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La ciencia ficción se ha convertido de forma incontestable en un género que no ha parado de producir, en más ocasiones de las que parece, magníficos largometrajes que son considerados, sin ningún tipo de duda, como obras maestras y ejemplos de buen hacer cinematográfico. Bien por la tendencia del espectador a buscar mundos que parecen imposibles o bien por la facilidad del público para centrar su atención en aquello para lo que todavía parece que faltan siglos, este género lleva década sin perder esa parcela de genialidad en la que se mueve, en la que parece que literalmente todo es posible y en la que olvidamos que, por el momento, no vivimos rodeados de una tecnología que parece escapar a nuestro conocimiento. Resulta curioso, además, cómo el modo en el que se enmarca la ciencia ficción nace de un contexto generalmente futurista, pero sin olvidar prácticamente en ningún momento de los cruciales asuntos que se tratan en estos filmes resultan eminentemente familiares para quiénes se sientan en una butaca esperando a que nos sorprendan sin condición. Así, que los vehículos vuelen, los hombres caminen entre máquinas pensantes o, de forma quizá más inocente, un coche atraviese un portal temporal que le lleva al futuro, los problemas que se tratan partirán de una base mundana y conocida para nosotros. Y ahí, en ese modo de entender un género tan complejo como ese, reside el éxito y el crecimiento al que se ha visto sometido durante años.

 

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Quizá, y de forma un tanto evidente, la base del cine de RIDLEY SCOTT no es la predilección por el cine en el que la ciencia ficción es la protagonista. Sin embargo, y a riesgo de generalizar de un modo un tanto descabellado, las grandes obras de este director sí basan su estructura en un mundo totalmente inventado que nace de lo tecnológico y, de momento, de lo que todavía está por imaginar. Tal vez no son aquellas que más reconocimientos y premios han cosechado. No obstante, sí se han convertido, con el tiempo y de forma casi indiscutible, en obras de culto que han servido de ejemplo a multitud de largometrajes posteriores. Una de ellas, y en este sentido no existe controversia alguna, es ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO (Puedes recuperar aquí nuestro análisis en profundidad)

No nos engañemos ni por un instante: hay un antes y un después en el modo de entender el terror y la ciencia ficción tras esta cinta. La forma en que SCOTT esculpe un argumento que bien podría haberse convertido en un desastre muestra que no es únicamente la historia que un director quiera llevar a la gran pantalla, sino que resulta totalmente imprescindible encontrar el modo en que ésta funcione. Sería posible apelar sin contemplaciones al año en el que ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO se estrenó como mecanismo para comprender la importancia de esta obra cinematográfica. Y, sin embargo, no supone de modo alguno una excusa para considerarla una maravilla. Así, que a finales de los años setenta se proyectase una película en la que la falta de sutileza en el terror que la propia cinta se autoimpone, obligó al público a evitar a toda costa apartar la mirada de la pantalla que tenían ante sus ojos, intentando comprender cómo en una misma premisa podían entremezclarse de un modo tan serio y tan lógico la ciencia ficción y el terror.

 

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Aun con todo, no es únicamente el guion de DAN O’BANNON el elemento que más merece ser venerado de ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO. Y aquí, quizá, sí que entra en juego la época en la que se llevó a cabo el rodaje. Si este largometraje se hubiese rodado hoy en día, con toda probabilidad habría pasado por las salas de cine sin pena ni gloria, sin apenas dejar un rastro de su paso por las salas. Pero es posible que parte del terrorífico encanto que se desprende de esta cinta provenga de unos efectos visuales que han de ser admirados de forma incuestionable. Cierto es que no es la primera película que utiliza componentes especiales para crear un mundo de fantasía espacial. Por supuesto, existen ejemplos anteriores a 1979 que corroboran la imaginación y las ganas de sacar adelante un filme en el que cualquier mínimo fallo de cálculo visual puede echar a perder una buena historia. Y aún así, es imposible restarle un mérito añadido a una construcción cinematográfica en la que todos sus elementos parecen diseñados para encajar y para no perderse en un guion que parece propio de un rodaje en pleno siglo XXI.

Podría decirse que ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO contó en su día con esa maravillosa casualidad que le hizo situarse en el momento oportuno. La necesidad de dotar al público de una historia que ofreciese acción, suspense, terror e innumerables líneas de guion en el que cada dos palabras surgía algún término técnico supone que fue esta película y no cualquier otra la que se alzó con la categoría de obra maestra, de clásico atemporal con una innegable capacidad para envejecer de la forma más digna posible. Ni que decir tiene, por supuesto, que significó, además, una catapulta para una joven SIGOURNEY WEAVER que todavía no había encontrado un buen modo para que despegase su carrera cinematográfica y que, aun con todo, logró deshacerse del estigma del encasillamiento que nace de un personaje tan relevante y de tanta importancia como fue (y para muchos sigue siendo) la teniente Ripley.

 

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La tensión que ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO fabrica en ningún momento resulta artificial o fingida, ni siquiera teniendo en cuenta que lo que se proyecta ante el espectador es, sin duda, una obra que se aleja de la realidad para transportar al público a un mundo en el que, en su día, no había estado todavía, del que desconocía todos los elementos que lo conformaban y, por supuesto, ignoraba la existencia de un ser que cambió en gran medida el rumbo del terror y del suspense en el género de ciencia ficción. Este desagradable y, al mismo tiempo, familiar espécimen resultó un sujeto que pasaría a la historia del cine como uno de los más espantosos engendros creados para una película y cuya función aterradora no ha cambiado a lo largo de los años. Por supuesto, los efectos que un horrible alien puede causar en los espectadores no serán los mismos que entonces. Sería absurdo pensar lo contrario. Y, pese a todo, continúa resultando repulsivo. Ese es el mayor mérito de RIDLEY SCOTT: lograr construir una historia que se torna desagradable e incómoda y que, con el paso de los años, se reconozca como una obra maestra.

 

 

Sheyla López

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