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Nosotros los espectadores somos un tanto masoquistas. Pese a (re)negarlo, no hay nada que disfrutemos más, a la hora de acudir a una sala de cine, que contemplar historias donde la destrucción, en sus variantes física, psíquica o social, es uno de los hilos conductuales de la trama principal. Historias críticas, perturbadoras, que juegan con elementos molestamente familiares pero que, amparados tras la protección que nos da la gran pantalla, visualizamos por unas horas como algo ajeno a nosotros, mera ficción sin nexo de conexión con la realidad. Pero, ¿qué hay de distópico en ciertos futuros? ¿No hay verdad y realidad tras el halo de exageración e hipérbole al que somete todo Hollywood?

Capitalismo. Diferencias y conflictos sociales. Hipermediatización de la vida humana. Política y dinero. Pérdida de valores humanos. Actuaciones desesperadas en situaciones aún más desesperadas. Control sobre el tercer mundo. Podríamos encontrar cualquiera de estos términos en la portada de un periódico de tirada nacional. Podríamos hablar de estos aspectos en libros de cultos escritores, en películas profundas, críticas y análiticas con la realidad social. Pocos pensaban, allá por 2012, que estos conceptos (y otros más), podrían protagonizar una sólida historia perteneciente al género young adult y dirigida, primordialmente, a un publico adolescente. Muchos menos que esta historia se convertiría en éxito de crítica, público y taquilla. Pero los tiempos cambian. Y, en ocasiones, incluso a mejor.

 

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Con los ecos del desorbitado éxito de la saga CREPÚSCULO aún presentes, el ya manido género del young adult parecía no ser sino un conjunto creciente de historias ambientadas en futuros distópicos y protagonizadas por adolescentes y diversos seres mitológicos damnificadas en taquilla por el vacío que habían dejado vampiros y hombres lobo. Pero en Hollywood nada es irremplazable. Consolidada como fenómeno literario globalizado, la trilogía LOS JUEGOS DEL HAMBRE de Suzanne Collins llegaba a nuestras pantallas como una historia de superación, coraje, lucha y valentía enmarcada en un futuro utópico y distópico. Lo que en el pasado fue Estados Unidos, ahora es una poderosa nación llamada Panem, distribuida en un imponente Capitolio rodeado de 12 distritos aislados entre sí sobre los que ejerce un férreo control. Como recordatorio de una fallida revolución de la población contra el Capitolio para acabar con el régimen, anualmente cada Distrito se ve obligado a envíar un chico y una chica adolescente para que participen en los Juegos del Hambre, un acontecimiento mediatizado donde son obligados a luchar a muerte entre ellos hasta que sólo quede un superviviente. Katniss Everdeen (JENNIFER LAWRENCE), una joven de dieciséis años, se presenta voluntaria a la competición cuando su hermana pequeña es elegida para participar. Para ella, que ya ha visto la muerte de cerca, la lucha por la supervivencia es su segunda naturaleza. Pero esta es una lucha para la que ni ella está preparada.

Nominada a los Globos de Oro a Mejor Canción Original y ganadora del Critics Choice Awards a Mejor Actriz en Film de Acción (JENNIFER LAWRENCE), LOS JUEGOS DEL HAMBRE obtuvo un instantáneo éxito en taquilla, convirtiéndose en el mejor estreno de la historia en primavera, y la 3ª películas más vista de la historia en su primer fin de semana (por detrás de HARRY POTTER 7 LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE PARTE 2 y EL CABALLERO OSCURO), recaudando en total casi 700 millones de dólares, frente a los 78 millones de dólares de presupuesto de la cinta. Un éxito causado, en parte, gracias a su originalidad. Pese a que el paso del tiempo y su comparativa con su secuela, EN LLAMAS, decreciera su efecto impacto, LOS JUEGOS DEL HAMBRE sigue resultando una revitalización dentro del género, una nueva idea renunciante a encasillarse en patrones, y aún menos en géneros. De la acción al drama, de la ciencia ficción al thriller más puramente distópico. Puro popurri y mezcla de géneros que, lejos de resultar molesta o poco precisa como suele ocurrir, atrapa a toda clase de espectadores en su solidez y toque de epicidad. Alegoría política, crítica social, romanticismo, feminismo heróico, acción en su más alto grado de intensidad y tensión. LOS JUEGOS DEL HAMBRE es tan inteligente como aterradora. Esa clase de creación que, separando sus tramas carecería de relevancia pero, una vez aunada y presentada su propuesta, nos convence y nos hace querer más.

