Compartir

 

en-directo-la-alfombra-roja-y-la-gala-de-los-premios-goya-2016

 

Pasados tan solo un par de días, todavía resuenan los ecos de aquella gala de los Goya en la que se celebraban los treinta años de unos galardones que siempre han tenido la finalidad de premiar al mejor cine español. Y, de hecho, todavía tienen ese objetivo. No hemos venido a negar lo obvio ni a criticar lo que no ha de ser reprochado. Lo cierto es que las entregas de premios, al menos las cinematográficas, parecen condenadas a ser largas, tediosas y a hacer que el público se alegre de que solo se den una vez al año. Parece una regla general no escrita que, lejos del desfile de estrellas que pasea por la alfombra roja, los números musicales, los aplausos desmedidos y los eternos discursos de los premiados, las galas han de estar forzosamente unidas al aburrimiento. Excepciones aparte, no encontrarán una ceremonia de los Goya en la que esto no haya ocurrido.

La razón por la que estos premios no se acercan al triunfo parece ser distinta cada año. Se ha repetido infinidad de veces que la baja calidad del guion es la culpable. También lo ha sido la falta de valentía en el presentador, los chistes absurdos y sin ninguna gracia y el humor más blanco y menos arriesgado posible. El empeño en querer comparar los premios de nuestro cine con aquellos internacionales que, inevitablemente, parecen tener una categoría superior, significa utilizar todos los recursos inimaginables para recordar al público que aquí también se puede celebrar el cine con ló mejor fiesta posible. Ese es, quizá, el problema principal. Muchos han dicho con la cabeza bien alta y sin ningún tipo de pudor que los premios Goya son los Oscar españoles. Y no. Los Goya no son los Oscar. Cualquier parecido es fruto de la casualidad y no de esa imitación que surge de la falta de originalidad a la que año tras año los espectadores hemos tenido que acostumbrarnos.

 

326-41-ga-d

 

En este 2016, en los premios Goya no se ha jugado la baza del riesgo que alguna vez se vislumbró en el pasado, ni se ha respetado al cine español tanto como habría cabido esperar. El trato que recibieron los guionistas es, sin ninguna duda, el ejemplo perfecto para ilustrar la desconsideración a la que se sometió a nuestro cine. ¿Por qué evitar que aquellos de cuyas cabezas han salido las que se supone son las mejores películas del año paseen por la alfombra roja como el resto de los nominados? La brillante y lúcida mente a la que se le ocurrió semejante desfachatez probablemente olvidó que el guion es la esencia de un largometraje. Uno no es sin el otro. Un hecho como este que ni siquiera formó parte de la gala se convirtió en el desencadenante de una ceremonia que desde el inicio parecía condenada al estrepitoso fracaso.

Tanto fue así que en (demasiados) momentos la atención se desviaba para encontrarse con el periodismo del corazón que tan poco se intentó evitar. Del mismo modo, aparecieron esos viejos y veteranos errores a los que los realizadores de la gala nos han tenido tan acostumbrados que muchos tan solo podían encogerse de hombros ante tales tropiezos. No resulta descabellado asegurar que, dado que se celebra la fiesta del cine español, al menos la retransmisión sería totalmente impecable y sin ningún tipo de fallo técnico. Bien, esta no fue la ocasión para demostrarlo. Los constantes y poco disimulados descuidos rebajaron esa calidad que se supone debe haber en una ocasión como la que nos ocupa. Si existe realmente un momento para lucir el talento de quienes hacen del cine español lo que realmente es (absténganse aquellos empeñados en repetir que lo que aquí se hace es cine de segunda), ese era el momento. Nunca una buena oportunidad estuvo tan desaprovechada.

 

20160206-635903977695471076_20160206232516-kCxF-U3019516286404I-992x558@LaVanguardia-Web

 

Sin embargo, sí pareció que era la ocasión para echar la vista atrás y ofrecer a los espectadores una buena dosis de humor y espectáculo del pasado. Resulta incluso gracioso el modo en que se interrumpían los discursos de los premiados. De hecho, en algunos momentos resultaba incluso cómico ver cómo, en medio de una interminable lista de nombres a los que agradecer el premio, quien se encontraba en el escenario era callado a golpe de introducción de un vídeo. No se puede negar que la duración de los discursos es abrumadora. Pero no estaría de más buscar esa fórmula mágica que no resultase humillante para quien se encuentra en el que probablemente sea el momento profesional más feliz de su vida.

Y hablando de mirar hacia un pasado que puede que fuese mejor, ¿recuerdan aquellos anticuados y bizarros programas de variedades que tanto se pusieron de moda en los noventa? Ese fue precisamente el tono sobre el que se construyó la que se supone que ha de ser nuestra fiesta del cine. Quizá se trataba de un homenaje, quién sabe. No obstante, si esa era la intención, quedó tan desproporcionada como lo fueron los aplausos que podían escucharse de vez en cuando durante la proyección del siempre doloroso In memoriam. Hubo quien recibió un aplauso y hubo quien pasó por la gran pantalla del escenario sin pena ni gloria. Y, no nos engañemos, no hay mayor falta de respeto que esa.

 

1dfb8fa1-993c-4382-862a-26b413a50da8

 

La gala de los premios Goya deja tantos cabos sueltos como películas que optaban a una nominación (144 para ser exactos). Estos galardones, a riesgo de caer en una trampa, tienden a premiar prácticamente lo mismo cada año. Quizá es el momento de olvidar los límites, ampliar el número de nominaciones y fijar la atención también en aquellas películas cuya repercusión mediática no ha sido tan elevada. Un largometraje cuya presencia en la cartelera no ha sido extremadamente excesiva no ha de ser castigado, sino juzgado del mismo modo que aquellos que sí han logrado una buena recaudación.

Celebrar el 30.º aniversario de los premios cinematográficos más importantes de nuestros país tendría que ser esa excusa que poco se utiliza para esforzarse más y ofrecer ese espectáculo que tantísimo hace falta en los Goya. Si miramos hacia atrás, los errores cometidos son exactamente los mismos. Puede que sea una cuestión de pereza creativa, que al fin y al cabo parece la causa principal para el tedio que muchas veces se produce en este tipo de ocasiones. Quizá la culpa es de la mala costumbre a hacer de estas ceremonias un momento perfecto para desatar las preferencias políticas, para agradecer el premio hasta al geranio que el ganador en cuestión tiene en el balcón o para olvidar que en este país se hace mucho más cine del que se empeñan en hacer visible.

 

 

Sheyla López

No hay comentarios