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El Palomitrón

Hay una frase, grabada a fuego por insistencia, que se encuentra en el subconsciente moderno de todo aquel que cuenta historias. Unos le achacan la selección de palabras a Joel, de los hermanos Coen; otros a Hitchcock, y otros a sí mismos: Hay tres tipos de películas: Chico conoce chica, una Odisea y del tercer tipo no me acuerdo. Manido, lo sabemos, pero nos sirve para hablar de lo maravilloso de la creación misma. No es filosofía, tranquilos. La clasificación primaria de los cuentos adaptados al séptimo arte no por repetida se vuelve inútil. El cine, nuestro patio de recreo, no es más que eso, la peligrosa preconcepción humana de que tenemos algo que aportar como especie desde lo particular. Puro ego con esmero trascendental, casi siempre, fracasado. No descarrilemos. En parte, porque hay un selecto grupo de sujetos que sí consiguen trascender.

Otra de esas frases repetidas hasta la saciedad es la seña de identidad no ya de un hombre o una nación, sino la de un lenguaje entero: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Así comenzaba El Quijote, del trascendental y casi insultante de adular Miguel de Cervantes. Una de las novelas más traducidas de la historia y el referente unívoco de la Odisea moderna de la que hablaba un Coen, Hitchcock o vaya usted a saber quién.

De aquellos barros, estos lodos

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La industria del cine tuvo, desde su nacimiento, una fuente inagotable de recursos en el mundo literario. Como no podía ser de otra manera, la más célebre de las novelas de caballería (pese a ser una parodia) tuvo una rápida adaptación cinéfila. Así, entre la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, dos películas mudas y la inevitable versión de Rafael Gil llevaron las aventuras del ingenioso hidalgo a la pantalla. Quien les escribe tuvo la suerte de disfrutar de una versión restaurada de dicho filme en la Filmoteca Nacional hará dos años. Por lo demás, más olvido que reconocimiento institucional. En el Cine Doré se congregaron unas 12 personas.

Rencillas reivindicativas aparte, el cisma anticlimático de la historia del Quijote en el cine se produce llegados los años cincuenta. Orson Welles, tan enamorado como obsesionado de la idiosincrasia española, llegó a escribir un guion que traía al Hidalgo a la era moderna. Arrancaba la maldición, ya que el director estadounidense nunca llegó a rodar su ambiciosa epopeya contemporánea. Muerto el mito, la leyenda de la película se hizo bola de nieve y tuvieron que pasar más de cuatro décadas para que pudiéramos ver qué se traía el autor de Ciudadano Kane entre manos. En la Expo del 92, en Sevilla, por fin vio la luz la reconstrucción de aquel bosquejo, todo gracias a Jesús Franco.

Tampoco es cuestión de trampear la historia, porque no todo han sido odiseas sufridas. Ahí están ejemplos exitosos de adaptación como El hombre de La Mancha (1972), con un espléndido Peter O’Toole y una icónica Sophia Loren. Por equilibrios circenses, aquello era un musical épico y romanticón rodado con mano firme por Arthur Hiller, que venía de rodar Love Story. Ya saben, cosas de la producción en cadena.

Se cayó el muro y Terry Gilliam del guindo

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Con estos antecedentes llegamos al año 1989. En Berlín, el muro se está derrumbando y en Pekín los tanques ocupan la plaza de Tiananmén. En un lugar de la Bretaña, Terry Gilliam se lee por primera vez El Quijote y queda fascinado por las aventuras del caballero manchego. Abrumado por la cantidad ingente de detalles en el material original, tuvo que pasar una década entera para que Gilliam se decidiese a anunciar el proyecto, justo después de rodar Miedo y asco en Las Vegas. El protagonista de aquella película era Johnny Depp y era el elegido también para encarnar al Sancho Panza jovial y desgarbado que quería plantear el director británico. 32 millones de dólares y Jean Rochefort como protagonista. ¿Qué más se podía pedir? Suerte. Faltó mucha suerte.

La producción arrancó de manera definitiva en septiembre del año 2000. A partir de ahí, uno de los rodajes más inverosímiles de la historia del séptimo arte. Lluvia torrencial donde antes apenas caían cuatro gotas, problemas con las localizaciones y un seguro que no cubría casi nada. Dos meses después, sin rodas apenas nada, la producción se suspendía sin fecha definitiva. Rochefort sufría una hernia de disco y no podía montar a caballo. Deudas por todas partes. Trauma bíblico, pero al menos todo aquel desastre estaba siendo grabado y guardado a conciencia.

Lo que perdimos en La Mancha

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En agosto de 2002, apenas año y medio después de tener que cancelar su último sueño, Gilliam es el protagonista frustrado de Lost in La Mancha. El documental, obra de Keith Fulton y Louis Pepe, es una excelente pieza de no ficción que sí, habla de la imposibilidad del director británico para que Don Quijote pudiera cabalgar, pero también de esa frustración inherente al rodaje y de lo injusta que es la industria. Premiada en Berlín y en Karlovy Vary, la película consigue aumentar la leyenda de adaptación maldita de la novela de Cervantes y centra la atención del mundo en lo que pudo ser y no fue.

