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AAAAAAAAAAANicole Kidman se ha convertido, por derecho propio, en una de las mayores leyendas del Hollywood contemporáneo. No importa que la recaudación de todas sus películas juntas no sume ni las cifras alcanzadas por la última de Marvel. Un talento apabullante, papeles arriesgados en películas minoritarias o grandes producciones y presencia imponente en pantalla han hecho de la actriz australiana el comodín perfecto para que cualquiera la incluya entre sus actrices favoritas. O así era hasta hace diez años. De un tiempo a esta parte, tanto el público como la crítica especializada iniciaron una campaña de desprestigio basada siempre en la misma premisa: “Tiene tanto bótox en la cara que es imposible reconocer sus expresiones faciales”. En un negocio donde reina la hipocresía y Olivia Wilde es demasiado vieja para interpretar a la mujer de Leonardo DiCaprio (aun siendo él diez años mayor), cualquier actriz que intenta rejuvenecer es objeto de burla (si tienes más de 30, debes disputarte los papeles de abuela preocupada con Sally Field). Y si no que se lo digan a Renée Zellweger. En cualquier caso, Kidman ha admitido que el bótox fue un error y supo reírse de sí misma con un personaje que lo llevaba hasta el paroxismo en Sígueme el rollo.

 

LOS COMIENZOS Y EL CRUISING

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La actriz comenzó su andadura cinematográfica en 1983 participando en diversas películas y miniseries australianas (la más popular, Bangkok Hilton, junto con Hugo Weaving), y pasaron seis largos años hasta que consiguió participar en una cinta comercial para el gran público: Calma total era un reivindicable survival marino donde ella, su larga y pelirroja melena y Sam Neill combatían a un demente Billy Zane sin camiseta.

Actrices que hoy suplicarían por un pequeño papel en Sharknado 4 como Brooke Shields, Heather Locklear o Meg Ryan rechazaron en su momento ser el interés amoroso de Tom Cruise en Días de trueno, y este, que se había quedado prendado de la australiana en Calma total, no dudó en recomendarla para el papel. El primer trabajo hollywoodiense de Nicole Kidman fue un taquillazo que le proporcionó fama, dinero y marido. Entraba por la puerta grande. Tan solo dos años más tarde, y bajo las órdenes de Ron Howard, rodaba de nuevo junto a Cruise (porque el morbo vende) el wéstern romántico Un horizonte muy lejano.

A partir de ahí llegaron proyectos donde daría a conocer su vena más dramática (Retrato de una dama, Mi vida), otros con los que demostraría saber interpretar al florero (Batman forever, Billy Bathgate) y thrillers caducos que envejecieron fatal (Malicia, El pacificador).

La tercera y última colaboración con su exmarido Tom Cruise se produciría siete años después, con la película póstuma de Stanley Kubrick. En Eyes Wide Shut se desencadena la tormenta cuando el personaje de Kidman le confiesa el sueño erótico que ha tenido con otro hombre. Los rumores apuntaban a que un tenso rodaje (el director propiciaba malentendidos entre los dos protagonistas con vistas a que estos repercutieran en sus interpretaciones) pudo ser el desencadenante de la separación de los Brangelina de los 90. En cualquier caso, la carrera de Kidman vivió su etapa de mayor esplendor cuando se deshizo de Cruise.

 

LA CONSOLIDACIÓN DE LA LEYENDA

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Cualitativamente, Nicole Kidman vivió sus mejores años como actriz entre 1999 y 2004. Tras Eyes Wide Shut llegó su primera y única participación en el cine patrio de la mano de Alejandro Amenábar en Los otros. Aunque en un principio la actriz se mostró reticente a participar en una cinta tan oscura, al final cambió de idea gracias a su por aquel entonces cienciólogo marido. Hoy en día, Kidman afirma que Los otros es una de las películas de las que más orgullosa se siente. Más de seis millones de españoles la vieron en aquel terrorífico híbrido que bebía de Suspense y dejaba noqueados a los espectadores al acabar el metraje. La xenofobia de los votantes de los Goya no permitió a la australiana recoger un merecidísimo premio que recayó en manos de Pilar López de Ayala por soportar a Felipe el Hermoso en Juana la Loca.

En 2001 llegaba también a las pantallas la epiléptica Moulin Rouge. Aunque el rodaje empezaba dos años antes, se paralizó por un accidente: la australiana se rompió dos costillas y se lesionó la rodilla tras caer del columpio desde donde cantaba Diamonds are a girl’s best friend. Escarmentada de los musicales, rechazó protagonizar Chicago, y su dolorida rodilla le impidió también ser la estrella de La habitación del pánico. En cualquier caso, a pesar del infernal rodaje, Kidman demostró ser una actriz eficaz en todos los registros y encima saber cantar, bailar, sobreactuar y morir. Satine es probablemente el personaje más icónico de su carrera y le ofreció su primera nominación al Oscar. Ser la favorita en todas las quinielas no sirvió de nada, y quien acabó recogiendo la estatuilla fue Halle Berry por Monster’s Ball, pero los enormes éxitos cosechados por Los otros y Moulin Rouge la convirtieron en la actriz del año y sentaron las bases de una leyenda.

