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Robert de Niro El Palomitrón

Pese a que muchos lo sitúan entre 1964 y 1976, se podría decir que la época conocida como new Hollywood abarca desde el estreno de Bonnie y Clyde y El graduado (1967) hasta Corazonada (1982). Un periodo donde se cambió drásticamente la forma de hacer cine en Estados Unidos, una industria herida de muerte que resurgió gracias a la ambición y la necesidad de mostrar una realidad diferente de un grupo de jóvenes hoy convertidos en mitos de la historia del cine.

A finales de la década de 1950 el sistema de estudios de Hollywood presenciaba angustiado como su mina de oro hacia ascuas ante un cambio en la mentalidad de la población estadounidense que comenzó a forjarse a raíz del final de la segunda guerra mundial. La sociedad norteamericana experimentaba un crecimiento económico y un cambio en la forma de comprender la vida y la juventud había conocido el nacimiento y la repentina muerte de un icono masculino que se alejaba de esos actores engominados y perfectamente trajeados; su nombre: James Dean.

James Dean y el New Hollywood en El Palomitrón

La figura de ese arquetipo social, un ser marginal e incomprendido que en su lozana rebeldía guarda un profundo resentimiento y dolor por verse envuelto en un mundo que no le comprende, caló hondo en la juventud de la década de los 50. Ese cariz amargo y poético con atisbos shakespearianos pero aderezado con una estética greaser y una adicción a la velocidad dieron lugar al nacimiento de un nuevo cliché masculino en el sistema de estudios que, ya caduco y falto de ideas, necesitaba regenerarse con urgencia. Sin embargo, la repentina muerte de James Dean y su mitificación posterior no solo sirvió a las majors para embolsarse una buena fortuna con productos de merchandising, sino que además les propicio la oportunidad perfecta para adoptar ese nuevo rol de hombre atormentado que vive la vida bajo el lema de “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”.

El New Hollywood en El Palomitrón

Pese al éxito arrollador de Dean, los intentos de las grandes productoras por buscar nuevos rebeldes en actores como Paul Newman o Warren Beauty no dieron los frutos esperados, ya que no llegaron a convertirlos en iconos vivientes. Ante tal varapalo económico comenzaron a invertir ingentes cantidades de dinero en superproducciones históricas, generalmente acudiendo a relatos bíblicos, que, pese a su grandiosidad, resultaban aburridos para ese público que demandaba urgentemente algo más que finales felices y colosales producciones.

Cambio en la figura del director, la oleada europea de la nouvelle vague

El New Hollywood en El PalomitrónUno de los principales fallos del sistema de estudios era la falta casi total de libertad artística. Como apuntábamos en el especial sobre Orson Welles, fue precisamente este con su desobediencia y su vesania quien consiguió abrir una milimétrica veda por la que luego entrarían toda esa afluencia de cineastas que querían cambiar la forma de hacer cine en su país.

Aunque no todos los méritos pueden atribuirse a Welles, cierto es que él sirvió como antecesor para muchos de aquellos jóvenes cineastas; sin embargo, el motivo que hizo despertar a las adormiladas majors fue la influencia europea que golpeaba con fuerza su industria. Al inicio de la década de los 60, Norteamérica ya no se posicionaba como la gran urbe del séptimo arte, ya que el aire fresco y refinado de Francia se abrían paso en ese mar de naftalina en el que se encontraba sumergido Hollywood.

El New Hollywood en El Palomitrón

Fue precisamente la forma de hacer cine de los franceses la que sirvió en ciertos aspectos de inspiración para esa nueva creación cinematográfica. Sus películas no solo presentaban aspectos cotidianos del ser humano tales como el desamor, la soledad, la sinrazón o la política, sino que además los englobaba en un ambiente coloquial. El cine europeo no mostraba escenarios lujosos ni exuberantes joyas: reflejaba el día a día de personas con problemas normales en ciudades que, presentadas desde una romántica visión, eran testigos de sus miserias y alegrías. Un punto de vista que se veía reforzado por la estudiada y elegante estética de sus actores: el maquillaje de Anna Karina, las americanas y jerséis de cuello alto de Belmondo, los peinados de Brigitte Bardot… Todo ello preparado para hacer de los actores no solo protagonistas de la sinopsis de sus películas, sino además iconos de la moda que bañaría las calles en una década donde el crecimiento económico era el motor que movía a la población.

En el cine europeo la figura del director era de vital importancia (no era tanto la película de una productora, sino del director). El público europeo asistía maravillado al último estreno de Godard o Truffaut. Ellos eran la marca. En definitiva, cada uno con su estilo definido aplicaba una estética en la forma de narrar sus películas que le daban un sello referencial, algo que en Norteamérica (a excepción de algunos cineastas como Billy Wilder u Orson Welles) no existía. Fue precisamente esa necesidad de otorgar más personalidad al director lo que salvo a esa malherida industria que, con la muerte de mitos como Humphrey Bogart, Clark Gable o James Dean había comenzado la década de los 60 de forma agonizante.

