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«Pero Cristo no murió por los elegantes ni por los buenos. Morir por los buenos, por los exquisitos, es cosa fácil; pero morir por los miserables, por los podridos, eso es algo muy difícil». (Shūsaku Endō, Silencio)

Ha pasado ya una década desde que Martin Scorsese anunciara su intención de dirigir una adaptación cinematógrafica de Silencio (Chinmoku), considerada una de las mejores novelas niponas del siglo XX y la obra maestra del escritor Shūsaku Endō (Tokio, 1923 – Ibidem, 1996). Tras años de rumores y complicaciones en la producción, finalmente abrimos 2017 con la llegada de esta adaptación homónima, dirigida por el genio de Queens y protagonizada, tras múltiples cambios en el reparto, por “su amigo y vecino” Andrew Garfield, por Adam Driver y Liam Neeson.

El filme se ambienta en la segunda mitad del siglo XVII y nos presenta a dos jóvenes jesuitas que viajan a Japón en busca de su mentor, quien ha renunciado a su fe tras haber sido torturado y perseguido a causa de la terrible violencia con la que los japoneses recibían a los cristianos. Durante todo el metraje, y gracias a una gran labor de adaptación de guion de Jay Cocks (Gangs of New York, La edad de la inocencia) y el propio Scorsese, se evidencia la inmensa calidad literaria de la novela original, manteniéndose muy presentes los temas centrales de la novela de Endō: el estigma de ser extranjero, la complejidad de la relación del hombre con Dios, un Dios inclemente sumido en el mutismo, y el relato fidedigno sobre el acoso al que los Kakure Kirishitan (“cristianos ocultos”) fueron sometidos en el país nipón durante siglos (minoría a la que el escritor pertenecía).

Crítica de Silencio en El Palomitrón

Recurre Scorsese en esta ocasión a unos técnicas de realización y a unas elecciones artísticas en las antípodas de las utilizadas en su anterior largo, esa raya de cocaína de tres horas de duración que es El lobo de Wall Street. Un ritmo lento, la ausencia de música extradiegética o la propia premisa espacio-temporal evidencian esa distancia estilística con el “Marty” más mainstream, mucho más próximo en esta ocasión a otras cintas del director italoamericano como Kundun o La última tentación de Cristo (no en vano, las tres películas podrían enmarcarse en una suerte de trilogía sobre fe y religión), pero igual de efectivo (y efectista) que siempre. La gran labor de fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, habitual de Iñárritu hasta la irrupción de Lubezki, en la que destacan planos de bellísima composición y un gran uso del color, acaban de redondear una cinta impecable en el plano audiovisual.

Destacan por el lado occidental del reparto los ya mencionados Andrew Garfield, probablemente en su mejor papel hasta la fecha, el feo, fuerte y formal Adam Driver y un Liam Neeson al que habíamos echado de menos durante estos últimos años en los que ha frecuentado en demasía el thriller adrenalítico. Por lo que respecta a los actores japoneses, destacan Yōsuke Kubozuka en el papel de un malogrado cristiano, Tadanobu Asano (Ichi the Killer, Thor 2: El mundo oscuro) y, muy especialmente, Issey Ogata (Sol) como Inoue, el impío gobernador de Nagasaki, auténtico villano y “robaescenas” de la cinta.

Crítica de Silencio en El Palomitrón

El filósofo y sociólogo alemán Max Weber habla en Sociología de la religión de la recíproca influencia de la religión sobre la sociedad, y de esta sobre la religión. Weber ubicaba al catolicismo dentro de la racionalidad “dominadora” (ideales metafísicos para transformar el mundo), en contraposición a otra racionalidad, la “adaptativa” (adaptación al entorno como solución a los problemas del ser humano), propia de religiones como la budista o la sintoísta. Posiblemente este sea el motivo por el que el cristianismo nunca pudo encontrar su lugar en Japón y por el que Shūsaku Endō siempre se sintió un bicho raro. De todos modos, en esta ocasión el innegable contraste entre Oriente y Occidente no ha impedido a un cineasta tan estadounidense como Martin Scorsese realizar una magnífica adaptación de una de las obras cumbre de la literatura japonesa contemporánea.

Soberbia en el aspecto técnico, verazmente ambientada y con un excelente reparto, Silencio es una las mejores películas del director en los últimos veinte años y una profundísima disertación sobre la complejidad de la fe y de la relación del ser humano con Dios. Una relación que perdura en el tiempo y retumba en el silencio.

LO MEJOR:

  • Los infinitos registros de Scorsese, un todoterreno del cine. Larga vida al genio.
  • La innegable calidad del texto original, sumada al acierto de la adaptación.
  • Ver de nuevo a Liam Neeson en una cinta a su altura. No nos defrauda.
  • Que no sea necesario ser cristiano, ni tan siquiera creyente, para poder admirar la complejidad del dilema espiritual que se le presenta al padre Rodrigues.
  • Su calidad técnica.

LO PEOR:

  • Casi tres horas de metraje, abundantes diálogos en japonés, siglo XVII, subtexto en abundancia… ya saben, no inviten al cine a “ese amigo”. No se lo perdonaría nunca.

 

Tomás Ruibal

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