Las horas, el maravilloso drama de Stephen Daldry que coprotagonizaba junto con dos de las mejores actrices de la actualidad (Meryl Streep y Julianne Moore), le proporcionaba su único Oscar a Mejor actriz (por unos escasos 30 minutos en pantalla) hasta la fecha. No hay ni rastro de la actriz en su interpretación de Virginia Woolf, donde Kidman se funde en la piel de la escritora de Mrs. Dalloway. ¡Y por fin una nariz postiza bien colocada! Sedienta de más galardones para su estantería, la actriz se embarcó en Cold Mountain, una cinta sobre un romance durante la guerra de Secesión que era, a su vez, dos películas en una: una road movie en la que Jude Law se encontraba con personajes muy variopintos, y una buddy movie entre Kidman y Renée Zellweger. En cualquier caso, la película cosechó grandes cifras en taquilla y un montón de premios, pero absolutamente todos fueron para su compañera de reparto.

 

PERSONAJES ARRIESGADOS

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Si hay una constante en la carrera de la actriz es su ansia por probar cosas nuevas y no encasillarse en un tipo de personaje. Kidman ha interpretado una enorme variedad de papeles, y una de sus mayores virtudes es su gusto por los roles arriesgados, que, además de resultar más interesantes, la han ayudado a forjar una trayectoria llena de extravagantes personajes.

Sabedora de que hay que echarle morro a la vida, cuando descubrió que Meg Ryan (¡otra vez!) había rechazado el rol principal, no dudó en telefonear a Gus Van Sant para conseguir protagonizar, en 1995, Todo por un sueño. “Hola, Gus. He visto Drugstore cowboy y me encantaría trabajar contigo. Estoy destinada a trabajar contigo”. No es un razonamiento demasiado elaborado ni ingenioso, pero se salió con la suya y consiguió encarnar a la icónica Suzanne Maretto, un personaje arriesgadísimo para la filmografía de cualquier estrella emergente (recordemos que, en aquella época, todavía no era nadie importante), y que le reportó un Globo de Oro, pero una comentadísima ausencia en los Oscar (incluso Sean Penn le escribió una carta mostrándose indignado con la Academia). En cualquier caso, el legado de semejante interpretación ha sido mayor de lo que pensábamos: tanto Reese Witherspoon en Election, como Charlize Theron en Young adult reconocieron haber aceptado sus respectivos roles tras ver la interpretación de Kidman en tal moralmente nauseabundo personaje, y hasta Rosamund Pike ha afirmado inspirarse también en ella para su composición de Amy Dunne en Perdida.

Tras su victoria en los Oscar con Las horas, la actriz se embarcó en el proyecto más arriesgado de su carrera. Lars Von Trier utilizaba un único escenario, sin apenas decorado, y delimitaba los espacios con tiza para representar todo el pueblo de Dogville. La actriz había reconocido que Rompiendo las olas era una de sus cintas favoritas y, ansiosa por trabajar con el director, se embarcó en este salto al vacío, a pesar de que ya le habían advertido del carácter de Von Trier. “He trabajado con Kubrick, malo será” debió pensar ella. Un rodaje infernal, múltiples conflictos (“A veces Lars es muy duro conmigo y me hace sentir un poco incómoda”), personalidades excéntricas (en Dogville Confessions vemos a Kidman recomendarle a Von Trier que se deje de bromitas entre toma y toma) y rumores loquísimos (algunos medios llegaron a comentar que el director danés había agredido físicamente a la actriz) no pudieron empañar la percepción de estar ante una verdadera obra maestra del siglo XXI, que radiografiaba de forma cruel una sociedad podrida (global, no solo norteamericana) y que incluía un final de esos que desencajan mandíbulas. Dogville es la primera entrega de la trilogía americana que continuó en Manderlay (con Bryce Dallas Howard en el papel que previamente había interpretado Kidman), y debería poner punto y final Wasington (sin h), de la cual sigue sin haber noticia alguna.

Poco después llegaría Reencarnación, la segunda película del cineasta de culto Jonathan Glazer (Under the skin) que escandalizaba a medio mundo por una escena de bañera y un beso entre la actriz y un niño, demostrando que medio mundo tiene el cerebro del tamaño de un mosquito. Una actuación prodigiosa en una cinta de atmósfera asfixiante e hipnótica demostraba de nuevo que Kidman es una de las mejores y más arriesgadas actrices del siglo XXI. Y aquel larguísimo plano fijo sobre su rostro solo confirmaba la evidencia.

