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Comenzar un nuevo año significa tantas cosas que enumerarlas todas tan solo supone una pérdida de tiempo y la prolongación del aburrimiento que deriva de unas fiestas que parecen tan largas como perjudiciales para la salud. Sin embargo, saludar efusivamente y con grandes gritos de alegría al mes de enero implica también recordar cuáles fueron los logros y los errores cometidos en el año que se marchó y que no volverá jamás. Y esto ocurre en cada sector cultural que se nos pueda pasar por la cabeza. No existe lugar para la discriminación sectorial cuando se trata de calificar como demencial un disco o como imprescindible un libro. Y, claro, ni que decir tiene todo aquello que se refiera al cine. Existen muy pocos entretenimientos mejores que dedicar cierto tiempo a categorizar cuáles han sido las mejores y cuáles las peores películas que la cartelera nos dio. Diciembre inundó cada actualización y cada notificación de listas, recuentos, rankings y demás valoraciones que solo se permiten en un mes que parece dedicado exclusivamente a evaluar qué ha sido lo mejor, lo peor y lo pasable del año que terminará inevitablemente. Son tantas las ganas de hacer pública una opinión que, llegado el momento, no hay nada más molesto que encontrarse con otra enumeración de qué ha sido lo más destacado del año o cuáles fueron los estrenos más esperados. O lo que haga falta. Cualquier cosa vale para colocarla en una lista.

 

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Sin embargo, pasados unos días de esa celebración loca que es la Nochevieja que muchos usan para celebrar que por fin el año termina mientras que otros utilizan para festejar que comenzará uno que se supone mejor, todavía quedan maneras de recordar qué nos trajo el año que se ya fue. Cinematográficamente hablando, 2015 ha sido, en muchos sentidos, un año muy poco corriente. Si escapamos de nuestras fronteras y miramos hacia fuera, diciembre no solo fue el mes de las listas y de las peleas por dilucidar quién tenía razón; también fue el mes en el que se estrenó la cinta que hace una década ni siquiera parecían tener la posibilidad de existir. STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA podría ser el estreno más esperado de los últimos años y convertirse, además, es una de esas películas que pasan a la historia más por lo que significan para el público que por lo que realmente son.

Pero no conviene quedarse con lo que es más cercano. No hemos venido aquí a ser perezosos y negarnos a mirar un poco más atrás. BIRDMAN no significó únicamente la victoria del riesgo, ni siquiera el ascenso a los cielos cinematográficos de ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU. Supuso, sobre todo, ser espectadores del renacimiento público de MICHAEL KEATON, que muchos pensamos que se habría recluido para siempre en ese palacio de recuerdos que sin duda habría construido. Casi podría calificarse de milagro. Un milagro tan diferente de lo que fue el abuso de los biopics y la fiebre del superhéroe, de manera que hay ciertos estudios que quizá no se vean capaces de producir otro tipo de películas. Quizá se trate de una cuestión de comodidad, de entender que hay ciertos temas que están destinados a generar cientos de millones que, siendo realistas y de un modo totalmente frívolo, es lo que parece primar a la hora de llevar a cabo la producción de un largometraje. La búsqueda de la calidad parece invisible cuando el espectador se ve obligado a visionar LOS CUATRO FANTÁSTICOS o THE IMITATION GAME sin tener en cuenta que la película en la que están poniendo todas sus energías es, simplemente, una repetición de lo visto anteriormente, con una historia un tanto distinta y alguna cara nueva que ofrezca esa sensación de diferencia. Y, al fin y al cabo, es únicamente eso: una sensación.

 

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Lo que 2015 ha traído, de la forma más general posible y sin caer en las redes de la soberbia, son fracasos. Y no han sido pequeños tropiezos que se quedan en una mera anécdota. No. En el plano internacional, que a veces parece erróneamente el único que merece la pena tener en cuenta, son varios los estrenos que han significado un bofetón por parte del público en la mejilla de la industria. Y el público, por mucho que se empeñen aquellos que obvian su poder, es el juez menos indulgente que jamás encontrarán. Por ello, citar ejemplos como CINCUENTA SOMBRAS DE GREY, FAST & FURIOUS o EL DESTINO DE JÚPITER significa quedarse corto en cuanto al descenso de la calidad que se supone ha de tener un largometraje. ¿Es necesario realmente forzar un guion hasta límites ridículos con el único objetivo de lograr notoriedad? La respuesta parece afirmativa cuando hemos de pasar alrededor de ciento veinte minutos sentados frente a una gran pantalla esforzándonos por evitar la vergüenza ajena que produce una película mediocre.

