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Tras una primera parte en la que hicimos un breve repaso por la historia del cine japonés, y una segunda, en la que rescatamos algunos aspectos claves de la tradición histórica japonesa con el propósito de facilitar la comprensión de su cine, cerramos este especial del país del sol naciente reseñando algunas de las películas, con sus respectivos directores, que hicieron de Japón un país referente de la cinematografía, y más concretamente, de su labor artesana y de autor.

Akira Kurosawa, cuyo storyboard ilustra la portada de este artículo, Takeshi Kitano o Hayao Miyazaki son algunos de los nombres japoneses que repasaremos a lo largo de esta tercera parte del especial. Hablamos, pues, de directores cuya huella ha quedado patente (e imborrable) en el panteón de los grandes artistas del séptimo arte.

Los siete samuráis

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Hablar de cine japonés es hablar de Akira Kurosawa. Con una filmografía que se extendió durante más de 50 largos años, el maestro japonés dio forma a algunas de las más emblemáticas películas que recuerda el país del sol naciente. Su juventud cinematográfica fue amarga, con más fracasos que éxitos, una situación que se revertiría al alcanzar la madurez. Sus últimos 20 años son, sencillamente, magistrales, historia viva del cine. Tras un intento fallido de suicidio, el legado de Kurosawa es inmortal: suyas son obras maestras como Ran, Sueños o Yojimbo. Maestro de maestros.

Los siete samuráis, que relata la desgracia de un pueblo que ante el saqueo de unos bandidos se ve obligado a contratar los servicios de unos samuráis que les ayuden a defender sus bienes, se convirtió al instante en una de la referencias clásicas de los wésterns realizados a posteriori: la huella de Kurosawa es inequívoca en las películas de John Ford.

Cuentos de Tokio

Tokyo Story. Historia del cine japonés en El Palomitrón

Sin duda la película más exigente de toda la lista. Yasujiro Ozu, su director, impregnó cada fotograma de la obra (y de toda su filmografía en realidad) de tradición e historia japonesa. Con una influencia directa del cine norteamericano, el japonés intentó de todas las maneras que esta no quedara palpable en su obra, de ahí lo de “japonesa” (en el sentido más estricto de la palabra) de su filmografía. Esperamos, en este sentido, que la segunda parte de nuestro especial os facilite esta tarea.

Cuentos de Tokio, como la mayoría de la filmografía de la época, reflejó vivamente las consecuencias de la II Guerra Mundial (en este caso en concreto, se asoma a una pareja de ancianos que son despreciados por una gran parte de su familia). Una película tan honesta que duele verla. Junto a Los siete samuráis, probablemente la mejor película del cine japonés.

Harakiri

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Masaki Kobayashi, conocido principalmente por su trilogía de La condición humana, debe ser recordado (entre otras muchas cosas) por dos aportaciones trascendentales: la primera, el legado indeleble que dejó al cine bélico y de samuráis; la segunda, su extraordinario conocimiento del alma humana. Así se refleja en sus películas, reflejo constante de los eternos conflictos morales.

Con una fotografía de una belleza inconmensurable, Harakiri es una de esas películas imprescindibles no solo para el lector interesado en el cine japonés, sino para aquel cinéfilo deseoso por ver descubrir piezas que elevan esta disciplina que es el cine a cotas artísticas.

Cuentos de la luna pálida de agosto

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Kenji Mizoguchi llevó su cine un paso más allá y planteó elaborados conflictos morales implícitos en las líneas de sus guiones. Director humanista por encima de todo, siempre trató de hacer de su cine un ejemplo desde el sentido ético.

Obra completísima para entender el cine nipón, y basada en una leyenda japonesa, Cuentos de la luna pálida de agosto reúne en una misma cinta aspectos melodramáticos clásicos del cine de la época, samuráis (cómo no) y el retrato sobre los conflictos sociales que provocaba la jerarquización feudal de Japón.

Zatoichi

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Más de samuráis (pero en color). Takeshi Kitano realizó la que sería una de sus mejores películas hasta la fecha: Zatoichi. hombre todoterreno donde los haya, su papel no se limita al de director, ya que el japonés también presume de ser guionista, montador, cantante e incluso, presentador. Un perfil polifacético que no le exime (ni mucho menos) de ser uno de los mejores en su faceta como director.