Nadie recuerda El chico del periódico porque nadie la vio. Lee Daniels se la pegaba a lo grande con un drama sureño plagado de momentos trillados. Kidman interpretó al personaje más controvertido de su filmografía: una bronceada cuarentona hambrienta de amor (y sexo) que se enamora de un presidiario al cual no ha conocido. La cinta cuenta con las dos escenas más extravagantes de su carrera: la actriz orinando sobre el pecho de Zac Efron y una masturbación cara a cara entre ella y John Cusack con testigos presenciales. Poco después llegaría la más prestigiosa, Stoker, primera incursión en el cine norteamericano del surcoreano Park Chan-wook, donde interpretaba a la inestable madre de la todavía más inestable Mia Wasikowska. Un personaje que es casi el símil perfecto de su filmografía en los últimos años: avasallada por carne más fresca (el Hollywood implacable y sus escasas oportunidades a actrices de más de 40) y totalmente perdida.

 

LA BRUJA

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Aunque probablemente Jennifer Aniston la considere la mayor bruja de Hollywood (recordemos que la australiana acabó desentendiéndose del papel que luego interpretaría Angelina Jolie en Sr. y Sra. Smith, hundiendo así la vida amorosa de la protagonista de Friends), Kidman solo ha interpretado a la bruja, en el sentido literal, en un par de ocasiones: en Prácticamente magia (una comedia dramática sobre la maldición de ser bruja que acababa con un aquelarre un poco vergonzoso, pero más feminista de lo que parecía) era la hermana broncas de Sandra Bullock; en Embrujada, la adaptación cinematográfica de la serie de los años 60, Kidman se recorrió medio mundo ofreciendo entrevistas promocionales en las que contoneaba la nariz igual que la bruja protagonista como si fuese un mono de feria. La química con Will Ferrell en aquella cinta fue tan nula como el vergonzoso guion, y probablemente ninguno de los implicados quiera recordarla.

Únicamente ha interpretado a la villana de la película en otras dos cintas, ambas para un target más infantil (aunque infantil hasta cierto punto): La brújula dorada sorprendió no por su descalabro económico en EE. UU., que obligó a cancelar cualquier plan de secuela (aunque el resto del mundo sí fuese un éxito), sino por un uso de la violencia fuera de los parámetros del cine infantil o juvenil (esos osos polares peleando podrían traumatizar a cualquiera); en Paddington dejaba atrás el papel de mala glamurosa para convertirse en la Cruella de Vil del siglo XXI, mala malísima e igual de patética (en el sentido menos peyorativo del término).

 

LA ETAPA GRIS

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Tras unos prolíficos años en la cresta de la ola, la actriz se relajó con papeles menos intensos en películas más accesibles a todos los públicos. En 2005, el rodaje de Las mujeres perfectas tuvo muchas complicaciones, y la incertidumbre era tal que incluso ella misma comentó “la película es una comedia. O eso esperamos que sea”. Los cien millones recaudados mundialmente habrían sido un éxito de no ser porque este remake de Las mujeres de Stepford costó lo mismo, sin contar gastos de promoción. El alma noventera de La intérprete estaba concebida para ser La película de la semana en La 1, y aunque tuvo críticas decentes y una buena taquilla, pocos la recuerdan. Retrato de una obsesión era un homenaje a la fotógrafa Diane Arbus en el cual Robert Downey Jr. todavía no vivía de interpretar a Robert Downey Jr.; era una cinta pequeña con distribución minúscula. Invasión, el remake de La invasión de los ladrones de cuerpos, fue uno de sus mayores fracasos, y le endosó definitivamente el título de “veneno para la taquilla”. Cuatro años sin levantar cabeza y en proyectos tan olvidables le hicieron un daño del que todavía no se ha recuperado.

Australia era, ya desde su épico título, el gran retorno de la actriz para el público masivo. Aunque los norteamericanos la ignoraron sin piedad, el resto del mundo sí acudió a ver cómo la mujer blanca le canta Somewhere over the rainbow al niño negro, pero nadie salió especialmente entusiasmado tras tres excesivas horas de amoríos y aventuras (sobre todo teniendo en cuenta que la película tiene un final cerrado a la hora y media de metraje). Y aunque Kidman afirmó que el rodaje había sido una de las mejores experiencias de su vida, tras ver su actuación comentó: “No puedo ver esta película y estar orgullosa de lo que he hecho; me es totalmente imposible conectar emocionalmente con esto”. Pero por lo menos salió sana y salva tras su segundo rodaje con Baz Luhrmann y no convertida en saco de boxeo, como en Moulin Rouge.

