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El pasado fin de semana finalizó la primera temporada de una de las novedades veraniegas de HBO: Room 104. Sus creadores son los hermanos Mark y Jay Duplass (responsables de Togetherness y Animals, emitidas por la misma cadena), y si aún no le habéis echado un vistazo, venimos a daros los motivos por los que tenéis que hacerlo. Además, la serie ya ha renovado por una segunda temporada…

El concepto

¿Alguna vez al ir a un hotel os habéis preguntado qué otras personas habrán desfilado por esa misma habitación que ahora ocupáis, desde que el establecimiento abrió sus puertas? Si nunca os ha surgido esta curiosidad, tranquilos: después de ver Room 104, es posible que no volváis a cruzar el umbral de una puerta de hotel sin darle un poco al coco a este respecto.

Algo tan cotidiano como quedarte a trasnochar en un motel de paso es lo que toma como premisa esta nueva propuesta de HBO. Bajo la mortecina luz de la habitación 104, dos camas separadas por una mesilla, un televisor y un pequeño cuarto de baño aguardan al huésped o huéspedes que vayan a hacer el check-in cada semana.

En la variedad está el gusto

Las cuatro paredes de la 104 dan para mucho. En su interior encierran por lo general dos ocupantes cada vez, aunque en algunas ocasiones se aloja en la habitación una sola persona, o intervienen visitas externas que van desde lo desconocido hasta la señora de la limpieza.

Cada persona es un mundo, y durante cada capítulo tenemos acceso a él como si estuviéramos espiando a través de la rendija de la puerta. El hacer que los personajes reduzcan su estancia a un solo episodio permite (para bien y para mal) ver una amplia gama de situaciones del día a día con las que tienen que lidiar los protagonistas: el paso del tiempo, la pérdida, la política, la religión, la sexualidad, secretos familiares, exigencias profesionales y un sinfín de variopintos etcéteras. Esto a su vez da cancha a que se sucedan en la serie una variedad igual de infinita de géneros.

El equipo

El formato antológico de Room 104 ofrece pluralidad tanto en la temática de cada capítulo como en el estilo narrativo de cada microrrelato, manteniendo, eso sí, el tono incierto y desasosegante como denominador común.

Once directores y siete guionistas han rotado a lo largo de los 12 episodios que conforman esta primera temporada. El reparto, por su parte, es completamente nuevo cada semana. Por lo general se trata de actores y actrices relativamente desconocidos, aunque hay excepciones: James Van Der Beek (Dawson crece), Nat Wolff (Bajo la misma estrella), Sarah Hay (a la que ya vimos bailando en la muy recomendable Flesh and Bone) o el veterano Philip Baker Hall (Boogie Nights, Magnolia).

Irregularidades salvables

En el afán por querer categorizar esta ficción de alguna forma, se tiende a compararla con la excelente Black Mirror. Ambas representan el triunfo de las antologías en la televisión actual, pero no se las puede medir con el mismo rasero. La diferencia en la calidad de los capítulos es, si cabe, más acentuada en Room 104. Haciendo balance, hay una mayoría de ellos que salen airosos, pero otros pocos dejan al espectador con la impresión de haber visto algo que no hay por dónde cogerlo. En cualquier caso, es el riesgo que corren las series que cuentan historias independientes: algunas gustan más, otras gustan menos. Al fin y al cabo, eso queda a la subjetividad del consumidor.

Lo que nos presenta esta serie son situaciones que no se sabe muy bien por dónde van a salir o a qué vienen hasta que llega un plot twist que generalmente nada tiene que ver con las mil películas mentales que has ido construyendo en tu cabeza en no más de veinte minutos (conseguir esta implicación por parte del público no es tarea fácil). Así, capítulos como el segundo (Pizza boy) resultan de lo más anodino hasta que el giro argumental lo sitúa como uno de los más logrados (o al menos sorprendentes) de toda la temporada.

Lo bueno si breve, dos veces bueno

Cada capítulo oscila entre los 20 y 30 minutos en los que asistimos a la particular vivencia del huésped en cuestión, en una época por lo general indeterminada. Que cada entrega sea tan corta es un arma de doble filo: por un lado, un minutaje tan reducido no da para desarrollar cada historia al nivel que lo hace por ejemplo la citada Black Mirror; por otro, Room 104 consigue amortizar esos veintitantos minutos de cada episodio para hacerse notar y resultar reflexiva en la medida de sus posibilidades. Y si a esto le sumamos la ventaja que supone para el espectador no tener la sensación de que está perdiendo un tiempo precioso cuando algún capítulo no le está gustando demasiado, podemos decir que haber optado por este formato tan acotado es una opción muy acertada.

Resumiendo: ¿Merece la pena verla? Nuestra respuesta es un rotundo sí, a no ser que estéis muy seguros de que las antologías no son lo vuestro. Cada capítulo es un borrón y cuenta nueva, y aunque no todas las historias os atraparán, de muchas de ellas podréis sacar algo interesante. Además, media hora se pasa volando. ¿Os atrevéis a entrar en la habitación 104?

Aitziber Polo

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