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En demasiadas ocasiones los cineastas se preguntan qué queda por hacer: qué queda por escribir si eres guionista, qué queda por innovar si eres director… Quieren encontrar la fórmula perfecta para romper los esquemas del espectador y las cifras de taquilla a la vez. En definitiva: en demasiadas ocasiones los cineastas se envuelven en un sentimiento de “Ya está todo hecho” que otros, sin embargo, se han esforzado en tirar por tierra. El resultado ha sido algunas veces nefasto y, otras, aceptable, magnífico, impresionante. Sin embargo, desde el punto de vista del guion, si analizáramos con profundidad las historias que se venden como innovadoras, descubriríamos que no son tales. Son las mismas historias. Las mismas historias repetidas una y otra vez de manera diferente, con otra forma, con otro lazo, con otro envoltorio. E incluso las formas que se han salido demasiado de lo tradicional han sido un fracaso de ventas.  Esto nos lleva a una clara reflexión: ¿El público busca la novedad, lo nunca visto, o está pidiendo, como un niño pequeño, que le lean el mismo cuento una y otra vez antes de dormir?

Para responder a esta pregunta tendríamos que entrar en cuestiones antropológicas y sociales que no es necesario abordar, pero el simple hecho de plantearla nos remonta a tiempos muy anteriores al cine sin los que, sin embargo, el cine no tendría razón de ser. Su existencia ha estado ( y estará) siempre ligada a la conjugación de artes anteriores a él que le valieron, durante años, el título de Arte Bastardo. Desde sus orígenes, y a pesar de los esfuerzos de algunos artistas por evitarlo, el cine ha estado gestado entre la pintura, el teatro y la literatura.

 

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Hubo un tiempo en el que no se sabía con seguridad si el séptimo arte llegaría a la historia como un invento científico, una forma de mostrar la realidad inalterada o una forma más de hacer arte, lejos de lo narrativo. Finalmente el cine pegó un puñetazo sobre la mesa y eligió su forma más popular en la narrativa, lo que fue una decepción para muchos. Así pues, el cine es, mayoritariamente, narrativa. A pesar de que las películas que en los últimos tiempos se han estrenado en grandes salas han estado caracterizadas por un efectismo vacío de contenido, el cine sigue siendo narrativa, y como narrativa es abrumadoramente increíble la influencia que tiene de la mitología.

La relación del cine con la mitología comienza con las adaptaciones directas, más o menos fieles a los textos originales. Dentro de este grupo tendríamos cintas como JASÓN Y LOS ARGONAUTAS (1963), la película inglesa dirigida por DON CHAFFEY. Se trataba de una fiel adaptación del poema de APOLONIO DE RODAS, Argonáuticas, llevada a la pantalla con el empeño de RAY HARRYHAUSEN que, además de tener la idea y ser director de fotografía, se encargó de unos efectos especiales impresionantes para la época (sin embargo, no llegaron a cruzar el charco en los Oscar). A pesar de que HARRYHAUSEN se lamentó muchísimo en su momento por no haber recibido ninguna nominación y de la escasa taquilla, JASÓN Y LOS ARGONAUTAS ha pasado a la historia, y sus efectos especiales han quedado para siempre grabados a fuego en la mente de los cinéfilos.

 

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Podríamos seguir mencionando otros ejemplos como ULISES o ALEJANDRO MAGNO en sus múltiples versiones: una en 1956 en la que RICHARD BURTON encarnaba a Alejandro y otra (menos memorable) con COLIN FARRELL como cabeza visible, acompañado de ANGELINA JOLIE, que encarnaba a una Olimpia muy poco creíble. Continuamos con FURIA DE TITANES, que llegó a las pantallas de los cines ochenteros con nada más y nada menos que el rostro de Sir LAURENCE OLIVIER. Se trataba de una adaptación del mito de Perseo que también contó con las habilidades de HARRYHAUSEN, y estuvo dirigida por HARRY HAMLIN, aunque seguramente les sonará más la última vuelta de tuerca tridimensional con LIAM NEESON en la piel de Zeus.