No llovió mucho (perdone, señor Gilliam) hasta que el realizador volviera a la carga. En 2005 concedió una entrevista en la que dejaba claro que el documental no era el entierro de su sueño; al contrario, era un capítulo más. Otra vez, el ruido: Gérard Depardieu parecía el hombre idóneo y Orlando Bloom, que apuntaba a recoger el testigo de canalla de Depp en Piratas del Caribe, su escudero. Claro que el litigio entre la aseguradora y la productora no había terminado y Gilliam no era el dueño del guion. Detalles.

En 2009, tres décadas después de que Gilliam leyera el libro, ahora sí parece que sí. Rumores aparte, Robert Duvall y Ewan McGregor son los elegidos. Es más, ambos actores se sitúan como productores ejecutivos y caras visibles del proyecto con su apoyo absoluto. Hasta los litigios entre productora y aseguradora se resuelven y solo falta una pequeña parte de la inversión inicial. Esa pequeña parte nunca llega, ni siquiera contando con Obi Wan Kenobi.

Kylo Ren, el Gorrión Supremo y el más inútil de los seres humanos

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Desesperación hecha comedia. Drama existencial. Entre rumores, anuncios vacíos y más paja que otra cosa, llegamos al verano de 2014. Recuerden que ya llevamos 6 lustros con la matraca de El hombre que mató a Don Quijote. Amazon, en ese empeño de las nuevas plataformas por rescatar proyectos olvidados, recoge el guante y le dice a Gilliam que sí, de una vez por todas, alguien legal y gigante estará detrás de su película para que no pase nada. Así, le traen a la sensación juvenil de Skins, Jack O’Connell, y a una de las grandes reivindicaciones del director: John Hurt será Don Quijote. ¿Todo bien? ¿De verdad? ¿Por fin podremos ver a uno de los artífices de los Monty Python llevar al cine su proyecto más ambicioso? A continuación, la desgracia. John Hurt era diagnosticado con cáncer y fallecería poco tiempo después. Igual que Rochefort. La realidad supera a la ficción, y encima se chulea de manera infame.

Ahora faltan 16 millones de dólares y un protagonista. Lo primero no es sencillo. Lo segundo es fácil: Michael Palin está encantado de retomar el papel y ayudar a su amigo cómico. El dinero acaba viniendo de Paulo Branco, un famoso productor portugués que promete a Gilliam no entrometerse en su visión creativa. Para que se hagan una idea de Branco, una periodista portuguesa llegó a afirmar de él que era “el ser humano más inútil” que conoció nunca. Su reputación, como imaginan, no es muy diferente entre los que saben de qué va esto. La primera, en la frente: después de rodar a principios del verano de 2016, Branco quiere que su hermana se encargue del vestuario y que se ruede en digital. Ataque a los nervios e infarto del bueno de Gilliam, que ya lo da todo por imposible.

Al rescate acudió entonces la española Tornasol Films, y El hombre que mató a Don Quijote continúa su camino absurdo. Michael Palin se marcha, pero llega el Gorrión Supremo más franciscano, Jonathan Pryce, la séptima persona considerada para retomar el papel. Un año después de retomar el rodaje, y casi 18 desde la primera escena, Gilliam da por finalizada la película en el verano de 2017. Adam Driver, que no pasaba por ser un recurrente de Girls cuando se enganchó al proyecto, es ahora una estrella mundial, y El hombre que mató a Don Quijote tiene un reconocido Sancho Panza. ¿Ahora sí? ¿Todo bien? Pues no. Pero no se suiciden todavía, que llevamos ya dos muertos y un infarto.

Epílogo, epifanía y epitafio

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Han pasado, aproximadamente, 13 000 días. El Madrid ganó seis Champions más y busca la séptima en color. Estados Unidos tenía un presidente que venía de la CIA y ahora tiene a uno que se enfrenta directamente a ella y le cambia el director. Gilliam tenía pelo y pocas o ninguna insuficiencia cardíaca. Así fue cómo en abril de este año se anunció que la tan ansiada cinta estaba lista para cerrar Cannes, el festival de cine más prestigioso del mundo. Todo parecía perfecto. Los actores se habían revalorizado en taquilla y la crítica estaba ansiosa. Hasta que llegó Paulo Branco. Haciendo honor a su reputación, el productor luso presentó una demanda contra la exhibición del filme, reclamando, como no podía ser de otra manera, dinero. “La película está rodada de forma ilegal”, alegó.

Después de que la dirección del propio festival francés se posicionara a favor de Gilliam, la penúltima noticia llegó: el juez otorgaba la cautelar al filme y este se podría visionar en Cannes. ¡Hasta teníamos ya fecha de estreno en España! ¡Y tráiler! Tanta emoción fue demasiada para el bueno de Terry, que se mareó y se indispuso. Rumores de un ictus corrieron por todos los tabloides ingleses, pero el director lo cerró fácil: “Todavía no estoy muerto. Vámonos a Cannes”. La première se produjo. El mundo asistió. Las críticas están empezando a llegar. ¿Se imaginan que, después de todo este tiempo, va Terry Gilliam y se marca la mejor película de su filmografía? Mucho se escribirá sobre la leyenda negra del director británico, pero nada hará juicio a la increíble historia de El hombre que mató a don Quijote y la película que casi mató a Terry Gilliam.

Matías G. Rebolledo

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