Compartir

La nueva serie de AXN, The Good Doctor, devuelve a la pantalla una de sus temáticas estrella. Precedentes de ficciones “de médicos” los hay de todos los gustos y colores: a principios de los 90, Doctor en Alaska “estrenó” la temática y, de paso, inspiró a Antena 3 para dar vida años después al Doctor Mateo. A la producción de la CBS le dio tiempo a coexistir con el “doctor” Clooney: Doug Ross aterrizó en la pequeña pantalla por primera vez en 1994, ataviado con la bata blanca de Urgencias.

Desde entonces, los conflictos de hospital han sido una auténtica máquina de petar los audímetros. Algunas, como Anatomía de Grey, duran y duran tanto que su 14.ª temporada está, de hecho, a punto de caramelo. Hospital Central sobrevivió 20 temporadas en Telecinco, aunque en España, eso sí, la que previamente sentó las bases fue la icónica Médico de familia. Con ella brotó también el hype nacional por las series. Sin olvidarse, faltaría más, del facultativo más antipático y ególatra del mundillo televisivo, Gregory House.

Años después llega The Good Doctor, heredero directo de House (David Shore, su creador, también está detrás de esta nueva ficción), para convertirse en un nuevo fenómeno. Esta producción, exitazo de la cadena estadounidense ABC que importa AXN a nuestro país, cuenta con un abanico de particularidades que perpetúan a su celebradísimo sucesor. En esta nueva inmersión en el cosmos sanitario, Shore marca los pasos del doctor Shaun Murphy, interpretado por Freddie Highmore, el escalofriante Norman Bates en Bates Motel (y niño prodigio del cine británico en películas como Descubriendo nunca jamás o Charlie y la fábrica de chocolate) que encarna ahora a un médico con dotes de genio y escasas habilidades sociales (¿os suena?).

En cambio, ni las brillantes capacidades de este joven residente ni su forma de relacionarse fuera de lo común tienen su origen en una estupidez supina. Por el contrario, derivan de un problema tangible. Padece el síndrome de Savant, conocido como el “síndrome del sabio”, y en parte por eso también, la historia de este cirujano de mente brillante resulta más un relato de superación, de miedos y aceptación, de enfrentarse a los desafíos y prejuicios.

De la misma forma, entrar en un terreno pantanoso como el del trastorno del espectro autismo es un movimiento arriesgado a la par que delicado. No obstante, queda retratado con buen gusto y hondura gracias al savoir faire del actor principal. Highmore adereza al personaje con un buen puñado de ternura e inseguridad hasta el punto de que incluso dan ganas de traspasar la pantalla y darle un buen achuchón que lo consuele de tanta indefensión y lo ayude a encontrar el camino de ida hacia la confianza en sí mismo. Visualmente la fórmula es igual de efectiva. Incapaz de transmitir sus emociones de la manera habitual, los diagnósticos de Murphy rompen la barrera corriente de la ficción de una manera visual, potente y vertiginosa.

Afortunadamente para el espectador más empático, el entrañable muchacho cuenta con la protección del doctor Aaron Glassman (encarnado por Richard Schiff), quien lo recluta para su nuevo puesto en el prestigioso hospital San José St. Bonaventure. Con tesón y comprensión, su amigo y mentor logra echarle un cable e introducirlo en un mundo que sobrepasa su zona de seguridad, pero en el que pone todo su empeño en adaptarse.

Menos comprensible resulta, por el contrario, la abierta animadversión del resto de médicos hacia él, quizás resultado forzado de un conflicto que debe partir de un dramatismo exacerbado para ir evolucionando a lo que se espera de la historia, es decir, a la integración de Murphy en la plantilla del hospital y su meteórico ascenso al estrellato de los cirujanos.

Aun así, y aunque de momento la ecuación de The Good Doctor sea una reiteración de lugares comunes, resulta eficaz. Si mantiene la inercia de buscar el entretenimiento sin pretensiones, seguramente estemos ante una serie para saborear.

 

María Robert 

No hay comentarios

Dejar una respuesta