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Seguimos con nuestro recorrido por el cine japonés, y lo hacemos prestando especial atención a la tradición japonesa patente en nuestras pantallas, aquella que, de alguna manera, ha sobrevivido a la atención europea u occidental, se reduce a una serie de estereotipos que, impresos sobre todo en los animes que colonizaron (y colonizan) nuestras pantallas, personalizan la figura clásica del japonés deshumanizado por la tecnología. Sushi, ramen, reverencias y colegialas con faldas plisadas son algunos de los clichés que empequeñecen la dimensión real de la tradición japonesa.

Una tradición que, por encima de todo, demuestra un admirable respeto hacia cualquier forma de vida: naturaleza, una contemplación casi aristotélica y religión zen. Los palos abordados por dicha tradición son tan amplios que para un estudio profundo y detenido se haría necesario escribir libros. Seremos concisos e intentaremos adaptarnos al formato artículo, ya que el objetivo es alumbrar las sombras de una cultura que, por su lejanía, se antoja complicada y antagónica para la compresión occidental.

El cine, por su acercamiento tanto estético como formal a la realidad, se nos presenta como la herramienta perfecta para esta aproximación que pretendemos. Entre los japoneses existe la creencia de que la caligrafía es una puerta para la expresión del alma; a nosotros nos gusta pensar que el cine, con sus fotogramas como letras, también lo es.

 

MITOLOGÍA Y NATURALEZA

 

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La mitología japonesa es una de las más extensas del mundo. De los libros Kojiki y Nihongi se extraen la mayoría de estos mitos. El primero es un libro “histórico” que comprende el Japón de los dioses hasta la emperatriz Suiko; el segundo, una recopilación de los cuentos y leyendas más importantes de Japón. Unos mitos que, por otro lado, no tienen esa concepción ficticia que se tiene en lado occidental: para los japoneses, estas obras intentan justificar el origen divino del imperio real, así como su perpetuación eterna. Recomendamos ver LOS TRES TESOROS, de HIROSHI INAGAKI, para entender (un poquito) el mito de la creación según la mitología oriental.

La naturaleza y su contemplación han sido y son dos de los rasgos más diferenciadores de su cultura. Su cine se detiene, respira y traspira lirismo visual; el cine japonés avanza con calma y se recrea en el valor simbólico de cada fotograma. Lo podemos ver en PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO… Y PRIMAVERA y en casi cualquier película de NAOMI KAWASE, porque en la cultura nipona existe una envidiable admiración a la grandeza de la naturaleza que se refleja en toda expresión artística. Poseen un gran sentido introspectivo del arte que se expresa a través de la sencillez de lo cotidiano y la relación que construye el hombre con su entorno: arte y cine emocional que dota de un valor inigualable a la estética y la armonía. Esto es precisamente lo que más choca al espectador poco habituado al cine japonés y en general, al oriental; la capacidad japonesa para encontrar la belleza en lo ordinario, la capacidad para otorgar valor a los detalles.

 

SEXUALIDAD

 

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Una encuesta realizada por la Asociación Japonesa de Educación Sexual arrojó unos datos preocupantes para el país: el 40 % de los estudiantes eran vírgenes y el 35 % de los adolescentes declaraban no estar interesados en el sexo. Japón lleva registrando en los últimos años las tasas de natalidad más bajas de su historia, llegando apenas al 8,20 %. ¿Por qué? Porque los jóvenes prefieren el sexo virtual y figuras cibernéticas que exalten sus deseos sexuales. Los hombres declaran que se encuentran demasiado cansados después de trabajar y las mujeres ven incompatibles la vida sexual con la laboral.

Esto es fácilmente apreciable en cualquiera de sus producciones, incluso en muchos de los animes infantiles (y no tan infantiles) que se programan en nuestra televisión. El fetichismo hacia lo irreal, implantado en la psique japonesa, es palpable en su cultura audiovisual: desde las colegialas como objeto sexual hasta las constantes insinuaciones de sus personajes femeninos, pasando por el estereotipado personaje pervertido al que le sangra la nariz cuando ve a una mujer. Existe una clara tendencia en la población nipona por ver cumplidos sus deseos sexuales a través de la animación.

