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Orson Welles en El Palomitrón

Orson Welles es considerado por muchos como uno de los directores más influyentes de la historia del cine. Probablemente su fama se debe a que fue uno de los pocos cineastas que se rebeló contra la tiranía de las majors en pleno apogeo del sistema de estudios y se esforzó durante toda su vida por realizar un tipo de cine que se adecuase a su concepto de lo que debía ser el séptimo arte.

Creativo, carismático e increíblemente tozudo, Welles no pasó desapercibido en ese mundo de glamour y frivolidad que rodeaba a las estrellas de la época dorada del cine. No obstante, su osadía se había plasmado con anterioridad, poco tiempo después de empezar su andadura en solitario por la vida.

Primeros inicios

Orson Welles en El Palomitrón

Orson Welles nació un 6 de mayo de 1915 en Kenosha, Wisconsin, hijo de una pianista y un inventor aficionado. En los primeros años de su infancia, recibió dos duros golpes: la separación de sus padres y la muerte de su madre cuando este solo contaba con 9 años de edad.

Durante su adolescencia, ingresó en la Todd School, una escuela de vanguardia donde descubriría su pasión por el teatro y la dirección. Una vez finalizó los estudios, y contando con el respaldo económico que le ofrecían los amigos burgueses de su madre, decidió partir a Dublín con tan solo 16 años. Ese fue el principio de la leyenda.

Tras enrolarse en una compañía de teatro en Dublín y ganarse el beneplácito del publico irlandés, Orson comprendió que si de verdad quería hacer fortuna en ese sector debía volver al país que le vio nacer y, concretamente, a Nueva York, la gran ciudad. Cuando Welles se instaló en Nueva York era tan solo un chiquillo con un exceso de confianza en sí mismo y un gran respaldo económico que intentó de todas las formas posibles abrirse un hueco entre los grandes directores de teatro; sin embargo, no tuvo mucha suerte. Todo eso cambiaría cuando, gracias a su particular voz, decidieron contratarle en la radio para que hiciese radioteatro, una apuesta radiofónica que por aquel entonces mantenía entretenida a una gran parte de los ciudadanos estadounidenses que no contaban con el suficiente capital para ir a las costosas funciones que adornaban los teatros neoyorquinos.

Orson Welles en El Palomitrón

Con dinero propio y mucho ego, Orson comenzó a pasearse como una estrella por la gran ciudad. Su vida comenzó entonces a tomar un ritmo vertiginoso: se casó, comenzó a tener una reputación en el sector radiofónico y alcanzo la oportunidad que tanto estaba esperando gracias a una iniciativa del gobierno demócrata de Roosevelt que promovía servicios entre los que se encontraban la educación y las artes, dando lugar a la creación del Teatro Federal.

Financiado por el Estado, Orson podía dar rienda suelta a su imaginación y dirigir rocambolescas obras cuya idea principal siempre terminaba sufriendo modificaciones debido al carácter ambicioso de esta. Su reputación como director teatral se vio reforzada gracias a la novedosa adaptación de Macbethque estreno en Harlem en 1936, con protagonistas afroamericanos y situada en Haití. Orson adaptó un clásico de la literatura británica en un contexto completamente opuesto, y dicho riesgo podía conllevar muchas críticas y más aún en una época donde el racismo estaba mucho más arraigado en la sociedad y donde la presencia del Klu Klux Klan aún seguía latente.

Orson Welles en El Palomitrón

Tras ganarse el beneplácito de la crítica, Welles comenzó a tener un nombre dentro del sector artístico y de vanguardia neoyorquino; sin embargo, y tras la decadencia del Teatro Federal, Welles debía renovarse o, de lo contrario, caería en el olvido.

La guerra de los mundos, la consagración del genio

Orson Welles en El Palomitrón

En 1939 Orson Welles tenía 23 años, un amplio currículo a sus espaldas y demasiadas ganas de demostrar que realmente era cierto lo que le decían de niño: que era un genio. En vísperas de Halloween, él y su compañía teatral, Mercury Theather, decidieron interpretar el clásico de H. G. Welles La guerra de los mundos”; no obstante, Welles había quedado maravillado por una representación que había escuchado con anterioridad en la radio, donde narraban una obra en forma de boletín informativo. Eso género en él la idea de, tal y como hiciese con el “Macbeth” de Harlem, adaptar el clásico de H. G. Welles en una escenario conocido y en el tiempo actual.

La noche del 31 de octubre de 1939, la CBS daba paso al espectáculo de Welles; no obstante, él sabía que gran parte de la audiencia se agolpaba para escuchar la NBC y el programa de Edgar Bergen y Charlie McCarthy. Orson sabía que no podía lanzar la bomba del boletín informativo en un momento cualquiera, por lo que, sabiendo que Bergen y su muñeco hacían un descanso al cabo de los doce minutos de iniciar el programa, decidió dar paso a la narración de los acontecimientos que se estaban dando en la tranquilidad localidad de Grovers Mill en el momento en el que todos los oyentes cambiaban de emisora. Su jugada le salió perfecta, pues rápidamente todo el país se hizo eco de esa extraña invasión. Pese a lo que muchos puedan pensar, la sociedad norteamericana no era tan analfabeta como para pensar que un grupo de extraterrestres estaban destruyendo los Estados Unidos; de hecho, en aquel momento, el partido nazi estaba atemorizando a Europa, por lo que muchos ciudadanos estadounidenses pensaron que se trataba de un boletín informativo en clave donde se anunciaba la invasión de los Estados Unidos por parte de Alemania.