Truffaut El Palomitrón

En la nouvelle vague el cine de autor adquiere importancia en la nueva forma de narrativa cinematográfica. La obra debe ser contada como el artista la sienta, no debe haber una imposición desde arriba. No es una cuestión de dinero; es arte. Y es precisamente esa concepción del cine como elemento meramente artístico lo que impulsa a los nuevos cineastas a revelarse contra esas formas tradicionales de narrar historias.

El sentimiento que unía a los cineastas norteamericanos que sacudieron Hollywood a finales de los años 60 y los realizadores europeos era la necesidad de crear una revolución, llevar las obras a un plano personal y plasmar con ellas una parte de su interior, de modo que sirviese como elemento de comunicación entre el director y el espectador. Pero ¿cómo influiría esa nueva forma narrativa en el público? Realmente todo se cohesionó y guardó una relación lógica. En Europa comenzó a existir un segmento de personas que apostaban por visitar cineclubs y empaparse de todo tipo de apuestas sorprendentes y relevantes en el panorama cinematográfico. Había una necesidad intelectual en el aire; ya no se buscaba solo el entretenimiento, sino también la reflexión. El cine debía inspirar de la misma manera que lo hacía un libro de poesía, había que sacudir el interior del espectador.

Lo que caracterizaba el cine francés de los 60 era el uso de la luz natural, planos exteriores, bajo presupuesto y una exquisita improvisación en cuanto a guion e interpretaciones. Títulos como Los 400 golpes (1959), de François Truffaute Hiroshima mon amour (1959), de Alain Resnais, fueron pioneros de esa nueva corriente que influyó de forma determinante en el cine francés y, en su defecto, en las nuevas formas cinematográficas europeas.

Cine francés años 60 El Palomitrón

La cultura cinematográfica forjada a raíz de la crítica de sus realizadores, unida a su deseo de utilizar las películas como una forma de autoconocimiento personal y su necesidad de explorar las posibilidades del uso de la cámara y el montaje, convirtieron estas premisas en los mandamientos del cine de autor. Unas necesidades que los nuevos cineastas norteamericanos demandaban; no se trataba de crear historias vacías y banales, ellos querían profundizar en los problemas que golpeaban a la sociedad, y el séptimo arte debía servir como un elemento para revindicar emociones, no para adormilar a las masas. En definitiva, se creó un concepto nuevo para esa forma artística surgida a principio de siglo, el cine había dejado de ser un pasatiempo para convertirse en una herramienta para transmitir mensajes revolucionarios.

Nuevos temas en Hollywood: Vietnam y el movimiento hippie

Easy Rider y el New Hollywood en el Palomitrón

Mientras Europa bebía de esa nueva corriente cinematográfica, Estados Unidos vivía la década de los 60 con una dualidad claramente diferenciada.

Aquellos años habían comenzado con la trágica muerte de JFK y la icónica actriz Marilyn Monroe. Las universidades acogían cada año a estudiantes que querían contribuir a mejorar su país, y la educación universitaria provocó cambios en la forma de pensar de los jóvenes. Además, el inicio del movimiento hippie y la evolución musical influyeron notablemente. Un período que había trascurrido con relativa tranquilidad pero que, sin embargo, se cubrió de amenaza en su ocaso. La muerte de músicos y actores como Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Jim Morrison o Sharon Tate (asesinada a manos de la familia Manson) dejaron huella en los norteamericanos.

El sentimiento patriótico que había inundado el espíritu estadounidense de los años 40 y 50 dejó paso a un desengaño con las formas de gobernar el país: la Norteamérica rancia y puritana no casaba con la mentalidad de la generación que marcaría el futuro de los Estados Unidos. El rechazo a las guerras y las nuevas formas de concebir la vida habían enfrentado a las dos generaciones que servían como pilares para la nación estadounidense; lo mismo sucedió con el cine.

El comienzo de algo nuevo

Movimiento hippie El Palomitrón

Con la muerte y retirada de las grandes estrellas de los años dorados y la decadencia de las majors lideradas por magnates del tiempo del cine mudo, la necesidad de regenerar la temática de las nuevas producciones era vital para salvar a la industria que había revolucionado las concepciones artísticas durante la primera mitad del siglo XX.

El inicio de los años 70 en Estados Unidos estuvo marcado por un cambio drástico que, aunque ya se venía fraguando durante la segunda mitad de los 60, dividió definitivamente a la sociedad norteamericana.

La juventud había sido testigo de la muerte de ídolos por el consumo excesivo de drogas. El movimiento hippie, también llamando “la generación Woodstock”, había presenciado cómo sus ideas pacíficas y su concepción del amor libre se habían visto enturbiadas por esas sustancias psicotrópicas que no eran más que veneno disfrazado de felicidad.

Por otro lado, la guerra de Vietnam había sacudido la conciencia de las masas, un conflicto bélico que había provocado que 400 universidades se manifestasen mostrando su descontento. Además , el escándalo Watergate provocó en los norteamericanos un estado de desconfianza e intranquilidad que se acrecentó en el sector más joven, donde ya no veían al gobierno como sus amigos, sino como corruptos y mentirosos que solo deseaban cubrir sus malas prácticas con mensajes moralizantes y la manipulación de los medios. Todo ese cóctel molotov comenzó a reflejarse en las películas de la década; había nacido el new Hollywood. 

¿Quieres saber más? El nacimiento del new Hollywood (II)

Claudia BM

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