El mismo año que se estrenaba COLIN FARRELL en el rostro de Alejandro Magno, podríamos ver a BRAD PITT, ERIC BANA y ORLANDO BLOOM en minifalda de cuero. TROYA (2004) ha sido una de las adaptaciones más populares del mito de Aquiles y la guerra de Troya aunque, según los expertos, está muy lejos de ser una de las más fieles al poema de LA ILÍADA de Homero. Si me preguntaran a mí, me quedaría con el trasero de BRAD PITT y la banda sonora, obra de JAMES HORNER. Y llegamos a uno de los platos fuertes, cuando en 2006 SNYDER nos sorprendía y conquistaba con la adaptación del cómic de FRANK MILLER que recreaba la batalla de las Termópilas; 300 (2006) recaudó durante el primer día un millón noventa y tres mil dólares, rompiendo el récord de ganancias en el primer fin de semana.

 

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Dejando las adaptaciones más o menos literales, la herencia mitológica ha servido en muchas ocasiones para dar forma a una idea o a un material desordenado; pero uno de los aspectos más curiosos de la herencia mitológica, no solamente en el cine sino en nuestra sociedad, ha sido la aparición de un nuevo panteón mitológico que encontramos en los superhéroes. MARVEL y DC se encuentran como dos nuevos montes Olimpos donde habitan los nuevos dioses de la sociedad, y es tremendamente curioso ver cómo Superman es el nuevo Hércules, Aquaman el nuevo Neptuno y Ironman sería el heredero de Dédalo o de Talos. Incluso podemos hablar de una nueva mitología que surge ya desde el expresionismo alemán con personajes como Drácula, Frankenstein, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el Hombre Lobo e incluso Sherlock Holmes, que cuenta en nuestros días con una miniserie de éxito y nuevas adaptaciones en la gran pantalla. En la LIGA DE LOS HOMBRES EXTRAORDINARIOS (2003) se enfrentaban unos a otros, igual que a los panteones de superhéroes.

 

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Una de las características del género (que, además, puede ser una ventaja) es la verosimilitud acordada con el espectador: el espectador conoce las historias, conoce a los protagonistas y al resto de personajes. Incluso en la mayoría de las ocasiones sabe lo que va a suceder y cómo va a suceder; sin embargo tiene el mismo interés o incluso un interés mayor que si no lo supiera. El que narra cuenta con la ventaja de que es libre de las ataduras de la verosimilitud. El género mitológico permite cosas que otros no pueden: que un protagonista vuele, que tenga poderes extraordinarios o que el mundo real sea, durante unas horas, un mundo de mentira, con unas reglas muy firmes y bien cimentadas que tanto el guionista como el director no deben romper. Resulta tremendamente interesante detenerse en esto: el espectador sabe lo que va a suceder y cómo va a suceder. Conoce las historias, de la misma forma que las conocían los asistentes al teatro griego y romano. Uno de los recursos más utilizados en el cine (y de más éxito comercial y emocional) ha sido el conocido “viaje del héroe”.

Todos conocemos el mito de Hércules, aquel impresionante joven que había pasado desapercibido, que no era lo que parecía ser y que, finalmente, sería sometido a un exhaustivo y agotador examen para convertirse en un héroe. Quizás uno de los mitos más conocidos se convirtió en el cemento para construir un esquema narrativo que convertía en oro todo lo que se estrenaba en la pantalla. Cuando GEORGE LUCAS sufrió un accidente que lo dejó postrado en una cama de hospital, aprovechó el tiempo para echar un vistazo a los 17 pasos del viaje del héroe de JOSEPH CAMPBELL en su mitología comparada. ¿El resultado? STAR WARS, una película que arrancaría una pasión desmesurada en la sociedad, acompañada de un éxito en taquilla que perdura en nuestros días: STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA se ha convertido ya en la película más taquillera de la historia en Estados Unidos, superando a AVATAR. Cuando STAR WARS nació, rompió las nociones del séptimo arte, y llegó a crear legiones de seguidores (y hasta una religión). En ese momento, una de las productoras más poderosas se preguntó: ¿Dónde está el secreto? Así que decidieron contratar a un analista para tratar de conseguir la receta del éxito. Después de que VOGLER destripase el guion de arriba abajo, surgió El viaje del héroe, que se completaba en doce pasos.

