinar metanfetamina al desierto), que pasó de ser el guionista mejor pagado de la industria a ser encarcelado por negarse a delatar ante el Congreso a otros miembros de su partido. Trumbo, quien escribió el guion de películas tan célebres como Vacaciones en Roma o Espartaco, fue condenado al ostracismo y se vio obligado a trabajar para productoras de serie B desde el anonimato para poder seguir manteniendo a su familia.

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Dirige la cinta el experimentado Jay Roach, conocido principalmente por haber dirigido la trilogía de Austin Powers, la muy exitosa Los padres de ella y su primera secuela, Los padres de él. Un cineasta ducho en el género de la comedia que sabe cómo dotar inteligentemente de un tono tragicómico a la película a través de una realización acertada. Esto se suma a un guion (obra de John McNamara) hábilmente escrito, con ritmo, buenos diálogos y unos personajes bien construidos para formar una cinta ágil y con una clara vocación didáctica.

El filme, eso sí, no puede evitar ser algo telefilmero. Se trata, sin duda, de uno de los defectos clásicos del biopic, especialmente de los estadounidenses. Un género que, en la mayoría de ocasiones, se ve demasiado condicionado por la realidad que busca retratar como para poder desarrollarse plenamente en el plano narrativo. No obstante, y paradójicamente, el descenso a los infiernos de su protagonista se antoja demasiado contenido, mostrándonos a un Trumbo simplemente gruñón y bebedor en sus peores momentos, cuando el propio Kirk Douglas habla en su libro autobiográfico Yo soy Espartaco de un hombre al borde del suicidio allá por el momento en que trabajaban juntos en el guion de la icónica película. Nos encontramos pues con una suerte de hagiografía de la vida y milagros de “San Dalton Trumbo”, como si el espectador no pudiese empatizar con un personaje si este tiene un lado oscuro, pero no sería justo desmerecer en exceso a esta cinta por un tropiezo que es inherente a su género.

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Más allá de esto, hallamos un montaje con buen ritmo, un aspecto técnico cuidado y una meritoria ambientación del Hollywood de los años 40 y 50, con tramos en blanco y negro y representaciones de rodajes de películas de la época. Mención aparte merece el reparto de la cinta, un reparto coral en el que destacamos, más allá de al ya mencionado Cranston, al siempre demoledor John Goodman como el paleto dueño de una productora de serie B, a Louis CK, que aporta dignidad a su arquetípico personaje del comunista trasnochado y fanático (¿hasta cuándo?) y muy especialmente a Michael Stuhlbarg, que interpreta a Edward G. Robinson, estrella actoral de la época. Es harto difícil interpretar a un actor cuya cara es ampliamente conocida (de hecho, otras apariciones, como las de John Wayne o Kirk Douglas, resultan poco creíbles), pero Stuhlbarg cumple con creces.

Trumbo: La lista negra de Hollywood llega a nuestras salas con más de 5 meses de retraso (incomprensible a estas alturas del partido), pero la espera ha merecido la pena. Roach arroja luz sobre una de las épocas más oscuras y apasionantes de la historia de Hollywood, pone en su lugar a ese genio que fue Dalton Trumbo y reivindica la nunca suficientemente valorada figura del guionista. No olvidemos que todas y cada una de las grandes películas han comenzado en un libreto escrito con tipografía Courier.

LO MEJOR:

  • El necesario homenaje al guionista Dalton Trumbo.
  • Su mezcla de drama y comedia.
  • El talento interpretativo de Bryan Cranston.
  • Que resulte tremendamente amena pese a durar más de 2 horas.

LO PEOR:

  • Que se pase de pizpireta en algunos momentos.
  • Su empeño facilón en posicionarse innecesariamente a favor de su protagonista.
  • Que vivamos en una república bananera en la que una película nominada a los Oscar y con un reparto lleno de rostros conocidos tarde casi medio año en estrenarse. Así no.

 

Tomás Ruibal

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