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Bajo el incesante estertor de las alarmas antiaéreas y los disparos de fusil en las calles de los guetos judíos de la Cracovia ocupada por los nazis, un joven Roman Polanski fraguaba una personalidad curiosa y avispada, ajena a la maldad que se extendía a su alrededor. De niño, cuando sus amigos se dedicaban a juguetear inocentemente a orillas del Vístula, él descubrió el secreto de la proyección de películas. Cuenta el cineasta en sus Memorias (editadas por Malpaso, 2017) cómo con solo seis años construyó un rudimentario proyector con los restos de una caja que encontró en un vertedero.

Poco después, su espíritu aventurero tuvo que adaptarse a las deplorables condiciones del hacinamiento en guetos y la represión: vio como sus padres, su hermanastra y su querida abuelita eran seleccionados en pelotones de deportación y enviados sin contemplaciones a campos de concentración. Su madre nunca volvió.

Sin embargo, el joven idealista, que él mismo se consideraba diferente y se sabía un hombre de éxito (sus ansias de grandeza se consolidaron después de representar de joven la obra Amadeus), nunca se dejó abatir por las terribles circunstancias de la Segunda Guerra Mundial y, gracias a una familia polaca, logró sobrevivir al exterminio y explorar los recovecos de la creatividad.

El cine y el teatro, dos de sus principales aficiones, terminaron convirtiéndose en los salvavidas que lo mantendrían a flote en una adolescencia turbulenta, marcada por el miedo a que sus orígenes judíos fuesen descubiertos por las autoridades y por la desesperante represión de un comunismo naciente y en constante expansión. Esta pasión por el arte acabó desembocando en una prometedora carrera como actor en los escenarios y, expuestas y reconocidas sus dotes, como secundario en varias películas polacas de la época.

Destino o suerte (a veces más la segunda que la primera), el joven judeo-polaco recibió una inesperada llamada de Andrzej Wajda (con quien ya trabajó en un proyecto de fin de curso de la Escuela Cinematográfica de Lodz) para interpretar un papel secundario en su primer largometraje: Generación, película que enardecía las labores del movimiento de resistencia polaco durante la guerra. Si a Roman (Romek para sus más allegados) le quedaba cualquier duda sobre cuál pudiera ser su futuro, aquella llamada, y su consecuente experiencia en el set de rodaje, allanaron definitivamente el camino a seguir: la dirección de cine. El resto es historia.

La elegante edición de Malpaso en tapa dura

Malpaso edita las memorias del cineasta como una de sus publicaciones insignia de este año. Con una cubierta negra de tapa dura, solemne, sobria, sencilla a la par que elegante, la editorial recupera una de las biografías más fascinantes que se hayan leído en mucho tiempo sobre la vida de un cineasta. No solo porque sea uno de los artistas con más bagaje profesional de nuestro tiempo, sino porque en sus películas se puede encontrar una riquísima profundidad psicológica y moral, casi tanto como en su turbulenta vida, lo que lo convierte en un elemento de interés y estudio.

Polifacético como el que más, Polanski ha tocado todos los géneros de cine imaginables: el terror (Repulsión, El quimérico inquilino, La semilla del diablo), la comedia (El baile de los vampiros, Un dios salvaje), el drama (El pianista, Tess), el thriller (Frenético, La muerte y la doncella, El escritor), el cine negro (Chinatown) y el erótico (Lunas de hiel), entre otros.

Libro ROMAN POLANSKI

Pocos artistas pueden alardear de tener una carrera tan variada y haberse rodeado de actores y actrices tan dispares como Jack Nicholson, Faye Dunaway, Ben Kingsley, Mia Farrow, Ewan McGregor, Nastassja Kinski o Hugh Grant. Su talento, innato, lo demostró a una edad bien temprana en su primer cortometraje profesional: Rozbijemy zabawe (1957) (traducido al español: Rompiendo la fiesta), rodado dos años después del estreno de Generación, donde Polanski se codeó con algunas de las estrellas nacientes más importante del país: el cineasta Andrzej Wajda, el actor Zbigniew Cybulski y su ídolo actoral de juventud, el maravilloso Tadeusz Lomnicki, quien nunca llegaría a alcanzar la fama de los otros tres.

Su primer largometraje, El cuchillo en el agua, centrado en un triángulo amoroso de una pareja con un extraño al que recogen en su velero, que navega con solemnidad por el mar aislado de todo y todos, fue nominado al Oscar a Mejor película de habla no inglesa (en 1989 se rodó un remake australiano llamado Calma total y protagonizado por Nicole Kidman y Sam Neill). Polanski no llegaba ni a los treinta años, pero el éxito que cosechó con esta obra marcó para siempre su carrera.

Una vida de claroscuros

Cuando hablamos de la “turbulencia” de su vida no lo hacemos de manera gratuita: Polanski también es célebre por haber sido el epicentro de los titulares sensacionalistas tras el brutal y despiadado asesinato de su esposa, la hermosa Sharon Tate, embarazada de ocho meses, a mano de la caterva de prosélitos dementes liderados por el desquiciado Charles Manson, quien aún hoy en día sigue entre rejas (probablemente lo recordarán por su emblemática esvástica tatuada en la frente). El cineasta narra en sus memorias los momentos de sufrimiento, desconcierto y angustia existencial posteriores a su inesperada (y tremendamente injusta) muerte, así como la impotencia que aún a día de hoy siente cada vez que recuerda a la que fuera su compañera de reparto y rodaje en El baile de los vampiros.

El libro también hace una descripción muy específica de todo lo relativo al escándalo sexual que protagonizó en 1977, cuando presuntamente drogó y violó a una joven de trece años en casa de Jack Nicholson tras una sesión fotográfica. Poco después confesó su culpabilidad y pasó mes y medio en la cárcel de Chino, en California, con el pretexto de superar varias pruebas psicológicas. Cuando, al salir, se enteró de que podían caerle cincuenta años de cárcel, escapó de Estados Unidos y no volvió nunca más. Ni siquiera pudo recoger su Oscar a Mejor director por El pianista en 2002.

Polanski justifica su conducta y se escuda en la etapa de vorágine sexual desenfrenada extendida por todo Estados Unidos a raíz del movimiento hippy, además del desequilibrio psicológico que le produjo la muerte de su esposa. Las drogas, el alcohol, el rock&roll y el sexo protagonizaban el día a día en su vida, con todo tipo de mujeres, especialmente jóvenes de entre dieciséis y diecinueve años.

Estas Memorias son lo suficientemente completas en descripciones y detalles personales de la vida del cineasta como para que cada uno confeccione una opinión sobre qué tipo de persona es Polanski. Si su conducta ha sido reprobable o si está justificada por las circunstancias del momento, es un debate que carece de interés ahora mismo. Tan solo nos importa que, recién cumplidos los 84 años, Roman Polanski sigue siendo uno de los genios del cine moderno. Estas Memorias de Malpaso, que concluyen poco después de la huida del cineasta a Londres tras el escándalo sexual, recopilan cuarenta años de su vida: sus anhelos durante la infancia, sus problemas durante la adolescencia y las fases creativas previas a cada proyecto que rodaba. No nos queremos ni imaginar para cuánto podrían dar las cuatro décadas que llegaron después. Ojalá lo leamos algún día. De momento, con lo que llevamos, tenemos para varias películas.

David G. Maciejewski

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