Nine estaba diseñada para arrasar en la carrera de premios: contaba con actores de primer nivel (Daniel Day-Lewis, Judi Dench, Marion Cotillard…) y con el director y los implicados en Chicago, se basaba en una popular película de Fellini… Pero la cinta no tenía alma, y el resultado fue otro enorme fiasco. Ni el morbo de volver a ver a Nicole Kidman sacarse la peluca o volver a tenerla cantando acercó al público a las plateas.

 

LOS AÑOS MÁS OSCUROS

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Con Rabbit Hole, Nicole Kidman logró su tercera y (hasta el momento) última nominación al Oscar (sí, solo la han nominado tres veces esos sinvergüenzas). Fue un reconocimiento que sorprendió a todos, puesto que la australiana ya llevaba años fuera de cualquier radar de galas y premios. Kidman ejercía también como productora en una cinta que, misteriosamente, nos llegó directa al mercado doméstico, y donde componía uno de los papeles más dramáticos de su carrera. Y a partir de ahí todo fue cuesta abajo.

Los siguientes proyectos de la actriz no estuvieron, en general, a la altura de su talento. En Sígueme el rollo, una cinta protagonizada por Adam Sandler y Jennifer Aniston (ese era el nivel) era secundaria; Bajo amenaza era una cosa inenarrable en la que estaba casada con Nicolas Cage y que apestaba a decadencia; Un largo viaje aburría a los cuatro gatos que la vieron; No confíes en nadie era el típico thriller con buenos actores pero un guion demencial que lo arruinaba todo y la tv movie Hemingway & Gellhorn parecía un intento desesperado por aupar un poco su carrera y la del también perdido Clive Owen.

Entre medias hubo mucha expectación por la revisión de algunos pasajes de la vida de Grace Kelly, que fue interpretada por Kidman en Grace de Mónaco. La película inauguró Cannes 2014 y las atroces críticas la apartaron de cualquier opción en la temporada de premios. La propia australiana reconoció que la cinta no funcionó como se esperaba (a pesar de sus esfuerzos). El productor Harvey Weinstein, perro viejo, se las ingenió y guardó la película en el cajón hasta que finalmente fue emitida por la televisión por cable Lifetime en mayo de 2015, aunque en el resto del mundo sí tuvo distribución en cines. Al final, y gracias a la estrategia de convertirla en película para televisión, rascó un par de nominaciones a los Emmy.

Otros proyectos de la australiana que todavía no han llegado a nuestras fronteras (ni tenemos noticia de cuándo lo harán) son Strangerland, Queen of the Desert y The Family Fang, confirmando que, en la actualidad, Kidman no tiene el tirón comercial de antaño. En cualquier caso, no debemos desesperar. Sus próximos trabajos parecen arrojar algo de luz sobre su carrera: el musical How to Talk to Girls at Parties, la nueva película de Sofia Coppola (The Beguiled) o la miniserie de HBO Big Little Lies pueden suponer el gran retorno de la actriz.

Este mes llega a nuestras carteleras El secreto de una obsesión, remake de El secreto de sus ojos con el cual Hollywood pretendía lucrarse de la aclamadísima cinta de Juan José Campanella. El resultado ha sido, como era de esperar, nefasto. Porque en la meca del cine todavía no saben que los remakes tienen más posibilidades de éxito cuando la cinta original es mediocre y fácil de mejorar. Y este no era el caso.

 

Pelirroja con alma, solidaria (en su última boda los invitados no se pagaban el plato, sino que tenían que donar dinero a diferentes ONG), heroína (supuestamente salvó a Hugh Jackman de ser mordido por una serpiente venenosa), ex roommate de Naomi Watts y la causante de que Kate Winslet tenga un Oscar (prefirió volver a ser madre en vez de rodar The Reader), la australiana ha hecho más por la humanidad que muchos de nosotros.

En cualquier caso, debemos saber apreciar a Nicole Kidman como lo que es: una actriz valiente que, hasta en sus momentos más bajos, ha seguido arriesgando con personajes extravagantes, que no tiene fobia a ningún género (pocas de las actrices “respetables” de hoy en día se dignan a que su nombre aparezca en el póster de alguna película de terror), que ha trabajado con algunos de los más prestigiosos directores de cine de la historia y a la que no se le han caído los anillos por interpretar a personajes secundarios con apenas peso en la trama. A ello hay que sumarle un puñado de películas que ya forman parte de la cultura popular y un talento inconmensurable. Ojalá sus prometedores futuros proyectos vuelvan a ponerla en la cresta de una ola de la que jamás debió caer.

 

Jose Cruz

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