Algunos estudiosos sobre el tema defienden que el origen de asexualidad, como muchos rasgos de su cultura contemporánea, proviene principalmente del profundo impacto que tuvieron sobre su civilización los destrozos de la II Guerra Mundial.

 

LA II GUERRA MUNDIAL EN JAPÓN

 

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El daño y las muertes que provocó este conflicto en Japón, especialmente en Hiroshima y Nagasaki, cambió la mentalidad japonesa para siempre. En el cine, y por tanto en su cultura, se vio reflejado principalmente en el nacimiento de un género (anti)bélico y en una especie de atracción, casi sexual, hacia lo deforme, monstruoso e irreal. Aunque si bien es cierto que ya desde hace años parecía existir una cierta inclinación hacia este tema, las bombas nucleares terminaron por asentarla. Películas como la trilogía de LA CONDICIÓN HUMANA o FUEGO EN LA LLANURA se convirtieron en estandartes de la opinión pública japonesa. Estos filmes no solo elevaron (aún más) la calidad del cine nipón, sino que consiguieron trasladar una imagen muy digna del pueblo oriental, como casi todo lo japonés, en su lucha diaria contra las muertes y las injusticias que dejó esta guerra.

En la otra cara de estas repercusiones tenemos a GODZILLA. Este monstruo, conocido por todos, no es más que el reflejo audiovisual del impacto sociocultural que tuvieron en Japón las deformaciones provocadas por la radiación de las bombas nucleares. A él le siguieron otras extrañas criaturas como Gamera, una tortuga gigante que destruía Japón en EL MUNDO BAJO EL TERROR o MOSURA, del mismo director de GODZILLA: ISHIRO HONDA.

 

CINE DE TERROR

 

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La perspectiva occidental sobre el terror acude a los mismos tópicos de siempre: el fantasma es un ser etéreo que, más allá de hacer fotocopias tras la puerta y provocar crujidos con la pared, no consigue gran cosa. El  fantasma japonés, sin embargo, conocido como yuurei y asentado en la mitología nipona, es concebido como un ser humano que ha quedado atrapado en el mundo terrenal por un sentimiento fuerte que le une a él. Suelen ser mujeres, por la opinión de que pueden sentir emociones más intensas, vestidas con un camisón blanco y con un pelo largo y negro.

Esta creencia se arraiga en el sintoísmo de origen japonés, una de las religiones mayoritarias en Japón junto al budismo. Esta religión defiende que aquellos fallecidos “maltratados” en un sentido espiritual, es decir, los muertos cuyos funerales no son celebrados o aquellas personas que se suicidan o son asesinadas, se convierten en yureeis y reclaman “justicia” para poder morir en paz. A todos nos sonarán estas características de películas clásicas del género como THE RING, de HIDEO NAKATA, JU-ON o AUDITION, entre muchas otras, que exportaron el terror japonés mundialmente y lo convirtieron en marca de este género.

Dentro de Japón también es muy conocido el género gore, caracterizado por una violencia muy gratuita y visceral que hace las delicias de los amantes del cine y la animación más extremas.

 

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Con esta pequeña guía para entender el cine japonés terminamos la segunda parte de este especial. Como conclusión, solo nos queda la confección de una lista que agrupe las mejores y más importantes películas que nos ha dado el cine japonés. Un top que incluirá, por supuesto, a los más grandes del cine nipón, como AKIRA KUROSAWA, KENJI MIZOGUCHI, YASUJIRO OZU o TAKESHI KITANO, otras más actuales, como NAOMI KAWASE, y maestros de la animación como HAYAO MIYAZAKI e ISAO TAKAHATA.

 

 

Víctor Camarero

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