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En los últimos años, hemos asistido a la reinvención del cine patrio en sus más clásicas vertientes, pero ante todo, a la invención de un nuevo estilo cinematográfico proveniente de las nuevas generaciones. “Tardíos” revolucionarios capaces de importar a nuestras pantallas el concepto cine independiente, y hacer de este algo ya inseparable con el séptimo arte español, dotando de personalidad no sólo a sus producciones sino a una variante cinematográfica que, calmada pero imparablemente, se extiende entre nuestras pantallas y gustos cinéfilos. Y a ese arte, a ese nuevo movimiento generacional, tras rendición de crítica, espectadores e industria, le faltaban, ya en pasado, premios. El pasado mes, el Festival de San Sebastián celebraba el triunfo de una innovadora forma de hacer cine y clausuraba no sólo su 62 edición, sino también unas remotas esperanzas de reconocimiento, ya convertidas en realidades, con el triunfo de MAGICAL GIRL y su director, CARLOS VERMUT. Doble y meritorio galardón a una propuesta sorprendente, subversiva, perturbadora e intrigante, que nos confiere a nosotros el papel de entrar en su juego y participar en la agridulce tarea de reconstruir las piezas de este delicado puzzle sobre el comportamiento humano. Una elección compleja a dos respuestas simples: sí o no. ¿Aceptas el reto? ¿Te adentras en sus secretos?

Cine vivo, teatro en la gran pantalla. En MAGICAL GIRL asistimos a la más arriesgada y vibrante película (no sólo española) del año. Una comedia negra con tintes dramáticos y un sugestivo toque de suspense y thriller noir que ofrece risas, lágrimas e intriga en sus justas dosis y en un perfecto mash up de géneros. Balanceándose en una continua cuerda floja, CARLOS VERMUT (DIAMOND FLASH) no sólo doma las emociones que produce la cinta, sino también las diferentes historias que a lo largo del metraje van sucediéndose y entrelazándose. Historias domadas y protagonistas con una fiereza interior (des)encadenada. La de Luis (LUIS BERMEJO), profesor de literatura en paro, que tratará de hacer realidad el último deseo de Alicia (LUCÍA POLLÁN), su hija de 12 años, enferma de un cáncer terminal. La de Bárbara (BÁRBARA LENNIE), una atractiva joven con desórdenes mentales al que el azar, el chantaje y un vestido de “Magical Girl Yukiko” harán cruzar su destino con Luis. La de Damian, un profesor retirado de todo menos de su tormentoso pasado. Fieras ellos, presas de una red oscura de mentiras, instintos y luchas interiores. Fieras nosotros, atrapados en la calidad cinematográfica, en la hipnosis del riesgo, error y acierto a la que nos somete él, CARLOS VERMUT, nuestro VON TRIER español.

 

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El film supone no sólo la creación de un universo propio, preciso en plano y en detalle, sobresaliente en forma y en contenido. MAGICAL GIRL es, ante todo, la confirmación rotunda de CARLOS VERMUT como cineasta mayor. Es la constatación de una nueva forma de hacer cine con etiqueta low cost, una de las propuestas más estimulantes que han surgido dentro de nuestro séptimo arte en los últimos tiempos, sin ser extraordinaria ni obra maestra. Y es eso, precisamente eso, lo que la hace digna de elogios. Porque lo mejor de MAGICAL GIRL no es la dirección implacable, la continua búsqueda del detalle, de los huecos o de lo modélico. Lo mejor de esta es su margen de maniobra y su futura capacidad de mejora. La promesa futura que suponen sus fotogramas por resolver, sus pequeños sinsentidos por reorganizar. Si en una segunda obra asistimos a este notable despliegue de recursos, talento, habilidad y capacidad, qué no veremos y qué no será capaz de hacer VERMUT en las venideras.

Como todo arte, el cine requiere de público, y el de VERMUT ciertamente no es para todos. Inusuales rutinas, diálogos y elementos escénicos, en este tipo de producciones no hay término medio. Entras en su juego y te sometes a sus reglas, o sales para previsiblemente no volver. Y son válidas ambas opciones, pero si consigues dejarte seducir por su juego, quedarte atrapado en su magia, descubrirás que hay películas que dejan de serlo, para convertirse en experiencias, y que no se trata de verlas o entenderlas, sino de sentirlas. El film supone un ciclo, no sólo en la vida de los actores o de su director, sino en su propia duración y trama. Tal como abre, cierra. Pero no nos engañemos. Ya no somos los mismos. Ni nosotros, ni ellos. Y lo que es más revelador, ya no lo seremos.

 

 

LO MEJOR:

  • La capacidad innovadora de una cinta que inventa y nos reinventa, tanto al espectador como a la historia, en un juego continuo de sensaciones.
  • Las interpretaciones. BARBARA LENNIE, JOSÉ SACRISTÁN y LUIS BERMEJO conforman un triángulo actoral de lo más interesante, complementario en emociones y en juventud-veteranía, apoyados por una prometedora LUCÍA POLLÁN

LO PEOR

  • La sensación de que lo inconcluso de la cinta pueda dejar de estar justificado en ocasiones.
  • Su decadencia en ritmo hacia la mitad del metraje.

 

 

Lydia Martínez

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