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trance

 

JAMES McAVOY interpreta a Simon, un empleado de una casa de subastas que se alía con una banda de delincuentes para robar una valiosa obra de arte. Durante el golpe sufre un golpe en la cabeza que  le provocará amnesia y obligará a Frank, el jefe de la banda, a contratar los servicios de una terapeuta para lograr que Simon confiese a través de sesiones de hipnosis dónde ha escondido el cuadro.

BOYLE se contiene los primeros cuarenta minutos de cinta, presentando un relato clásico, muy bien acompañado de voz en off, que contiene elementos clásicos del género: presentación del objeto a robar, medidas de seguridad, ejecución del golpe, y traiciones y recelo entre los miembros de la banda. Cuando Franck decide apostar por la hipnosis como método desesperado para averiguar dónde ha guardado el cuadro Simon es cuando TRANCE despega, y lo hace sin avisar. En cuestión de minutos el director eleva la complejidad de la propuesta dos escalones, abandonando el relato clásico para sumergir al espectador en un puzzle audiovisual que hará las delicias de los más detallistas y avispados espectadores. La entrada de las sesiones de hipnosis en la trama obliga al espectador a estar al máximo en lo que queda de cinta, porque ya nada es lo que parece, porque ya no hay buenos ni malos, sólo hay una cascada continúa de información que obligará al espectador a participar activamente en la tarea de separar qué es real y qué forma parte de las sesiones de hipnosis. Una tarea que todos los que estéis cansados de visionar largometrajes de argumento plano con el piloto automático puesto vais a celebrar, y a disfrutar, a lo grande.

 

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Lo que queda claro es que BOYLE sabe mucho. El juego que propone al espectador no es fácil, y lo sabe, así que para que nadie tire la toalla y todos sigamos implicados en la historia BOYLE mantiene durante todo el metraje un nivel audiovisual excelente. Desde que los primeros compases hasta que aparecen los créditos, 104 minutos después, el ritmo es endiablado. No hay momento para que el espectador se tome un respiro porque todo cuenta. Esto, como os podréis imaginar, no es fácil, y esto diferencia a los mejores directores de los buenos; lo que hace BOYLE es conseguir que el espectador salga de la sala pensando en la película, dando vueltas a lo que acaba de ver, porque el ritmo es tan alto durante la proyección que apenas hay tiempo en la sala para tomar un respiro, lo que nos obliga a conectar los detalles sobre la marcha.

 

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Para lograr esta inmersión BOYLE se ha rodeado de su vieja guardia. JOHN HODGE, guionista de las excelentes TUMBA ABIERTA (1994) y TRAINSPOTTING (1996) es el encargado de pulir el rompecabezas. Del apartado visual se encargan ANTHONY DOD MANTLE como director de Fotografía, que nos llamó mucho la atención en DREDD, y MARK TIDESLEY, en Diseño de Producción. Ambos trabajan codo a codo para que la estética de la cinta está a la altura de la trama. A esta guardia pretoriana se une en la selección musical RICK SMITH, miembro de underworld, el grupo que compuso el famoso born slippy, tema que abría TRAINSPOTTING y que hemos bailado todos, hasta los que nos pasamos la noche anclados a la barra. Con todo esto ya os podéis hacer una idea del ritmo y la calidad visual que os vais a encontrar si decidís aceptar la propuesta de BOYLE.

 

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El triángulo de actores funciona muy bien. Los personajes de McAVOY, CASSEL, y ROSARIO DAWSON tienen tantos matices y aristas que según avanza la historia el puesto de personaje principal salta de unos a otros, es parte del juego.

 Una de las mejores películas en lo que llevamos de año. No os sintáis raros si vuestro cuerpo os pide un segundo visionado.

 

 

LO MEJOR:

  • EL RITMO y todos los aspectos técnicos de TRANCE.
  • LA DIRECCIÓN DE DANNY BOYLE.
  • Los tres actores principales, en especial ROSARIO DAWSON, que dota a su personaje de inteligencia, magnetismo, belleza y sexualidad. Un cóctel que nos atrapa sin remedio.

 

LO PEOR:

  • Que este nivel de hacer cine sólo esté reservado a unos pocos.

 

 

Alfonso Caro 

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