 

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GARY ROSS dirigía la primera entrega de una de las adaptaciones literarias de mayor calibre de la década. Con un toque suavizado, nos desentrañaba por primera vez la complejidad del mecanismo de los Juegos, la hipocresía politizada del Presidente Snow, la pobreza y picaresca del Distrito 12, los excentricismos de los habitantes del Capitolio, ajenos a toda preocupación y conexión con la realidad, y, ante todo, lo peor de la naturaleza humana. La crudeza de contemplar que, cuando se trata de sobrevivir, surge la verdadera naturaleza personal en sus múltiples variantes. Como si de un experimento sociológico se tratara, en esta encarnizada lucha por la vida COLLINS y ROSS nos muestran los distintos patrones humanos posibles a través de personajes prototipo, no por ello menos complejos. Un estímulo que ahonda en la posterior crítica social, pese a que esta quede relegada en un segundo plano en comparación con siguientes entregas y sucesivas tramas, y que supone uno de los mayores valuartes de la cinta.

Porque la cinta no sólo nos deja ver el lado oculto de la especie humana. El inestable ritmo y los agujeros de trama, presentes en diversos momentos a lo largo del metraje, eran uno de los mayores errores a enmendar en sucesivas entregas. El método de rodaje, una vez adentrados en los bosques que enmarcan el escenario de los Juegos, era ampliamente mejorable y sólo acrecentaba en el espectador la sensación de confusión fuera de toda justificación, más probable de contemplar en un proyecto amateur o reality show que en una producción hollywoodiense. Mermas que se veían suplidas con el destacable diseño de escenografía y vestuario o dirección de fotografía, así como luz y sonido. Y quizá, por encima de todo ello, ella.

 

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Los Juegos del Hambre se convertían en el Juego de JENNIFER LAWRENCE. La hasta entonces anhelante al trono del cine indie, participante ya de superproducciones (X-MEN: PRIMERA GENERACIÓN) y nominada por aquel entonces a un Oscar (WINTER’S BONE), era descubierta y consolidada bajo un papel que ya sólo podemos imaginar como suyo. Su Katniss Everdeen la elevaba a ella como estrella a seguir, y eleva desde entonces a la saga contando en la interpretación de LAWRENCE como un valor seguro. La firmeza personal y la lucha por la supervivencia aunada con el lado más sensible y delicado encuentran en ella una forma de convivencia y expresión auténtica sin que ninguna de las partes entre en conflicto con las restantes. Junto a ella, JOSH HUTCHERSON (Peeta Mellark) y GALE HAWTHORNE (Liam Hemsworth) completaban el trío protagonista y amoroso dotando a la película de buenas interpretaciones, siempre conscientes de que el auténtico protagonismo pertenecía a LAWRENCE. Secundarios de excepción como ELIZABETH BANKS (Effie Trinket), DONALD SUTHERLAND (Presidente Snow), WOODY HARRELSON (Haymitch Abernathy), WES BENTLEY (Seneca Crane) o STANLEY TUCCI (Caesar Flickerman) completaban un primer reparto donde cada uno brillaba sin deslumbrar al resto de integrantes, con la complejidad que eso implica.

 

La llama se encendía. Un fenómeno comenzaba. Los Juegos empezaban. Y, a riesgo de sonar como un habitante del Capitolio, eran lo bastante apasionantes como para que quisiéramos más. Lo bastante apasionantes para que hoy lo sigamos queriendo.

Lydia Martínez

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