No obstante, es dentro de nuestras fronteras donde se ha demostrado una y otra vez que el empeño en calificar de insulso el cine español es ya un hecho que más vale enviar de una patada al olvido. En un sentido general, parece que se ha convertido en una costumbre malsana la simple certeza de que las cintas que nacen aquí son inevitablemente portadoras de una baja calidad por la que nadie pagaría. Es posible que la mediocridad que tanto ha estigmatizado al cine español no venga de cualquier género, sino que el origen sea la comedia que aquí se crea, que puede tildarse en la mayoría de los casos de absurda y chabacana. En el año 2015 se estrenaron largometrajes que prometían hacer pasar al espectador un buen rato repleto de risas y de chistes inteligentes. Lo que la cartelera ofreció fueron películas de la talla de CÓMO SOBREVIVIR A UNA DESPEDIDA, ANACLETO: AGENTE SECRETO, REY GITANO o PERDIENDO EL NORTE, todas ellas con un alto nivel de gags totalmente destinados a ser olvidados cinco minutos después de abandonar la sala de cine. Pero si atendemos al (inexplicable) éxito del llamado fenómeno Ocho Apellidos, encontramos una de esas excepciones que se presentan una vez en la vida de muchos. OCHO APELLIDOS VASCOS llegó en 2014 a la cartelera de nuestro país como una comedia más que buscaba la carcajada en la comparación entre el norte y el sur de la península. Todo lo que logró una película tan corriente todavía no se puede definir con palabras. Sin embargo, y para no terminar de explotar una gallina ya famélica que apenas es capaz de poner huevos de oro, en el ya pasado 2015 (tan solo un año después) se buscó repetir la misma gloria con OCHO APELLIDOS CATALANES. De hecho, esta última, que se estrenó el 20 de noviembre, todavía se encuentra en cines de medio país.

 

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En España, quizá como consecuencia del tipo de comedia que parece haberse hecho un hueco eterno en nuestro país desde hace ya varios años, es el género dramático el que realmente debe llevarse toda la gloria posible. Excepciones aparte, 2015 ha sido el año del cine social, aquel que más allá de entretener, busca revolver de algún modo la conciencia de quien se ha sentado en una butaca de cine. TECHO Y COMIDA es, quizá, el largometraje más relevante que se puede extraer de un año que no ha sido tan prolífico como se esperaba. Lo fue también EL DESCONOCIDO, aunque utilizó el caso de las preferentes como una excusa para fabricar un guion tan inverosímil como incompleto y no tanto para ejercer una denuncia. Y no solo eso. El drama en nuestro país siempre ha sido objeto de veneración, por mucho que se empeñen algunos en colocarlo en el mismo bando que la comedia, esa que hace no demasiadas líneas era el foco de la crítica. Por ello, y un ejemplo entre varios , LA NOVIA ha sido calificada por muchos como la mejor película del año pasado, sobrevolando incluso a aquellas internacionales que no han pasado desapercibidas. Lejos de valoraciones totalmente personales que no vienen al caso, la adaptación de una de las más laureadas obras de Federico García Lorca ha sido, sobre todo, un enorme bofetón a quienes se empeñaron en menospreciar al cine español, aquel cuyo umbral del reproche parece más bajo que para cualquier largometraje importado. Sin embargo, la taquilla será siempre el espejo en el que se ha de mirar el resultado final, y la antigua disposición del público en general a aceptar que el cine español ofrece una calidad superior a cualquier desfachatez internacional parece primar por encima de la recaudación final.

Resulta curioso cómo, a pesar de las apariencias, no solo es la supuesta calidad mediocre la que realmente afecta al cine español que muchos tanto nos empeñamos en recomendar y otros tanto de obcecan en ignorar. A finales de 2015 los periódicos llenaron páginas y páginas de información de todo tipo acerca de uno de los fraudes culturales más vergonzosos y que más bochorno ha causado a la industria cinematográfica de nuestro país. La necesidad de inflar los datos de taquilla hasta límites exagerados con el fin único de perseguir la subvención refleja que es el negocio cinematográfico lo que realmente mantiene una naturaleza que ha de ser cuestionada, y no tanto todo lo que conforma en sí una película. Se trata, pues, de una cuestión de avaricia, no de beneficiar a un cine que ha pasado largos períodos de sequía creativa, que se ha visto afectado por la subida de unos impuestos tan injustos como ridículos y que, en un sentido final, no merece el trato carroñero de aquellos cuya ambición va más allá de la creación de arte en mayúsculas. El cine ha de ser respetado.

 

 

Sheyla López

1 Comentario

  1. Como en la literatura, la calidad de un libro o una película no se mide por la cantidad de público que la ven o leen. Tengo la impresión que nos dejamos llevar más a la lectura o a la sala de cine por el machaque constante de publicidad, y no por la calidad de la obra en sí.