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Cuando comenzó la segunda temporada de THE LEFTOVERS aplaudíamos la incorporación de los nuevos personajes (la familia Murphy, principalmente), pero no sabíamos hasta qué punto iban a influir en tramas abiertas con anterioridad. De hecho, con lo que ahora sabemos, podríamos decir que la serie tiene exclusivamente un hilo argumental y que todas sus ramificaciones son meros canales que vuelven a conducirnos a lo único que importa: la pérdida, el dolor.

No volveremos a insistir en que no hay que verla esperando que todos los enigmas se resuelvan, porque sería lo más inverosímil y porque esta serie no va de eso ni mucho menos. DAMON LINDELOF ha conseguido que una premisa de ciencia ficción (la desaparición instantánea del 2 % de la población mundial) desemboque en una historia realista, tremenda, dura, metafórica si se quiere, pero con más verdad que cualquier trama de suspense con todos sus elementos tan perfectamente colocados que acaban resolviéndose a modo de puzle. En la vida todo tiene explicación, pero no siempre está a nuestro alcance. En THE LEFTOVERS, tampoco.

El terrorismo ilustrado

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Puede que la evolución de los Culpables Remanentes sea la más brillante explicación del terrorismo que hayamos podido ver en televisión. La posibilidad de mantener cualquier tipo de organización con carga ideológica durante mucho tiempo estable y en paz es harto complicado. Cuando los objetivos marcados no se cumplen solo hay dos vías de salida: la redención (Laurie) o forzar la máquina. Megan (LIV TYLER, soberbia en sus apariciones) ejemplifica por qué nace la violencia cuando no hay solución institucional o social a determinados problemas.

Por qué alguien decide dejar su vida atrás para unirse a un grupo violento es algo de lo que se habla mucho últimamente a raíz de los atentados de París. Evie, la hija menor de los Murphy, es la representación de lo inexplicable para tantos padres y madres: cómo alguien al que has educado y al que crees que conoces y presupones feliz es capaz de desprenderse de todo por una causa que escapa a tu comprensión. El sistema falla y las grietas que provoca son cada vez más difíciles de sellar.

La familia como centro gravitacional

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La familia ideal de las teleseries ha muerto. Ya no nos interesa ese padre que abría la puerta de casa sonriente tras una larga jornada de trabajo (o tras volver de un prostíbulo, qué más da, nunca nos lo contaron) y se sentaba a la mesa para cenar con su mujer e hijos entre chascarrillos. Era cartón piedra, como los decorados. “La familia lo es todo”, dice Megan en un pasaje del último episodio. Y lo es tanto que puedes ser capaz de matar (y matarte) para protegerla. Y perdonar sus traiciones, por graves que sean.

Esta temporada hemos asistido a todo tipo de sacrificios por el bien de la familia: jugarte la vida, abandonar a los tuyos (para protegerles), rechazar propuestas de éxito, envenenarte, matar a una niña (oníricamente), olvidar… La familia Garvey es disfuncional y cada uno de sus miembros tiene su propia agenda, pero al final todos anhelan recuperar ese modelo de felicidad no exento de hipocresía que el sistema les ha vendido y deciden pelear por ello.

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Lo cierto es que la serie aún no tiene garantizada su renovación por una tercera temporada y el cierre de la season finale, esa familia al fin reunida en una misma casa, podría ser un broche aceptable para una historia que te atraviesa, te revuelve las tripas y te incomoda tanto que no puedes dejar de verla. De momento los fans se están organizando y se han plantado a las puertas de la HBO vestidos de Culpables Remanentes para pedir que el año que viene volvamos a tener a los Garvey sufriendo y haciéndonos sufrir.

Fon López

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