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MALDITOS VECINOS. Crítica. cine y estrenos en El Palomitrón.

 

Mientras por estos lares celebramos y reimos el humor de OCHO APELLIDOS VASCOS acudiendo en masa a las salas y poniendo nuestro granito de arena para elevar la última comedia de MARTÍNEZ LÁZARO a la categoría de fenómeno social, llega a las carteleras la otra opción: MALDITOS VECINOS. Si en el caso de la primera una de las claves del éxito está siendo apelar a nuestra cultura popular humorística (algo que inexplicablemente se ha trillado y machacado en el formato de los monólogos, pero no así en el cine), en el caso de ésta última la baza a jugar es el humor americano adolescente de siempre, aderezado y acentuado en los últimos años con una fuerte incorrección política. El conocido tema de las fraternidades universitarias (casi un subgénero dentro de la comedia norteamericana) es el elemento que utiliza NICHOLAS STOLLER (TODO SOBRE MI DESMADRE o ETERNAMENTE COMPROMETIDOS) para provocar el conflicto entre unos vecinos recién mudados a un barrio residencial, que aspiran a disfrutar de una vida tranquila con su recién llegado bebé, y los integrantes de una fraternidad que encuentran en la casa de al lado su perfecta base de operaciones para organizar todo tipo de saraos con los ingredientes básicos (e imprescindibles) para este tipo de fiestas: alcohol, chicas, drogas, sexo y música a todo volumen.

 

MALDITOS VECINOS. Crítica. cine y estrenos en El Palomitrón.

 

Todos los fans de la nueva comedia adolescente americana estáis de enhorabuena porque no sólo os vais a encontrar con el tratamiento irreverente y agamberrado que acompañan casi toda la filmografía de SETH ROGEN, sino que además la película rescata el últimamente olvidado tema de las hermandades universitarias, aunque sea para caricaturizarlas al máximo. Ciertamente no es un tema nuevo, así que lo único que queda es confiar en el carisma de sus dos protagonistas, SETH ROGEN y ZAC EFRON, para atraer al público a las salas y darles lo que esperan. La eterna lucha entre vecinos provoca un pulso de situaciones que funcionan mejor o peor, más que nada porque la mayoría de los gags ya los hemos visto y quizás MALDITOS VECINOS funcione mejor en algunos capítulos que, aún carentes de originalidad, brillan como pequeños sketches elevados sobre el conjunto (la visita al despacho de la decana, más preocupada por la imagen y las RR.PP. de la universidad que de censurar comportamientos poco éticos, o nada éticos directamente, de sus alumnos; o esa crítica, durísima, hacía el líder de la hermandad, condenado a vivir sus años de esplendor sólo mientras dure la universidad).

 

MALDITOS VECINOS. Crítica. cine y estrenos en El Palomitrón.

 

Así, mientras SETH ROGEN hace lo de siempre, que no es poco, dando vida a un personaje que no ha terminado de madurar (de ahí que presuma de conocer y controlar el lenguaje y las conductas juveniles) y está obligado a encauzar su vida por los formales derroteros que la sociedad le impone (pareja, trabajo, niño, casa y barrio nuevos, y todo en ese orden), ZAC EFRON asume el rol de ese universitario que vive por y para ser el líder de la pandilla. Guapo, carismático, pérfido y listo, pero no tanto como para darse cuenta de que todo son etapas y que su realidad tiene los días contados.

Un filme que asegura el buen rato y será más o menos disfrutado según el grado de implicación de cada espectador con los usuales recursos de la comedia adolescente americana. Las hay mejores, sí, pero también bastante peores.

 

LO MEJOR:

  • ZAC EFRON.
  • Las líneas del guion, que ayudan a que perdonemos situaciones poco originales y disfrutemos de lo que estamos viendo.
  • Todos los guiños cinéfilos de la película (algo también muy usual).

LO PEOR:

  • La sensación de “esto ya lo he visto” que acompaña a muchas secuencias, en especial las de las fiestas.

 

 

Alfonso Caro

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.

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