A veces hemos escuchado y visto el asombro de lectores y espectadores por las similitudes de unas historias y otras (historias de éxito, taquilleras y germen de obsesiones). Casualmente, todas son películas que fabrican espectadores fieles, entregados a sus historias. Es innegable el parecido de Hagrid con Gimli, o el de Gandalf con Dumbledore. Les aseguro a ustedes que no es casual. Todo es producto de una forma de narrar que no deja nada a la casualidad.

 

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Para llamar a las cosas por su nombre habría que concretar las etapas del viaje del héroe: la primera etapa es la llamada “el mundo ordinario”, en la que se presenta al protagonista (generalmente huérfano o con padres adoptivos) en su entorno natural. En su vida cotidiana, el héroe no tiene ni idea de que lo es, es infravalorado por todos los que le rodean y vive en unas condiciones en ocasiones difíciles (Harry y su alacena serían el ejemplo perfecto); en la segunda etapa, “la llamada a la aventura”, el héroe recibe la primera información de que tiene un propósito más grande que él mismo (Luke conoce a los androides R2D2 y C3PO que llegan con un mensaje de la princesa Leia, en el que pide un rescate); sin embargo, no todo son facilidades y, en la tercera etapa, el héroe rechaza dicha llamada, bien porque duda de sus propias habilidades o porque se encuentra obstáculos (el tío Dursley esconde las cartas de Hogwarts para que Harry no las encuentre y Luke Skywalker se encuentra con la negativa de su tío a que se una a los rebeldes). En este punto (cuarta etapa), el héroe conoce a su mentor (de manera indirecta en el caso de LA PIEDRA FILOSOFAL, ya que es Hagrid el que llega hasta Harry y le cuenta quién es, pero con Dumbledore moviendo las marionetas desde la trastienda, por supuesto).

 

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Frodo recibe la llamada a la aventura del propio mentor cuando Gandalf le pide que esconda el anillo de poder, así que las etapas pueden ser mezcladas o modificadas en cierta manera. La quinta etapa es conocida como “el primer umbral”, el paso al mundo mágico, fantástico o el comienzo de la aventura. En este caso, no hay mejor forma de representarlo que con el andén 9 ¾ de ROWLING. La sexta etapa es el encuentro con amigos y enemigos (Ron y Hermione y Draco Malfoy, Sam, y Han Solo y Chewbacca). En la séptima etapa, “la caverna profunda”, el héroe se queda solo y se encuentra con su mayor enemigo; y, a partir de aquí, se confunden y se mezclan conceptos según diferentes autores. El camino más rápido para resumirlo es que el héroe se enfrenta con su enemigo en dos ocasiones como mínimo ( y fracasa al menos en una). El triunfo le llevará a conseguir una recompensa o “elixir” y, finalmente , volverá a casa con todo lo aprendido. El viaje del héroe suele incluir un arma o herramienta especial como una espada láser, una varita o un anillo con poderes especiales.

 

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La fórmula funciona. Gracias a este viejo mito hemos podido llorar, reír y enamorarnos de personajes tan legendarios como Harry Potter o Frodo Bolsón; sin embargo, la plantilla tienes sus inconvenientes. La repetición del patrón ha terminado con el factor sorpresa, y, en ocasiones, ha hecho las historias demasiado previsibles. La complicación para el guionista reside en encontrar el equilibrio entre la novedad y la repetición de patrones que funcionan (temas universales, pasiones capaces de atravesar fronteras, personajes imperfectos y carismáticos que puedan conquistar corazones por todo el globo). Y lo más curioso de esta cuestión es que los secretos para conseguir este equilibrio, las herramientas, están en textos que nos han acompañado durante siglos. ¿Qué quiere realmente el espectador? Esta continúa siendo la pregunta que los cineastas nos hacemos. Y la respuesta no puede estar alejada de la narrativa (no de una narrativa simple, sino de una narrativa rica, llena de conflictos y de preguntas, porque el cine ha tomado el relevo de los grandes autores, de los grandes filósofos). Los cineastas son los nuevos contadores de historias, esas historias que tienen la misión de cohesionar a la sociedad, de crear conciencia, y de tratar de dar respuestas a las grandes preguntas de la vida, las mismas preguntas a las que se enfrentan personajes tan bien escritos como todos estos.

 

 

Elena Alcalde

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