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¿Para qué embrutecer tu película con diálogos vacíos si la fotografía y la banda sonora son la perfecta manifestación fílmica de los deseos y los sentimientos de los personajes? Y ya no tanto de los personajes: también del mundo en el que viven y que es su realidad palpable. Ese es el mayor acierto de Toro, que lejos de la comunión de thrillers clónicos que se producen en masa en España (productos satisfactorios, pero, al fin y al cabo, carentes de todo sentido existencial), nos hace recordar el maravilloso cine de los sesenta y los setenta con un estilo visual y narrativo claramente deudor del neonoir de Nicolas Winding Refn (Drive, Solo Dios perdona), de manos de uno de los realizadores más prometedores del país, Kike Maíllo, y de los guionistas Rafael Cobos (Grupo 7, La isla mínima) y Fernando Navarro (Anacleto: Agente secreto).

Y es que, aunque la referencia que más salta a la vista sea la de ese conductor de Ryan Gosling (Mario Casas compone, como él, a un héroe imperfecto y humano, con un posado sobrio y monótono, estandarte inexpresivo de la chulería), el hombre desapegado y solitario es el mismo que el de El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, o el de la mayoría de ficciones de Jacques Audiard. En el código caballeresco de este héroe cañí (el amor fraternal) se encuentran el tema y la base de toda la historia: apartado del submundo del crimen organizado marbellí por la muerte de uno de sus dos hermanos, se ve obligado a volver a ejercer de matón para sacar de un aprieto al otro, interpretado por un excelente Luis Tosar rodeado de patillas.

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Entre su minimalismo y sus personajes crípticos (marcas narrativas del neonoir que Rafael Cobos y Fernando Navarro entienden y reproducen a la perfección) y su colorismo fluorescente y violencia extrema (resonancias estilísticas que Maíllo trenza maravillosamente con la historia), encontramos la veneración por lo autóctono, que da la punta de originalidad al relato. La obsesión por el misticismo religioso de esa Andalucía profunda que se busca retratar (el tarot, los motivos de Semana Santa) o esas soleadas tardes bajo el toro de Osborne convierten el paisaje de fondo de la historia en un escenario que se aleja deliberadamente del realismo para abrazar una tendencia barroca, macarra y chabacana.

Se retrata la parte más sórdida de la costa malagueña, el mundo del oropel y la decadencia, una atmósfera fría y desoladora que nos cuenta mucho más del mundo en el que viven los personajes que los propios personajes, que están ahí para mover la trama solamente hacia adelante. Es maravillosa la importancia que se le da al contraste entre el pretendido lujo que enmascara lo hortera (el mundo del villano) y la decadencia de edificios y espacios de las zonas sin residir (todo lo afectado por la corrupción). A este magnífico diseño de producción, dirección artística y fotografía debe añadírsele la gran visión para la acción de Maíllo: pese a no destacar por su virtuosismo técnico, la película está excelentemente rodada y montada, y nos ofrece una experiencia hiperrealista de persecuciones patrias y puñetazos que duelen casi tanto como un perdigonazo.

El único problema de la cinta es, precisamente, su estilo exagerado, que, lejos de destacar por su originalidad, lo hace por su empeño en reproducir uno ya existente. Aun así, Maíllo se las arregla para confeccionar un producto agradable, entretenido, un thriller sencillo y honesto, en el que el pasado de los personajes no importa tanto como su presente fílmico.

 

LO MEJOR:

  • Las actuaciones de todo el reparto.
  • El maravilloso clímax.
  • La manera de exprimir el misticismo andaluz.
  • Su estética kitsch.
  • La banda sonora de Joe Crepúsculo.

 

LO PEOR:

  • Los lugares comunes con la reciente Drive.

 

Pol Llongueras

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