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El Palomitrón

Decía el literato romano Horacio que pintar no era más que “escribir un poema sin palabras”. Eso, un poema y una oda a la animación, es lo que nos encontramos al enfrentarnos a la multinominada Loving Vincent. Con la loable empresa de esclarecer la muerte de Van Gogh y miles de cuadros pintados al óleo por delante, la película es un auténtico prodigio técnico y visual que explota hasta las últimas consecuencias su virtuosismo artístico.

Como sucede con la poesía moderna, de consumo rápido y olvidadizo y adjetivos por doquier, Loving Vincent es un derroche de belleza plástica y ornamentación que carece de una narrativa sólida. Entendida, al menos, como en los cánones clásicos. El continuo uso de flashbacks obedece más a una obra enciclopédica y didáctica que a una obra que se valga por sí misma. Quizás se pueda vislumbrar un fin documentalista en el fondo, pero la energía audiovisual con la que está cargado el filme resulta contradictoria para con esa empresa.

El Palomitrón

La película persigue, a renglón torcido, que nos interesemos por la figura de Armand Roulin, hijo de un amigo del pintor. En una odisea detectivesca más cerca del cine negro que del género de época, el personaje encarnado por Douglas Booth se encuentra con varias conversaciones que le hacen interesarse por la figura del loco pelirrojo de Zundert. Ahora bien, el objetivo se trunca al no revelar ninguna característica empática del propio protagonista real, Roulin, ni de sus motivaciones, aspiraciones o miedos. Todo se queda en un repaso a los momentos estelares de las últimas horas de Van Gogh en una narrativa sin métrica que padece de diálogos asonantes.

Los más de 65 000 versos que la componen, a modo de cuadros pintados al óleo, son el gran triunfo de Loving Vincent. Cada escena se plantea como un pequeño homenaje a toda la escuela de Van Gogh. Cada trazo, cada pincelada y, sobre todo, cada carga de puño del pintor holandés parecen tomar vida en el filme. El detalle con el que se ha cuidado la ambientación pictórica de la película le da una entidad superlativa. Los campos vívidos de los Países Bajos y los cielos grises de París son rimas perfectas. Mención especial merece todo lo que rodea al personaje de Marguerite Gachet, interpretada por una siempre impecable Saoirse Ronan. Más allá de la historia real que la relacionó con Van Gogh, su cuadro junto al piano parece extenderse por todas las estancias del hogar, y el rubor de sus mejillas es el rubor mismo del pintor al enfrentarse a ser amado. Por primera y única vez, quizás.

El Palomitrón

Saber capturar la esencia pictórica de Van Gogh hasta el más mínimo detalle es el mayor triunfo de los directores Dorota Kobiela y Hugh Welchman, pero no el único. Loving Vincent también es una historia sobre el rechazo y la incomprensión. Van Gogh deja de ser esa eminencia artística reverenciada por mil y un pinceles y es retratado como un hombre atormentado, perseguido y hasta patético, en su concepción más pura. Si permiten ustedes la charlatanería etimológica, el pathos griego se puede reducir a un discurso de acusación ante un jurado. La poesía de Loving Vincent es algo muy parecido a eso, porque cada diálogo que versa sobre el pintor es una pesada losa más sobre su tumba de personalidad problemática. Incluso, en un ejercicio de revisionismo melancólico, los personajes se van cuestionando uno a uno por qué Van Gogh hizo esto y por qué Van Gogh hizo aquello. La respuesta es unívoca y el lirismo contextual: lo hizo porque era un genio.

Estrofa a estrofa, Loving Vincent se convierte en un romance triste, una elegía plañidera a la figura del artista maldito. La orfebrería animada con la que se encuentra el espectador es una historia poco desarrollada que no quiere aventurarse más allá de su elevada complicación técnica, pero alcanza momentos en los que el discurso acapara el protagonismo y todo fluye. Si Loving Vincent no pinta y ocupa todo el gris que hay entre el video-arte y el cine, difícilmente nada ni nadie lo harán. Si la película peca de modernista es porque el ultraísmo nació muerto. Al fin y al cabo, todo queda en los versos: ¿Qué es más cine, Rubén Darío o Jorge Luis Borges? ¿Qué es más poesía?

 

LO MEJOR:

  • Su apabullante destreza técnica.
  • El retrato crudo que hace de Vincent Van Gogh como pintor maldito.

LO PEOR:

  • Un guion endeble y una historia piramidal básica, con jefe final incluido.

 

Matías G. Rebolledo

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