Con Zatoichi sorprendió a propios y a extraños con una de las películas de samuráis más gamberras que se habían hecho nunca. Kitano hiló el humor más absurdo con los valores más clásicos del pensamiento tradicional de los luchadores japoneses de una manera sobresaliente. Una mezcla sin duda arriesgada que solo podía salirle bien a un director tan excéntrico como él.

Symbol

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Dos años después de Big Man Japan, Hitoshi Matsumoto nos regaló Symbol, segunda parte de su trilogía esencial y una de las máximas representantes del surrealismo japonés.

Difícil ponernos serios y hablar sobre Symbol a la misma vez. Su trama es… única. Un hombre despierta en una habitación completamente blanca de la que debe intentar escapar activando unos mecanismos situados en la pared. Hasta aquí todo (más o menos) normal, pero ¿cómo se activan estos mecanismos? Pues pulsando los … de los ángeles de la pared. Sí, nada más que añadir. Absurda (y cautivadora) hasta niveles inimaginables.

Mi vecino Totoro

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La historia del cine japonés es inconcebible sin su animación, de eso no hay duda. Hayao Miyazaki es el gran nombre cuando hablamos del tema. Son suyas muchas de las grandes obras del anime japonés como El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o su magnífica despedida, El viento se levanta, por no hablar de contribuciones como la que hizo para Heidi o Marco, dos series importantísimas para la infancia de muchos. En El Palomitrón ya hicimos un repaso a su filmografía como director.

El viaje de Chihiro ganó el Oscar, sí, pero ninguna película para trasladarnos a la infancia como Mi vecino Totoro. Satsuki y Mei transmiten infinitamente más que la mayoría de personajes de carne y hueso; una película para aprender sobre todo lo que tiene que enseñarnos la infancia. Mágica.

Akira

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Obra maestra del ciberpunk japonés, Akira marcó un antes y un después en la animación japonesa. Más allá de un importantísimo legado que extiende sus apéndices hasta series imprescindibles de la televisión como Serial Experiments Lain o Cowboy Bebop, la obra de Katsuhiro Ôtomo fue la primera película de animación japonesa para adultos en llegar a Europa. Ojo, la primera.

Akira es de 1988, pero es como si no envejeciera nunca. Clásico inmediato y consagrado de la historia del cine, fue la película de animación más cara de la época (y con razón). Su animación era (y sigue siendo) una maravilla a todos los niveles. Su argumento resultó algo complejo para el espectador europeo, acostumbrado a relacionar la animación con lo infantil. A destacar su extraordinaria banda sonora.

El tráiler con el que la película se presentó en España ya avisaba a todos de que Akira estaba a otro nivel. Prepárate para algo muy fuerte…

La tumba de las luciérnagas

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Junto a Miyazaki, y con el permiso de Satoshi Kon (Perfect Blue) y Mamoru Oshii (Ghost in the Shell), el dibujante más grande que nos ha regalado el país nipón es Isao Takahata, el encargado de traernos la historia más desoladora y trágica de la animación japonesa.

La supervivencia de dos hermanos en el desgarrador escenario que era el Japón asolado por la II Guerra Mundial nos caló hasta el alma. Lo sentimos, pero si no lloras con La tumba de las luciérnagas no tienes sentimientos. Sin peros que valgan.

La mujer de la arena

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Probablemente, y dejando a un lado lo peculiar de Symbol, la película más arriesgada de la selección. Un viaje onírico y sugerente que explota casi al máximo, como pocas películas japonesas han hecho, las posibilidades visuales que ofrece el séptimo arte.

Tan metafórica como hipnótica, La mujer de la arena es elevar el cine hasta la experiencia más sublime. Una película de Hiroshi Teshigahara para perderse en la filosofía oriental; existencialismo japonés para perderse en el absurdo.

 

Pues con esto damos por cerrado nuestro especial sobre el cine japonés. Son muchas las películas y obras maestras que nos dejamos en el tintero (lo sabemos). El cine nipón es inabarcable y al final es inevitable que esto pasara. A nosotros nos vale con que este especial os haya servido para despertar el gusanillo por el siempre interesante cine japonés (y, a los que ya lo conocíais, por lo menos haberos descubierto algunas películas que aún no habíais visto). Un placer como siempre, y como diría Terminator: “Sayonara, baby”.

Víctor Camarero

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