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Con su primera ficción española, Netflix no se la jugó. Es más, la apuesta por un producto comercial firmado por una máquina de satisfacciones para el prime time de la televisión en abierto como es Bambú Producciones contaba con todas las papeletas para materializarse en un nuevo tanto de la plataforma de pago. De paso, conseguía que un público objetivo hasta entonces alejado del consumo de streaming se interesara por su catálogo. Las chicas del cable heredó sin achantarse la fórmula de Velvet y Gran Hotel.

Protagonizada también por mujeres, Las chicas del cable nos presenta a cuatro jóvenes que empiezan a trabajar en la primera empresa de telecomunicaciones del país. La propia productora se encargó de resaltar sin complejos la distinción de género. Una vez más, le funcionó. Un mes después del estreno, Netflix ya anunciaba la renovación de la serie por dos temporadas más. Lidia (Blanca Suárez), Carlota (Ana Fernández), Ángeles (Maggie Civantos) y Marga (Nadia de Santiago) vuelven con la segunda tanda de capítulos al catálogo de la plataforma el día de Navidad.

La nueva temporada de Las chicas del cable arranca meses después del final de la primera, durante la Nochevieja de 1928. La vida de cada una de las telefonistas ha dado un giro sustancial. Todo está más o menos en orden y sus únicas aspiraciones son la de aferrarse a una nueva etapa sin sobresaltos. Eso sí, ni al espectador ni a ellas les da tiempo a dormirse en los laureles. La acción y los secretos estallan de nuevo con la tensión constante como marca de la casa, y juega a su favor que los 50 minutos de metraje que dura cada capítulo no obligan a recurrir constantemente a las tramas de relleno, como sí que ocurre comúnmente en la ficción española de la televisión generalista.

No obstante, es en ese afán de meter intensidad en cada escena donde reside el fallo que más chirría de la nueva entrega, un problema que ya se había notado en los ocho primeros capítulos y que se ha agudizado en esta nueva temporada, cuyo salto temporal detalla solo vagamente el recorrido de los personajes a lo largo de ese periodo que queda en el limbo. Es demasiado evidente el afán de querer llenar cada capítulo de golpes de efecto que en algún punto dejan de funcionar. Además, sin alejarse de los cánones de los anteriores trabajos de la productora ni de su primera temporada, la serie presume y potencia el melodrama, pero a la vez que sigue intentando satisfacer también al público más exigente, adaptándose a una narrativa más ambiciosa e insistiendo en un tibio mensaje feminista.

En definitiva, Las chicas del cable continúa siendo un culebrón hecho con buen gusto; sin embargo, plantea una trama más insaciable y oscura en la que el maniqueísmo a la hora de catalogar a los personajes como “buenos” o “malos” se difumina a base de giros de guion más o menos inesperados (y arriesgados en una producción de este tipo, eso hay que reconocerlo). El triángulo amoroso protagonista, encarnado por Blanca Suárez, Yon González y Martiño Rivas, promete, además, romper las barreras autoimpuestas tradicionalmente por el género en la ficción con una historia que se desarrolla a una velocidad vertiginosa, enmaraña los acontecimientos al extremo y no da tregua a la tensión. No gustará a todos los públicos, ni aspira a convertirse en un producto de culto como otros títulos de Netflix, pero tampoco lo pretende. Con engancharse a ella y devorarla, es suficiente.

María Robert 

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