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Si en el resto del mundo la religión tiene una importancia considerable en la sociedad, en Europa la hemos aparcado a un rincón residual. Cada uno puede pensar si eso nos hace mejores o peores, más felices o más tristes, pero en general blandimos la bandera de la laicidad con orgullo, pues nos parece un símbolo de libertad y progreso. Por eso, tiene todo el sentido del mundo que desde tierras italianas nos traigan una película como Si Dios quiere, en apariencia una comedia cínica y crítica con la religión y con la Iglesia Católica.

Nos cuenta la historia de Tommaso, un cardiólogo y ateo convencido que, aparentemente, lleva una vida perfecta, pero que ve como sus cimientos se retuercen cuando su hijo le confiesa que quiere hacerse cura. A partir de ahí, la apacible existencia que se había construido a base de apariencias se empezará a derrumbar, e incluso su mujer se preguntará si su matrimonio está yendo a alguna parte.

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Si Dios quiere empieza como un filme mordaz, insolente, sin ningún reparo en criticar a la religión o a la institución que la sustenta, con buenas interpretaciones de todo el reparto que traslada a la gran pantalla la comicidad del guion del propio Falcone y de Marco Martani. De la misma forma que el personaje de Tommaso, la película muta de forma bastante radical: del puro cinismo a la moralina, de la crítica despiadada al “buenrollismo” más azucarado. Esto no tiene porqué ser malo para todos los espectadores; al fin y al cabo, la lucidez puede ser una maldición y todos queremos sentirnos bien al final del día, pero la película de Falcone promete una cosa que solo se cumple en la primera parte, y en la segunda se toma el camino fácil para contentar al público con un masaje espiritual. Aunque al final rehúya de su condición de comedia para abandonarse al drama más moralizante, podríamos aceptar el cambio de tono si se viera acompañado por una correcta evolución del protagonista, que deja de ser personaje para convertirse en simple comparsa de los objetivos del director. De similar forma acaba actuando el personaje de la mujer del protagonista, cuyo arco dramático se acaba cerrando con un forzado final feliz fruto de la lección aprendida por el protagonista, que pasa de ser el más convencido de los ateos a abrazar postulados del New Age.

No hay que desmerecer a un filme como Si Dios quiere: Falcone consigue hacernos reír y dota a la película de un buen ritmo (nunca valoramos lo suficiente lo difícil que esto resulta); los actores están estupendos y resultan divertidos, y al final acabaremos reflexionando sobre la espiritualidad, probablemente con una sonrisa en los labios. Sin embargo, sí que hay que insistir en ese cambio de rumbo narrativo, pues de forma un tanto forzada la comedia punzante se convierte en un drama almibarado para intentar contentar a las masas, perdidas y confundidas ante la falta de espiritualidad de sus vidas laicas y europeas.

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Si Dios quiere es una decente comedia italiana (bastante mejor que otros ejemplos más o menos recientes del cine italiano, como Viva la libertad o Mi familia italiana) que consigue entretener, divertir y tranquilizar espiritualmente al espectador. Aunque adolece de un cambio de tono forzado, un final un tanto edulcorado y unos personajes que al final se vuelven meros comparsas, la ópera prima de Falcone está bastante por encima de la mayoría de comedias que podemos encontrar en la cartelera. Si podéis obviar la moralina o si, por el contrario agradecen con gusto los filmes bienintencionados (e imperfectos), sin duda Si Dios Quiere será de vuestro agrado.

LO MEJOR:

  • Las risas están aseguradas.
  • Buenas actuaciones.

LO PEOR:

  • Cambio de tono forzado.
  • Evolución incoherente de algunos personajes.

Pau García

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