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La creación de tensión en la gran pantalla parecía algo que estaba condenado a desaparecer paulatinamente de nuestras vidas para dejar paso a unas películas aburridas y terriblemente manidas que no hacen sino convertir el thriller en una excusa más que en una razón. Sin embargo, sí hay un fino rayo de luz que hace que no se pierda esa esperanza en el suspense. Este bien podría ser Money Monster, el nuevo y casi trepidante experimento de Jodie Foster.

Lo cierto es que no se puede negar que Jodie Foster se ha puesto al frente de algún que otro tropezón, sin que eso haya minado sus ansias de dar que hablar tras la cámara. Money Monster es, a grandes rasgos, una buena excusa para darse cuenta de lo mucho que se llega a echar de menos el thriller pero sin pasarse, sin llegar a creer que este largometraje supondrá esa tregua con el suspense que algunos llevan tiempo esperando. Y ese es, sin duda, el gran traspiés que se va a encontrar el espectador.

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La contraposición que se produce entre lo que George Clooney es en Money Monster y lo que la avaricia, la codicia y las ganas de llenarse los bolsillo del modo que sea sin tener en cuenta las (fatales) consecuencias es el hilo conductor de un thriller condenado a convertirse en conversación para hoy y silencio para mañana. No encontrarán en él lo que buscaron en otras cintas similares, ni se convertirá en la película salvadora de quienes adoran morderse las uñas de tensión, pero serán ustedes testigos de cómo un buen juego de guion y montaje pueden atraer esa atención que parecía desvanecerse en el primer acto.

Sin llegar a convertirse en aquello que busca casi desesperadamente, Jodie Foster construye una red de sucesos que, en alguna ocasión, parecen colocados ahí más por fortuna que por continuidad. Esto se traduce en la pérdida de esa verosimilitud que parece atribuida por derecho a esta historia y, como consecuencia, en el sinsentido que se esconde detrás de cada secuencia, al menos, del primer acto. Es difícil negar que, según avanza la cinta, encontramos un pequeño reducto de esperanza que hará que el espectador confíe de nuevo en el poder del grupo Foster-Clooney-Roberts-O’Connell (quien, por cierto, constituye un personaje de mayor valor que el de Clooney, por mucho empeño que haya en lo contrario).

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Pero si hay algo que de verdad hay que agradecer a Money Monster es la irremediable sensación de que, pase lo pase, es tan actual como encender un telediario y deleitarse con las fechorías de quienes tienen las manos largas y empatizar con quien realmente sufre las consecuencias de una avaricia desmesurada que raya lo estratosférico. Una película con una temática tan acorde con la perenne situación que nos ha tocado vivir no hace sino despertar esa conciencia que todavía podría estar dormida. Lo que un informativo no consiguió quizá lo logren las payasadas de George Clooney y la certeza de un programa de televisión; al fin y al cabo, es tan solo eso.

El baile de protagonismos no da tregua a casi nadie en el transcurso de Money Monster: cuando el personaje parece agotado, hay otro que toma el relevo y consigue elevar un poco más lo parecía perdido por completo. Se puede llegar a la conclusión de que la estafa económica, las charlas victoriosas de quienes lograron engordar sus cuentas bancarias a costa de la picardía y la fuga de consecuencias es casi un tema en sí mismo, una cuestión que soporta el peso del pasado y de los argumentos de largometrajes anteriores que hicieron un experimento parecido. Aun con todo, Money Monster es la demostración de que, quizá, no todo cambio significa diferencia ni todo thriller supone novedad.

 

LO MEJOR:

  • Nadie va a poder quitarle el rango de entretenimiento.
  • Esos pequeños chistes que se cuelan sin venir demasiado a cuento.
  • George Clooney. Pocos saben hacer lo que él hace por naturaleza.

LO PEOR:

  • Es probable que suponga una decepción. Ni es para tanto ni se puede esperar demasiado.
  • No hay tensión dramática, ni tampoco un rastro de inteligencia narrativa. Es correcta y poco más.

 

Sheyla López

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