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Tras causar un gran revuelo y ocupar todas las portadas de los periódicos, Orson tuvo que dar una rueda de prensa donde “lamentaba” lo sucedido y afirmaba no tener ni idea de que la gente interpretaría su adaptación del clásico de H. G. Welles de esa manera. En circunstancias normales, podría haber ido a la cárcel; sin embargo, obtuvo algo mucho más apetecible: un contrato en Hollywood.

Incursión en el cine, creando al Ciudadano Kane

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Cuando llegó a Los Ángeles, Orson Welles tenía 23 años y un contrato con una de las majors más importantes en ese momento: la RKO. Lo inaudito de Welles fue que, desde el principio, consiguió algo que muchos cineastas ya consagrados en la industria del cine no habían logrado con anterioridad: un contrato con libertad absoluta.

En aquel tiempo, la figura del director no gozaba de la importancia que tiene actualmente: era un trabajador más a merced de los magnates. Su función consistía en ajustarse al presupuesto y tiempo estipulado por la productora para realizar la película. Si tenía suerte, y el resultado final era un éxito, seguramente le seguirían llamando; de lo contrario, las probabilidades de una segunda oportunidad eran escasas. Orson no llegó a Hollywood en condiciones normales: tenía un trato privilegiado. Pese a sentirse rechazado en los ambientes más selectos de la meca del cine, Orson contaba con el respaldo de su productora, que le había concedido unas condiciones contractuales nunca antes vistas. Lo curioso de todo es que los que en un principio le respaldaron y dieron la mayor libertad creativa que se podía ofrecer a un director de cine en los años 40 fueron con los que batalló durante toda su vida para reivindicar su visión sobre el cine y cómo debía tratarse.

Orson tenía una dilatada experiencia como director teatral y actor; sin embargo, no tenía ningún conocimiento acerca de cómo dirigir una película. La cámara era una completa desconocida para él. Antes de Ciudadano Kane solo se había realizado el cortometraje mudo Too Much Johnson, protagonizado por su amigo y uno de sus actores estrella Joseph Cotten. Tras dar un curso intensivo de cine que consistía en la visualización de una sobredosis de películas de vanguardia, Orson comenzó a tener una idea del tipo de enfoque que quería darle a su primera película.

Orson Welles en El Palomitrón

Tras sopesar la idea de adaptar el Macbeth de Harlem a la gran pantalla y de realizar una película sobre la vida de Jesucristo, finalmente se decantó por narrar la vida de uno de los mayores magnates de la comunicación: Charles Foster Kane.

Se ha comentado mucho sobre qué inspiró a Orson Welles para crear la figura de Kane, aunque siempre se ha argumentado que está inspirado en varias personalidades (una de las más influyentes es la del magnate de los medios William Randolph Hearst). No obstante, ni Welles ni Mankiewicz afirmaron que fuese la única fuente de inspiración para la creación de Charles Foster Kane. Para muchos estudiosos, el personaje mezcla elementos de grandes gigantes del periodismo, pero también del propio Welles. Kane se vio obligado desde niño a verse alejado de su familia y educado por un tutor, tal y como le sucedió al propio Welles en su infancia; además, el deseo de Kane de crecer de forma desorbitada se asemejaba a la ambición imparable de Welles cuando contaba con tan solo 25 años de edad.

La ópera prima del niño prodigio de Hollywood se estrenó en 1941. Aunque su rodaje se prolongó en el tiempo y la RKO invirtió grandes sumas de dinero, la realidad es que Ciudadano Kane fue un fracaso de taquilla; no obstante, la crítica elogió el trabajo de Welles a nivel técnico y narrativo y, con el paso de los años (y tras numerosos análisis por parte de los críticos), Ciudadano Kane se ha convertido en la película de culto que conocemos hoy en día.

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Lo novedoso de Ciudadano Kane no es solo la forma en la que Welles muestra los escenarios tras la cámara, con escenas con una amplia profundidad de campo y planos contrapicados donde muestra por primera vez al espectador los techos que cubren el escenario. Otro de los rasgos maestros de esta película es que emplea una novedad en la narrativa audiovisual: la incorporación de los flashback y los flashfoward, dando saltos temporales hacia adelante y atrás en el tiempo, narrando de esa forma la vida del magnate desde sus inicios hasta su final. Como anotación personal debemos decir que, para nosotros, una de las mayores maravillas en la forma en la que Welles innovó con la narrativa audiovisual fue la famosa escena de Kane y su esposa desayunando, donde mediante el empleo de barridos va mostrando la degradación en el matrimonio, hasta que, finalmente, un plano general nos muestra que el distanciamiento no solo se ha dado en su relación, sino en la forma en la que los personajes se disponen en la mesa.

Orson Welles en El Palomitrón

Ciudadano Kane fue una película incomprendida por el público, que, acostumbrado a una estructura de mayor simpleza, no entendieron los saltos temporales que le ofrecía Welles. Eso, unido a que la película no tenía el clásico final feliz norteamericano, contribuyó a que el rechazo del público fuese magnánimo.

A partir de ese momento, comenzó una lucha que perseguiría a Welles hasta los últimos días de su vida: la necesidad de reivindicar su posición como cineasta, la necesidad de educar a la sociedad norteamericana en un cine que no fuese un mero producto comercial y, sobre todo, la de sobrevivir en ese nido de víboras que controlaban el sistema de estudios. Una lucha que os relatamos en la segunda entrega de este especial sobre el genial director.

*Continúa la lectura de este especial en nuestra segunda entrega

Claudia BM

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